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domingo, 16 de noviembre de 2008

"Lost"



País: EE. UU.

DVD’s: Buena Vista Home Entertainment (Disney Studios)

Año: 2005 al 2008.

Actores: Naveen Andrews (Sayid), Terry O’Quinn (John Locke), Emile de Ravin (Claire), Michael Emerson, Mattheu Fox (Jack), Josh Holloway (Sawyer), Daniel Dae King (Jin el Koreano), Evangeline Lilly (Keith), Dominic Monaghan (Charlie), Harold Perrinou (Michael, papá de Walt), Jorge García (Hurley).

Productores: J. J. Abrahams (Alias), Damon Lindeloff.

Canales en los que se emite: AXN y Canal 13.

Como toda serie, como todo producto audiovisual, como todo signo elaborado que se echa en el mar de la cultura desde el mismo mar de la cultura, Lost tiene un valor metafórico, simbólico. Son demasiadas las cosas que se puede expresar por medio de un ciclo de capítulos tan prolongado, que incluye una variedad tan grande de tipos humanos como los representados en su trama, y que mezcla prácticamente todos los géneros audiovisuales existentes hoy. Si observamos algunas situaciones generales que aparecen planteadas en la serie, empezaremos a entender las razones del éxito que el fenómeno goza a nivel mundial, porque tal éxito no es algo que pueda adjudicarse a la saturación ejercida por los multimedios o al influjo del imperio del Norte (su forma de consumo impide entenderlo de esta forma: emisión semanal por un canal de cable y sólo esporádica en uno de aire, ciclos de DVD que se adquieren «en diferido», se bajan de Internet o se consiguen en el circuito informal).

Lo primero que cabría señalar como razón por la cual identificarse con la multicolor, sincrética gama de sus personajes, sería el hecho de que todos están ahí por una culpa. El accidente es un pago a cuenta por algún error cometido. La Providencia, o más bien el Destino, cobra al contado. La palabra inglesa lost recibe entre los norteamericanos la misma connotación religiosa que entre nosotros las expresiones «ser un perdido», «estar en la perdición». Jack, el médico, tiene cuentas pendientes con su padre, especie de figura de ultratumba o delirio (estilo papá de Hamlet) que lo persigue, lo recrimina dándole la espalda, y le niega cualidades de las que él, especialmente desde que cae en la isla, está absolutamente necesitado. Keith viene en el avión esposada, por una causa cuyo descubrimiento se demora largamente, según un procedimiento que es típico de la serie. Lo mismo puede decirse de Charlie, que optó en una iglesia, y después de confesarse, por la fama, el rock and roll y la droga, antes que por su rehabilitación. El bravucón Sawyer arrastra también sus culpas, al igual que el soldado enemigo, conocedor de la tortura, el irakí Sayid. La intriga que mantiene en vilo a los espectadores se relaciona en parte, con el lento develamiento de las culpas por las que los protagonistas se encuentran allí.

El flashback se impone, entonces, por lógica durante las primeras temporadas. Hay que ver por qué se está ahí, y cuál es la respuesta que a cada uno puede proporcionarle la isla paradisíaca, enigmática, pródiga en sorpresas. Los personajes quedan expuestos al desamparo, al retroceso hacia formas de vida y de sociedad que han quedado en el pasado para la civilización. Se produce entonces un tire-y-afloje entre lo que se era, lo que se representaba para la civilización antes del accidente, y lo que ahora se es, un náufrago, semi-desnudo de los prestigios de ese antes, con la necesidad de establecer un código en común para mínimamente entenderse y poder subsistir.

Ese desamparo aislado tiene sus antecedentes, que se encuentran entre las fuentes de inspiración de la serie pero que también inciden en la posibilidad de entenderla por parte de los espectadores, que han conocido, por diferentes caminos simbólicos, la situación de los Perdidos. Los precedentes más inmediatos aparecen nombrados en la misma trama: el film El Planeta de los Simios, un clásico de remake bastante reciente. De ahí al precedente más lejano Robinson Crusoe (que tuvo su versión en la serie de dibujos animados, La Familia Robinson, hace algunas décadas), incluso la novela de Bioy Casares (perfecta, según la califica Borges) La invención de Morel, el mito del Judío Errante (condenado a errar por los mares en un barco siempre azotado), El Criticón de Baltasar Gracián (novela alegórica, que es uno de los clásicos más injustamente abandonados de la literatura universal), desde luego que también La Tempestad, de William Shakespeare, y todos los mitos antiguos sobre aislamiento que quizá puedan derivarse de aquella imagen mítica de Ulises en la isla de la ninfa o de Adán y Eva en el jardín del Edén, cuyo recuerdo atormenta a la posmoderna y ultracivilizada Keith.

Cuando el desamparo cunde, empieza la lucha del hombre contra lo Otro. Al iniciarse nada más la tira, lo Otro, la Amenaza, lo Temible cobra dimensiones inquietantes de sobrenaturalidad. Son fantasmas, hijos del horror, que imponen la necesidad de creer en milagros que los contrarresten. La sobrenaturalidad es un elemento recurrente en la serie, aunque los autores siempre ofrecen un camino de lectura alternativa, que deja nuestra conciencia naturalista de espectadores a salvo. (Por ejemplo, la idea de que tal vez «Alicia» se halle encerrada en su propio «país de las Maravillas»; es decir, que sea presa de un espejismo post traumático.) El gran misterio se llama Isla, y los capítulos prometen lo irrealizable: develar de manera sucesiva ese misterio. La exuberancia de lo natural es a propósito para esconder lo sobrenatural. ¿O bien lo sobrenatural es una reacción normal del desamparo? «Usted decide.»

La forma en que la culpa de los protagonistas es expiada por el hecho de ser arrojados allí, consiste en que fuerza un volver a empezar para todos. «Borrón y cuenta nueva.» Lo Otro resurge entonces en los límites culturales, raciales y religiosos. Así el pluralismo multicolor de las razas obliga a la convivencia de grupos etarios y de pertenencia, que en la civilización que ha quedado atrás, que ha quedado en el aeropuerto, eran adversos u hostiles por diferentes razones. La francesa tiene que aceptar la existencia de otros reales en la isla. El racista Sawyer tiene que bancarse la participación y el liderazgo natural de Sayid. Los «raros» deben ser incorporados, se han vuelto indispensables.

Pero más allá de los recursos de imagen y edición, casi a la altura de lo cinematográfico, más allá del arco iris de razas y culturas diversas (Benetton colours), más allá de las frecuentes situaciones sicoanalíticas (sueños, vivencias, y sus correspondientes lecturas), más allá de la atracción global por la ética y los saberes propios del scout, que sólo pueden aplicarse en travesías tan excepcionales como la representada, más allá del misterio y de la esperanza de que ocurra otro milagro además de la supervivencia de todos, está lo que a mi juicio es el mensaje, el metamensaje más conectivo de la tira. La idea de una necesaria refundación de lo social. En tiempos en que el individualismo representa una constante amenaza y una realidad cada vez más incontrastable, la serie plantea la necesidad de un nuevo punto de partida. Hay que reestructurar los lazos sociales, hay que establecer autoridades legítimas, con consenso, hay que barajar y repartir de nuevo –por lo pronto, tareas y funciones nuevas para cada uno de los náufragos–.

Es lo que hace tan fascinante la identificación de buena parte de la juventud mundial con el producto, este hecho de reestablecer los lazos, de reconstituir las redes sociales, de superar la fragmentación que incomunica y que hace posible la hostilidad. Ese laboratorio rousseauniano a cielo abierto, con todo el aire de un reality show, permite a los jóvenes vincularse con una de las problemáticas más dolorosas de nuestro tiempo. Y ellos la afrontan de ese modo. Permitiéndose soñar con un nuevo comienzo.

martes, 21 de octubre de 2008

"Control Total"


A propósito de la película Eagle Eye, de J. C. Caruso

¿Se viene el Control Total?

La paranoia conspirativa empieza a tener sus razones. La película, idea original de S. Spielberg, refleja el miedo fundado de la intelectualidad en el Imperio, hacia los progresos cada vez más tangibles del poder anónimo sobre los derechos civiles y la privacidad de la gente

El planteo

Un joven, medio vago, medio bohemio, bastante irresponsable, llega a casa, donde le aguarda una sorpresa: está llena de curiosos artefactos que no le pertenecen, que alguien ha introducido en su ausencia. «Home, sweet home.» Armas, químicos para fabricar bombas, manuales de instrucciones para volar aviones Boeing, insumos armamentísticos de última generación, etc. Apenas logra penetrar en la increíble jungla que es ahora su departamento, cuando recibe un llamado a su celular; en él una voz femenina, maquinal, le advierte que el FBI invadirá el lugar en treinta segundos. Naturalmente el joven se resiste a creer en lo que revela la voz; se pone nervioso, pregunta a los gritos quién le ha dejado tantos regalos inesperados… La voz continúa la cuenta regresiva, 27 segundos, 15 segundos… No hay caso, el FBI entra en el lugar por las ventanas exteriores, con ametralladoras, linternas, etc. Una multitud armada hasta los dientes se lleva esposado al inquilino del departamento. Previsiblemente, en un interrogatorio tipo Matrix, descubre que se lo acusa de integrar una célula terrorista en territorio norteamericano. Y la manipulación teledirigida empieza a urdir su trama.

La tradición «conspiranoica»

Desde luego que el neologismo que elegimos para este subtítulo se lo debemos a la legión de creativos internautas; es tan apropiada la nueva palabra, que la aceptamos sin ningún reparo.

La película Eagle Eye, por momentos parece una Matrix con una presentación más seria, menos teenager. (Matrix tiene más humor visual, más estética comic, más glamour.) Su tema principal no puede negarse que se lo debe, allá a lo lejos, a la novela de George Orwell, 1984, una antigualla que releemos con tanto gusto como unción profética. Y sorprendentemente, la película también tiene alusiones (visuales y conceptuales) a 2001, Odisea del Espacio, de Kubrik.

Un Gran Hermano controlará en cierto momento de la historia las acciones y los discursos de cada persona que habite en el mundo: esta es la afirmación que debe la película a la novela de Orwell. Un único gobernante, con un control absoluto.

De 2001, Odisea del Espacio, está la presencia de una máquina dotada de la capacidad de raciocinio y de emitir órdenes y palabras, como el ordenador que gobernaba la nave espacial, de nombre Hal (homenajeado en Wall E). Esta película había «profetizado» (a mediados de los sesenta) la existencia de Internet y del chat con imágenes de video.
La inquietud que surge, ni bien uno considera la capacidad de anticipo de los autores mencionados, es: ¿cómo hicieron para poder prever esto? Porque hablar de estos dispositivos ahora, que ya son una realidad a la vista en nuestro entorno, vaya y pase… pero ¡en 1948! ¡O mediados de los ‘60!

Acá es donde entra en escena la mentalidad conspiranoica: ¿Tendrían estos autores información a la que la demás gente no pudo acceder? ¿Serían planes de ciertos grupos concentrados, más que imaginaciones inspiradas al estilo Julio Verne?

El billete, Nostradamus y la Biblia

No tenemos que olvidar que Caruso, autor de la película que (con comprensible timidez) aborda estas temáticas, es norteamericano, vive en un contexto en el que ciertas verdades reciben una difusión más natural que entre los ciudadanos de la periferia. Cualquier yanqui tiene en sus manos el billete de un dólar a diario, y no como amuleto de buena suerte (vaya amuleto, dispuesto a las devaluaciones). En su reverso podemos ver el Ojo de Águila, el egipcio Ojo de Horus, un proyecto antiquísimo de sociedad de control y de poder imperial, todo un emblema.

Este billete fue diseñado en 1789, por los maestros masones que hicieron la constitución y la independencia (tan dependiente) de Norteamérica. Estamos ante símbolos ocultistas, se entiende. Aconsejamos profundizar sobre los símbolos e inscripciones en sitios web que se ocupen del asunto. Queremos, simplemente, con esta alusión, mostrar cuán atrás hay que viajar para ver de dónde viene el proyecto del Gran Hermano y qué significa la expresión Ojo de Águila.

Sintetizando, en la Biblia se anticipaba (Apocalipsis 13) la existencia de un imperio de alcance auténticamente global, sin límites, cuyo representante máximo exigiría la eliminación del papel moneda y la instauración de un sistema de identificación subcutáneo. De no creer. Dos mil años después, esto es una realidad que puede caer sobre el mundo, si la gente sigue igual de desprevenida. Nostradamus levanta esta idea apocalíptica del gobernante global, y habla del Último Rey, el Anticristo, gobernando una coalición de naciones… Las sociedades secretas como las que hicieron a Estados Unidos y la Argentina (sin ir más lejos, el plano de la capital bonaerense) leen con atención estas fuentes, y quieren producir a este gobernante global nada benigno.

«Una Voz en el Teléfono»

Una voz en los altavoces del subte anuncia, en Eagle Eye, que se pondrá en vigencia el rastreo y monitoreo de los celulares: se sabrá la posición de los chips y el contenido de las conversaciones. Esa misma voz femenina que enviaba instrucciones por celular en la escena que comentamos al principio…

La Sociedad de Control es una obviedad en EE UU, en donde en cualquier momento, en tu ausencia o no, agentes del FBI pueden allanar tu casa a la hora que se les ocurra sin ninguna orden judicial, gracias al decreto US Patriot Act[1], que Bush hizo aprobar entre gallos y medianoches después del 11 de septiembre. LA GRAN EXCUSA DE LA SOCIEDAD DE CONTROL ES, ALLÁ, EL TERRORISMO[2]; en nuestras modestas latitudes, seguramente habrá oído alguien de la «inseguridad nuestra de cada día»…

Consignamos los adelantos de este mismo fenómeno por acá, para que se vea que la aparatosa producción de Caruso-Spielberg no es ya ni ciencia ficción ni futurismo, sino presentismo, actualidad, cruda realidad: el futuro ya llegó hace rato. El sistema GPS está siendo instalado, mientras se escriben estas líneas, con enorme celeridad en los colectivos y taxis de la Provincia de Buenos Aires. Hay que loar la ímproba labor de los funcionarios[3] por obligar a la ciudadanía a acceder a celulares con chips de rastreo satelital, por ejemplo: ¡desde luego que tiene que haber acuerdos e intereses económicos de por medio! Pero ojalá esto fuese lo peor…

Cámaras en las calles, restricción de las funciones del Estado (prisión domiciliaria con collares electrónicos), privatización de la seguridad, difusión del sistema GPS, y progresiva eliminación del dinero contante y sonante, reemplazado por tarjetas digitales. Sí, como las que, desde el 2009, permitirán a los transeúntes de La Plata (ciudad pionera) viajar en los colectivos de cualquier línea sin preocuparse por las engorrosas monedas y moneditas.

Es obvio que la próxima crisis, lejos de retrasar, puede llegar a colaborar con la instauración plena del sistema (abaratamiento de los bienes tecnológicos). Visto y considerando que la oposición de la gente es todavía nula, la Sociedad de Control que asustó a Deleuze[4] hace casi veinte años es una realidad cada vez más verosímil.

Sería de desear que la gente, los individuos, usted, nosotros, vos y yo fuésemos quienes vigiláramos con Ojo de Aguila, a fin de no dejarnos arrebatar bajo ningúna excusa, el más precioso de los bienes que tenemos en esta vida, lo que nos hace realmente humanos, la libertad.


[1] Ver Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, a propósito de esta controvertida legislación.
[2] Otra referencia de la Sociedad de Control es el film de C. Nolan, El Caballero de la Noche (The Dark Knight), que comentamos también en este blog.
[3] ¿Habrá que excluir la posibilidad de que algunos de estos funcionarios obren con la mejor de las intenciones, como «hombres de buena voluntad»? Sería tan necio como negar el concurso de la idiotez y del azar en los hechos históricos.
[4] Referencias ineludibles, a la hora de hablar sobre este fenómeno del capitalismo tardío, son Deleuze, el «último Foucault», Paul Virilio, Burroughs, y Félix Guattari, entre otros. A los curiosos que quieran husmear qué clase de lobbystas periodísticos tienen los grandes poderes financieros que están detrás de todo esto, que googleen la palabra «microchips subcutáneos», y verán. La Sociedad MONDEX, en el buscador de imágenes, también depara una sorpresa: es un lindo pulpo societario, con nombres que dejarán atónitos a los que de verdad se interesen por el futuro…

domingo, 19 de octubre de 2008

FAHRENHEIT 9/11




Sinopsis
Michael Moore afronta una cuestión que afecta a los centros del poder en Estados Unidos tomando como punto de partida la controvertida elección de George W. Bush en el año 2000, para seguir su ascenso de mediocre petrolero tejano a presidente de Estados Unidos y describir las oscuras relaciones de negocios entre su padre y la familia de Osama Bin Laden, poniendo de relieve que el poder y la riqueza del enemigo número uno de los estadounidenses han aumentado gracias a este vínculo. También se indaga sobre lo sucedido en Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001 y cómo la Administración de Bush utilizó el trágico ataque a las Torres Gemelas para su propio beneficio político.

Referencias
Dirige Michael Moore (Flint, Michigan, 1954) cuya filmografía incluye las películas documentales Roger & me (1989), Operación Canadá (1995), The big one (1997) y Bowling for Columbine (2002), así como las series TV Nation (1994) y The awful truth (1999). También es autor de los libros Estúpidos hombres blancos y ¿Qué has hecho con mi país, tío?.

Disney se negó a distribuirla en Estados Unidos y únicamente contó con el apoyo de los hermanos Weinstein, de Miramax, en alianza con Lions Gate Films, IFC Films y The Fellowship Adventure Group.

Fue calificada con una R en Estados Unidos como medida de presión para que no la vieran los menores de 17 años sin estar acompañados de un adulto.

A pesar de rodarla, la película no incluye una entrevista con Nicholas Berg, el norteamericano decapitado en Irak por respeto a su familia.

Consiguió la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes 2004 y el premio de la Fipresci, además de la ovación más larga jamás escuchada en la historia del Festival. Es el segundo documental que consigue la Palma de Oro tras El mundo del silencio (1956), de Jacques Cousteau y Louis Malle.

Se trata del primer documental que se coloca en el primer puesto de la taquilla norteamericana tras su estreno.

Ray Bradbury, autor de la novela Fahrenheit 451 protestó debido a que Michael Moore no le pidió permiso para utilizar el título.

Varias cadenas de distribuidores cinematográficos locales de Estados Unidos se negaron a proyectar el documental al considerarlo propaganda improcedente en tiempos de guerra.

Consiguió 4 Premios Razzie, las correspondientes a peor actor (George W. Bush), pareja (George W. Bush & o Condoleeza Rice o su mascota), actor de reparto (Donald Rumsfeld) y actriz de reparto (Britney Spears).

Michael Moore aprovecha su don cinematográfico, su genio narrativo documental y su incisivo sarcasmo para darle al primer mandatario una vapuleada visual y de paso propinarle una masacre fílmica a todo el régimen gubernamental de la poderosa potencia militar.
El tremendo documento abre con la polémica elección norteamericana, decidida en el Estado de Florida cuatro años atrás; sugiriendo que el fallo estuvo de parte del Sr.Bush por las influencias de su padre y las conexiones de la familia con el disputado estado, conexiones que incluyen al Gobernador del tropical cabo, que casualmente resulta ser… el mismísmo hermano de Bush.
Fahrenheit 9/11 no es tanto un informe alarmante sobre la política actual norteamericana como un ataque frontal al actual Presidente. Moore hace del sarcasmo y la ironía sus armas principales cuando toca los temas que más escozor causan en el pueblo de los EU, quien, según el cineasta, ha sido manipulado por su gobierno para creer que será víctima inminente de un nuevo ataque, por lo que preso del miedo, apoyará cualquier acción militar para prevenirlo…Aún contra un país lacerado por una larga dictadura, sin armas nucleares o biológicas y que nunca atacó directamente a los "güeros"... ¡vamos!, ¡ni siquiera les amenazó!
Moore recorre los pasillos de todas las esferas norteamericanas, increpando a los políticos, entrevistando a los soldados e incluso visitando a los familiares de los caídos en batalla y a los mismos marines mutilados en las calles de Bagdad. El director, productor y escritor saca a relucir toda la experiencia obtenida de su Bowling for Columbine, hasta hoy el documental más visto de la historia, y realiza una pieza que si bien es menos intensa, resulta abrumadoramente más madura y consistente, educiendo del diverso pietaje, los planos más idóneos para que, conjuntamente con una brillante edición y una meditada dosis de retórica, logre una cinta sólida y persuasiva, con un rostro que pasa en segundos de la comedia a la tragedia y viceversa.
Moore, quien además de cineasta se ha consolidado como un escritor crítico y ácido (Estúpidos Hombres Blancos y ¿Qué le han hecho a mi país?), enfrenta al gobierno más bélico de la historia, armado únicamente de su vocación como investigador y su innegable talento como cineasta; con afilado ingenio deja expuestas las relaciones de negocios de los Bush (padre e hijo) con los saudiárabes, incluyendo los Bin Laden; la exacerbación de los infantes norteamericanos, entrenados para matar al ritmo de The roof is on fire; la penosa indiferencia y desidia de los congresistas y el dolor lacerante de familias amputadas física y espiritualmente de uno y otro lado del mundo. Sin embargo y por encima de todo esto, Michael Moore quien es la verdadera estrella de esta cinta, pese a ser únicamente el narrador y aparecer en esporádicas escenas, logra convencer a los espectadores de que esta guerra, como muchas otras, no es para proteger al pueblo norteamericano, no es para combatir a una amenaza venida del reino del terror y tampoco es para liberar a medio oriente del yugo opresor de sus legendarios dictadores… No… Esta guerra no es ni siquiera para ganarse, sino para perpetuar un magnicidio contínuo con el fin de beneficiar a una tonga de compañías de armamento, tecnología, ayuda social y petroleo en las que Bush y sus “amigos” tienen acciones y se están viendo inmensamente beneficiados con los ataúdes de hombres cubiertos con leyendas del Corán o banderas estampadas de barras y estrellas.
Oscar seguro a un trabajo documental excepcional; quizás su único defecto pudiera ser su carácter localista, ya que si bien es una excelente visión del problema norteamericano y por ende un producto obligado, puede resultar poco comercial para otras latitudes.
Como colofón quisiera citar una de las escenas iniciales, donde el Sr. Bush, se encuentra con Moore en medio de una multitud y provoca al cineasta con una ácida sugerencia "-Consíguete un trabajo de verdad-". ¿Qué dirá ahora que le vió ganar Cannes, el Festival de cine más prestigiado del mundo con un documental que lo noquea políticamente? Parafraseando al mismo Moore en la Entrega de los Oscares... "Shame on you Mr. Bush, Shame on you."

Comentarios del director Michael Moore

ORIGEN
«La idea de "FAHRENHEIT 9/11" surgió de una pregunta: ¿por qué horas después de los atentados del 11 de Septiembre la Casa Blanca autorizó algunos vuelos para la familia de Bin Laden? Leí este párrafo en el New Yorker, me pareció muy raro y quise indagar».
«Cuando dejamos que Bush después de las elecciones del año 2000 se hiciera con un cargo que no le correspondía, su equipo pensó que podía hacer lo que quisiera. A la pregunta: ‘¿Qué podemos hacer con Iraq?’, alguien respondió: ‘Pero si Iraq no tiene nada que ver con el 11 de Septiembre’. ‘De todas formas, vamos a bombardearlo’. Todos los estadounidenses somos responsables por haberlo permitido».

DE "BOWLING FOR COLUMBINE" A "FAHRENHEIT 9/11"
«“FAHRENHEIT 9/11" es la continuación de la idea que fundamenta Bowling for Columbine, en la que exploré la expresión individual del miedo, hablé de cómo los individuos pueden ser engañados por las imágenes televisivas e intimidados por las armas. En "FAHRENHEIT 9/11", en cambio, hablo del miedo colectivo, de la histeria de masas que el poder logra crear para distraer a la opinión pública de los verdaderos problemas. Como George Orwell escribió en su novela 1984, el líder de un pueblo debe mantenerlo en un estado de temor permanente haciéndole creer que podría ser atacado en cualquier momento, renunciando a la libertad para poder vivir. Esto es lo que han hecho los estadounidenses en los últimos dos años y medio».

REVELACIONES SORPRENDENTES
«Para los estadounidenses, "FAHRENHEIT 9/11" está llena de elementos nuevos, extractos inéditos, revelaciones y temas de los que nunca se ha hablado. En los informativos de Estados Unidos nunca hemos oído hablar a los soldados como hablan en mi película, en televisión nunca hemos visto a los heridos ni hemos oído hablar del dolor de las familias. Los espectadores estadounidenses se van a dar cuenta de las mentiras que les han contado. Los abusos y humillaciones a los detenidos iraquíes han salido en la prensa últimamente pero no se han visto imágenes ni se ha visto a los detenidos fuera de las cárceles. Lo que ha pasado es una auténtica vergüenza y ha sido posible desvelarlo gracias a los freelances y a los periodistas que creen en una información completa».

RISA E INDIGNACIÓN
«Cuando empecé esta película, me dije: el público la verá un viernes por la noche comiendo palomitas. Tengo que hacer una película que sea irónica pero que provoque la discusión. Quería hablar de la época en que vivimos y de cómo hemos llegado hasta aquí, y quería divertirme haciéndolo. Hay que reír sobre todo en los momentos difíciles, por eso siempre hay humor en mis películas. En esta ocasión yo he representado el papel serio y Bush ha sido el personaje cómico».

LA PALMA DE ORO
«Nunca me imaginé que podría recibir la Palma de Oro porque habíamos hecho un documental, y Cannes es un festival que por tradición premia las películas de ficción. Vinimos sin muchas expectativas. Hace dos años tuvimos el honor de ser invitados con Bowling for Columbine, el primer documental a concurso en 40 años de historia del festival, y nos sentimos muy felices de que también nos invitaran este año».

DE DIRECTOR A DIRECTOR
«Quentin Tarantino [presidente del jurado del Festival de Cannes] me susurró al oído: "Quiero que sepas que los aspectos políticos de tu película no tienen nada que ver con el premio. En este jurado tenemos distintas opiniones políticas, pero tú has recibido el premio porque has hecho una gran película. Quiero que lo sepas... de director a director"»

viernes, 3 de octubre de 2008

Los Crimenes de Oxford






Título original: The Oxford Murders.


Director: Alex de la Iglesia.


Guión: Jorge Guerricaechevarría, Alex de la Iglesia.


Género: suspense.


Intérpretes: Elijah Wood, John Hurt, Leonor Watling, Julie Cox.
País: EE UU – España.


Año: 2008.

Alex de la Iglesia adapta la novela de Guillermo Martínez, Crímenes Imperceptibles, y el resultado final es una especie de novela de enigma en material fílmico. Muy interesante la introducción académica con el profesor Arthur Seldom (John Hurt), aunque las imágenes del comienzo, imágenes bélicas que desorientan, muestran al filósofo L. Wittgenstein escribiendo su Tractatus en medio de la balacera… El contexto académico e intelectual queda planteado con esta escena. – A propósito, muy buena la actuación de John Hurt: lo mejor de la película.
El planteo del argumento se resume con facilidad: Martin (Elijah Word), un estudiante norteamericano, necesita alguien que le dirija su tesis de grado; por eso concurre a Oxford, donde asiste a las conferencias brindadas por el prestigioso Seldom, un ex catedrático que en realidad vive ahora de los libros que promociona mediante sus histriónicas apariciones.
Ahí nos encontramos con un planteo (inusual en el cine más masivo) de tipo existencial-filosófico, concentrado en la vieja pregunta: ¿podemos conocer algo de la realidad? El crimen que irrumpe enseguida en la trama, en una escena abierta con un plano secuencia bien logrado, termina de ligar los destinos de alumno y profesor.
Las muertes se suceden, pero acompañadas de mensajes crípticos, que el matemático y lógico, acompañado por el aspirante a serlo, deben intentar descifrar… El primer misterio con el que se encuentran consiste en que las muertes, de no ser por el mensaje que las acompaña en cada caso, podrían ser catalogadas como naturales, como casuales. La pista que deja el asesino, en todo caso, exige una lectura hecha desde la academia. Imposible un planteo más próximo al policial de enigma, porque las muertes no parecen tener otra motivación que la de presentar un desafío intelectual.
Hasta ahí, todo bien, aunque sea cierto que con el correr de los minutos la película decae, en parte gracias a la trama paralela que va asomando, una trama afectiva problemática, triangular, de la que lo menos que se puede decir es que no resulta creíble. Quizá en esto la transcripción del texto de Guillermo Martínez le haya jugado una mala pasada a Alex de la Iglesia, porque siendo diferentes los tiempos y el «verosímil» de la película (se trata de dos estéticas que admiten paralelismos sólo aparentes) algunos rasgos del argumento no logran «entrar» en el formato fílmico. En especial, la impresionante Leonor Watling no consolida su enigmática (por lo veloz) aparición en la trama; y todo el costado «afectivo» y erótico del producto (incluído el típico «clip» caliente), parece como si estorbase el desarrollo natural de la historia policial.
¿Marcas de obras anteriores? Los crímenes acompañados de indicios y lecturas académicas, recuerdan al planteo de El Nombre de la Rosa, bien es cierto que en este caso de un trasfondo más filosófico-teológico que matemático y geométrico. En cuanto a la estética de la imagen, se relaciona con la matriz hitchkockiana, con un plano secuencia sensacional que recuerda a cierta toma famosa de Ciudadano Kane, de Orson Welles (la cámara «penetrando» a través de una ventana).
Las actuaciones son buenas en general (excepto el espantoso estudiante ruso, compañero de Martin: sin palabras), de por sí el elenco es interesante y con buenos antecedentes. El planteo es interesante, la resolución también (por supuesto que, siguiendo las convenciones del género, hay sorpresa). Sólo se lamenta la mencionada esquizofrenia de la trama, que por momentos hace que el producto huela a cine comercial.

lunes, 8 de septiembre de 2008

"El aura"




Director: Fabián Bielinsky.

Actores: Ricardo Darín, Alejandro Awada, Dolores Fonzi, etc.

Un fin de semana largo, en el sur, puede significar un tratado de paz, después de que la escisión entre los sueños y la cotidianeidad se abriera como una herida. Y en ese film experimental, «de transición», que es El Aura de Bielinsky, como todo el llamado Nuevo Cine Argentino, el personaje que representa Ricardo Darín abandona su melancólica rutina de taxidermista y, junto a su viejo amigo Sonntag se marcha al sur. Un fin de semana largo puede reparar el desgarramiento de su vida, piensa tal vez.
De todos modos, un escape también sirve para adelantar unos pasos, con los ojos cerrados: es una evasión que también puede resultar un viaje hacia dentro, una incursión hacia lo que definitivamente se es, hacia lo que se sueña con llegar a ser algún día.
Los recortes de notas policiales dan cuenta de lo que el personaje protagónico es de manera latente.
El Aura es un film críptico, también. Un film saturado de claves[1], que aparecen como motivos conductores (en el sentido wagneriano, es decir: como indicadores de recodos en los que la fatalidad distribuye sus marcas). Sonntag[2], se llama el amigo: y el domingo, justamente, de ese fin de semana largo, el protagonista encontrará su destino, lo elegirá y será elegido por él. Un film de claves que exige la tensión intelectual y el desciframiento permanente.
El tema de las claves también reaparece en la figura suplantada por el personaje de Darín. Después del segundo de tres ataques epilépticos que padece durante la cinta, elimina al viejo baqueano Dietrich, quien también albergaba en su interior la densidad de los proyectos vedados. Pero Dietrich significa ganzúa, y sus llaves le abren al protagonista (de cuyo nombre no interesa enterarnos) el mundo en el que éste había soñado con ingresar.
En cierto modo, el protagonista reemplaza a Dietrich y hasta podría decirse que lo re-encarna. Lleva sus llaves (su ganzúa), sus documentos, su teléfono celular, conoce hasta los entresijos de sus planes, se asocia a sus compañeros de aventuras, usa su camioneta, ambiciona a su mujer (una desganada y brava joven, personificada por Dolores Fonzi), y hasta es custodiado por su perro. El lobo estepario que él ya es, le granjea la compañía de aquel problemático animal, que también imita el modus vivendi de sus propietarios simbólicos, quienes han tenido que ganarse su derecho de amos.
Como vemos, un film críptico, un film de enigmas que nunca se esclarecen del todo (como esa carta que lee el protagonista, y de cuyo contenido tampoco importa que nos informen), un film psi, de exploración hacia dentro, de larga tradición en el nuevo y el viejo mundo. Un film que formula unas cuantas preguntas, a las que deja libradas a la lectura del espectador, de cada espectador: por ejemplo, qué tan protagónico es el papel jugado por ese fenómeno psiquiátrico que es el aura, en los hechos que se suceden… Transcribo la descripción que hace el protagonista sobre el aura:

Unos segundos antes yo ya sé que voy a tener un ataque. Hay un momento, un cambio… los médicos le dicen aura. De pronto las cosas cambian. Es como si el mundo se detuviera, se abriera una puerta en la cabeza que deja pasar cosas… ruidos, música, voces, imágenes, olores… Es horrible, y perfecto. Porque durante esos segundos sos libre. No hay opción. No hay alternativa. Nada para decidir. Todo se ajusta, se estrecha aún… Y uno se entrega.

Como el destino, el Aura resurge en tres momentos decisivos: en el inicio, antes de la famosa conversación con Sonntag en el banco; en el nudo, cuando «se entrega» a su nueva vida de fin de semana largo; y en el desenlace, cuando ya es lo que representa: el Hombre Ganzúa… ¿Es, entonces, El Aura, un film de tesis, con una idea determinista en el trasfondo?
Como espectador y como crítico, personalmente creo que no es exactamente un film de tesis. Sí pienso que es un cine para pocos, que se transforma en un cine en cierto modo elitizante. Es un cine que incomoda, que interroga, que pone en crisis.
Esto perturba, y deja como resultado una serie de inquietudes que hacen al sabor particular del producto. El personaje, actuado por el otro Darín de Bielinsky, no sólo no es un personaje querible, con el que podamos simpatizar; hasta resulta escasamente compadecible. Los tiempos del film, «europeos», lentos, adagio molto en la mayoría de los casos; la música, que generalmente difunde una maciza atmósfera introspectiva… Esas escenas en las que somos, junto con el protagonista, testigos-cómplices de lo que ocurre, ante lo que nada podemos hacer, sino observar y asombrarnos, del arrojo, de la violencia, de la codicia, de lo imprevisto, del horror…
No es cine comercial. Acá no representan los estereotipos un vertiginoso vaivén argumental. Es cine para pocos, es decir: para los que han recibido de parte del destino la posibilidad de acceder a sus claves, a la ganzúa que acecha tras el misterio que envuelve a los ingenuos.

[1] Clave significa literalmente llave, en latín.
[2] En alemán, siempre (aunque los rasgos del amigo recuerden más bien al judío). De todos modos puede pensarse que llamar al personaje fin de semana, o fin de semana largo, hubiera quedado muy inelegante –en cualquier idioma, incluso nórdico.

"La Conspiración" (In the valley of Elah)










Director:Paul Haggis
Duración: 121 minutos.
Actores: Tomy Lee Jones, Charlize Theron, Susan Sarandon.

En esta película vemos el otro lado de la vivencia norteamericana de ahora. Transmite una percepción muy diferente que la última de Batman, The dark knight. En la superproducción de Christopher Nolan veíamos la visión de la Casa Blanca y el Pentágono; acá, en La Conspiración, nos encontramos con algo semejante a la percepción de Irak que tiene cada vez más el ciudadano medio norteamericano.

Es un drama con cierto olor costumbrista. Hay toques del estilo Clint Eastwood, sobre todo en el manejo de los signos y símbolos, que siempre reaparecen con otro sentido. Cinta pausada, pensativa, atenta a los detalles… En el típico Hollywood no hay que distraerse para no perderse ninguna escena de las persecuciones; acá no hay que pestañear para no pasar por alto ningún detalle, ningún indicio. Yo no diría que es una película adagio molto, sino andante. Más que lenta, cuidadosa, reflexiva.

Sentimientos, reacciones humanas, aparecen representados en un producto sutil, connotativo. Sobrio, sin las ampulosidades, a las que se veía obligado por razones genéricas Batman, heredero de la estética de los cómics.

Hay una desaparición a investigar. El protagonista (Tomy Lee Jones), recibe un llamado de la base militar: «hace cuatro días que el grupo de su hijo volvió de Irak, tendré que reportarlo si no se reintegra al ejército enseguida». El padre se transforma en el investigador de la desaparición. El padre, el sargento Deerfield, es un policía militar retirado con conocimientos en la decodificación de los indicios, experto en lectura de huellas. Pero dispone de dos series de huellas, que él no sabe si conducen al mismo lugar…

La investigación convencional queda a cargo de la detective Sanders (Charlize Theron), que tiene que enfrentar no solamente los problemas jurisdiccionales, sus propias culpas y limitaciones, sino también la competencia y burla de sus compañeros. Hay algunas cuestiones de género, claramente planteadas en la película.

El hijo desde Irak le mandaba videos a su padre, con imágenes de por sí confusas tomadas con su celular. A lo largo de la película y mientras la investigación convencional avanza (llena de imprevistos), el padre sigue buceando la pista de los videos, y descubre cosas inesperadas acerca de su hijo, de la situación verdadera en Irak y sobre todo, acerca de sí mismo. El problema es cuando el que lee indicios no puede evitar inmiscuirse en su lectura de manera personal. «Es mi hijo», «los buenos y los malos», «nosotros y los otros», en fin todos los prejuicios naturales del americano aparecen en esa lectura. ¿Ayudarán a descubrir la verdad en este caso?

¿Las actuaciones? Bueno, creo que hay que repetir aquel razonamiento que Borges considera como característico de los argentinos, nuestro: «Aunque fueron premiados con el Óscar, tal vez sean buenos actores.» Las actuaciones son sobrias, calibradas, perfectas. Ya Charlize Theron no nos sorprende; ni nos acordamos de su pasado de top model inmigrante. Ya acumula varios óscares en su haber. Y pensar que le reprochaban su acento afrikáans, hace unos pocos años… Susan Sarandon, con tres o cuatro apariciones, una madre colosal en un trance harto difícil. Tampoco «desentona» Tomy Lee Jones, en su papel de viejo flemático, metódico, obsesivo (el blogger que piensa en el temperamento «anal-retemptive» no tiene la menor idea de lo que dice; debería saber psicología, y no sólo inglés).

El nombre original es In the valley of Elah. No anticiparemos nada más que el hecho de que constituye una reminiscencia bíblica. Lo demás se lo dejamos al espectador. Pero de conspirativo la película no tiene absolutamente nada, créanlo. Horrible la traducción al español del título.

Todo esto, para que se vea el sinsentido cada vez mayor que tiene hablar de «Cine norteamericano», «cine yanqui»; el rótulo no dice nada. Aparecen algunas huellas incluso de Apocalypse Now. Un soldado dice, como Charlie Willard, en la primera escena del clásico de Coppola: «Me moría por salir de allá [de Irak], después de dos semanas sólo quiero volver; jodido, ¿no?»

Las nuevas tecnologías son puestas por la película al servicio de una búsqueda privada de la verdad. ¿Sociedad de control? No. Yo diría que el film es ingenuo con respecto a esto que está apareciendo, y que la gente todavía no sabe muy bien en qué consiste. Paul Haggis también se muestra inocente en esto.

Los videos y testimonios de la investigación son indicios y huellas: ¿a dónde llevan? ¿Llevan hacia algún lugar? ¿Son piezas de un rompecabezas o de varios a la vez?

jueves, 14 de agosto de 2008

La Gran Pesadilla Americana


The Dark Knight – El Oscuro Caballero, la última de Batman

Durante la edad de oro del Gran Sueño Americano, los años ’60, Estados Unidos aspiró a ser un país democrático, solidario, plural, creativo, que continuase y extendiese a toda la sociedad los beneficios de la prosperidad económica. En contraste con aquello, el Imperio del Norte vive hoy su Gran Pesadilla: y eso se traslada a una de las creaciones cinematográficas del año, como lo es seguramente esta nueva versión de Batman

La Estética Vampira

No coincido con los planteos críticos que se han lanzado enseguida tomando posiciones desde la estética. Christopher Nolan logra concentrar en la nueva Batman tantos sentidos, tantos aspectos, tanta mezcla genérica que reprocharle esa cierta sobrecarga retórica me parece sencillamente tonto. Y más teniendo en cuenta que esa ampulosidad tiene que ver con las concesiones obligadas del director hacia el género cómic, al que hay que retribuir por el nacimiento del héroe noctámbulo de Ciudad Gótica.

El Oscuro Caballero o el Caballero de la Noche, como se tradujo por acá, es un policial negro, es un triller, es una película de superacción con efectos especiales de última generación, desde luego también es un cómic, pero sobre todas las cosas es una cinta cargada de significados y de simbolismos políticos (¡con los que polemizaremos después!).

Durante las dos horas y media que dura el film, el observador intelectual logrará captar multitud de planteos filosóficos, si es que logra abstraerse de las piñas, tiros, caídas y persecuciones vertiginosas (esfuerzo nada difícil para los intelectuales, que en general se fastidian del característico bombardeo de acción hollywoodense).

Desde lo estético, nada cabe reprocharle al director que ya probó su capacidad para producir material complejo, enrevesado, interesante, con ese film más de devedé que de fílmico que se llamó Memento (2000). Ahora, y después del paso vacilante de Batman Inicia (2005), creemos que se reivindica con un Batman que va oliendo cada vez más a trilogía. Este último, sin ningún lugar a dudas, el mejor que se haya hecho en cuanto al trabajo artístico (muy por encima del de ¡Tim Burton y Jack Nicholson!); y también, por lejos, el más pesimista, destructivo y siniestro en cuanto al mensaje.

La Clave es el Eslogan, «Bienvenido a un mundo sin reglas»

Decía Bernard Shaw, en su frase más famosa y también la más despreciable: «La regla de oro es que no hay regla de oro». Su deslizante juego de palabras anticipaba el graffiti que popularizaron los muchachos franceses del ’68, «Prohibido prohibir»; y lógicamente, le ganó de mano al eslogan de la última del Murciélago. Queda claro desde antes de ingresar a la sala, que la idea de la película se empeña en un combate contra la moral, contra la ley y contra las reglas en general… (¡glup!).

¿Cuántas huellas se pueden rastrear en El Oscuro Caballero de productos más viejos de la cultura? Al menos este crítico, pudo acordarse del alambrado (NO TRESPASSING) con el que arranca Ciudadano Kane, ese monumento de película de Orson Welles. También, el final y todo el planteo filosófico, tiene «un no sé qué» de wagneriano, con el germánico dios Wotan («el bueno») hundiéndose lentamente en un ocaso que no puede evitar por más que luche… Atardecer del dios que a la vez ahoga eternamente su defensa del orden y de las leyes.

En fin, también una huella de la Teoría de los Juegos, iniciada por los holandeses Von Neumann y Morgenstern (cuándo no, los holandeses teorizando sobre los juegos…): hay dos barcos atestados de gente, con 4 mil pasajeros cada uno de ellos. El Guasón les anuncia: «Los del otro barco tienen el detonador que, desde las 12 de la noche, podrá hacerlos a ustedes volar en mil pedazos». Hace lo mismo en los dos barcos, cuyas bodegas están preparadas con gasolina para provocar un selecto espectáculo pirotécnico, anunciado para la medianoche. Les advierte a los pasajeros que deliberen, cuidando de no dejarse anticipar por los del otro navío.
Finalmente, cuando llega la hora… (final reservado a los que vayan a verla.)

Son cuatro las opciones posibles en esta escena de los navíos: que los dos se hagan volar mutuamente, que ambos se salven, que el barco A vuele al B, o viceversa. Es el Dilema del Prisionero, uno de los casos más reflexionados de la Teoría de los Juegos durante la época de la Guerra Fría. (Adivinen por qué, la crisis de los misiles nucleares en Cuba, puso al mundo este dilema frente a sus narices; se trataba de la subsistencia del civilización, nada menos.)

La Paranoia y sus Espejismos
La sociedad tiene un enemigo: un Terrorista Incondicional, que no se interesa por el lucro, sino que ama al crimen por el crimen mismo. En una de esas escenas que intentan quedar en la memoria, el Guasón quema una pirámide de unos 6 metros hecha de dólares, mientras declama frente a sus traicionados y sorprendidos socios en el delito: «Un criminal como el que Ciudad Gótica se merece, no lo hace por dinero». Hay que ser un asesino desinteresado, dice la ética guasoniana de Christopher Nolan.

Esta imagen recuerda inevitablemente a la del Bin Laden elaborado por la versión oficial del gobierno de Bush: si hasta manda videos caseros a los medios… Pero juzgo que es buena noticia para las mafias, el parecer menos horribles que este fantasma nihilista que es el Guasón; por lo menos, las mafias son «más humanas» –las mueve una debilidad humana: la codicia–.

La sociedad civil, los políticos profesionales, la policía, el entero aparato represivo del Estado aparecen impotentes frente al hombre dinamita. Hay una escena en la que amenaza con detonarse vivo, frente a los socios que no se fían de él, los mafiosos: todo muy terrorista, muy Al Quaida. Y siempre el terrorismo presentado con los rasgos que le pintan CNN y la Casa Blanca.

¿Quién gana, al final? ¿La sociedad civil y su defensor de antifaz? ¿A cuántos asesina el Guasón a lo largo del film? ¿Cien, doscientas, quinientas personas? Y ¿cómo no justificar el uso de la violencia, incluso de las torturas en prisión (sic) contra personas que, como este Guasón tan extraño, tan inhumano, no reconocen ningún límite para su maldad, ni persiguen ningún fin más que la destrucción, el odio ilimitado contra todo y contra todos?

El Resabio Final (Atención: desde acá, incluimos algunos elementos del argumento y del desenlace.)

Uno se despide del film con la sensación increíble de que Batman es un pobre tipo, casi un antihéroe. (Es que él no tiene «licencia para matar», ¡como sí la tiene su enemigo!) Y la sociedad organizada está desbordada. Ahora se puede recurrir a cualquier método en la lucha contra el Mal, ya que este se muestra mucho más fuerte. Al cabo de la lluvia de situaciones extremas que nos envía la película, el Bien termina adoptando tácticas y modos propios del Mal (lo que motiva las carcajadas del Guasón, que tres cuartas partes de los espectadores malentienden).

La última regla en morir es la Verdad: a la pobre gente de Ciudad Gótica (de la comunidad mediática global) no hay que quitarle su ilusión. Hay que fabricarle un «bueno de la película», con lo que sea. La gente tiene su derecho a vivir de mentiras. Esta es la traducción del lema del ideólogo del Pentágono y de la Casa Blanca actuales: el profesor Leo Strauss lo trajo de Alemania, cuando enseñó a los americanos (en la U. de Chicago) que se podía practicar un nazismo sin Hitler. La consigna «Miente, miente, que algo quedará» había sido pensada por Goebbels, el Ministro de Propaganda del Tercer Reich.

Y como «el fin justifica los medios», según dice un colaborador de Batman en la película, hay que encontrar al Guasón y salvar a la ciudad. No importa si es preciso, para eso, espiar a todas las personas de Ciudad Gótica, por medio de un dispositivo que nos recuerda tanto al de la Sociedad de Control que criticamos en este espacio… Las llamadas de celulares son interceptadas por Batman y así se logra ubicar los movimientos de cada persona, y asistir a sus conversaciones. Resultado: el Guasón es localizado.

No creemos que sea casual esta escena en semejante momento de la historia.

Así es como Batman logra detener las masacres en cadena del Guasón. De cuyo destino, al terminar la narración, no nos enteramos.

Queda suelto. Para que la Sociedad de Control pueda seguir limitando nuestras libertades, recortando derechos, invadiendo nuestras vidas y tendiendo sus redes virtuales a nuestro alrededor. Con la excusa de que hay un Enemigo, hostil, incondicional, omnipresente, una amenaza que puede explotar en el lugar y en el momento menos esperado.


Nota: No recomendamos la asistencia de chicos ni de menores. La ausencia de restricciones en las entradas de los cines tiene que ver con el propósito comercial (vacaciones de invierno acá, de verano en EE UU). El Oscuro Caballero tiene momentos de violencia que de verdad pueden perturbar a espectadores infantiles. Con toda seriedad: hay una escena en la que un personaje es desfigurado vivo por el fuego, y así deambula durante media película. Hay elementos muy dark, apegados a un morbo macabro que, personalmente, yo creo que un chico no puede decodificar de ninguna forma. Esta sería la crítica más certera que se podría dirigir a la estética de la película.

lunes, 21 de julio de 2008

Permiso para portar armas y privatización de la seguridad

Más allá de que el permiso para portar armas se generalizó de manera franca y abierta recién a fines del mes pasado, el hecho forma parte de una tendencia que es de vieja data.
Siempre los Estados Unidos son noticia por hechos sangrientos relacionados con la difusión de las armas en ámbitos privados, domésticos. Allá ocurre algo especial, y es que el Estado tiene cada vez menos eso que se llama el monopolio de la fuerza. La gran cuestión es saber si esto es algo positivo o negativo para el aquel país y para el resto del mundo. El liberalismo, en sus versiones ortodoxas o revolucionarias (anarquistas, socialistas), respondería quizá que esto podría llegar a tener su lado positivo. El hecho es que el Estado norteamericano otorga los permisos con requisitos mínimos. Ahora bien, ¿con qué consecuencias?

A mediados del 2007, corrió una noticia de esas que uno no sabe si reírse o llorar: se le había concedido un permiso para portar armas a un bebé de 10 meses. Esto puede verificarse en Internet. Incluso hay posteadas imágenes del carnet con la foto del bebe, ¡un certificado para que un nene de 10 meses utilice eventualmente un arma! Hasta este punto está llegando la liberalización de estas cuestiones en Estados Unidos.

Lo que no hace sonreír de ninguna manera son las consecuencias que tiene esto: por ejemplo, las masacres registradas en los últimos años: así, la del 16 de abril de 2007, Blacksburg, Virginia, que dejó 32 muertos y 29 heridos (conocida como las Masacre de Virginia Tech). O la del 20 de abril de 1999, en Littleton, Colorado, con un saldo de 15 muertos (la Masacre del instituto Columbine). Piénsese que, más allá de las motivaciones psicológicas o psiquiátricas que puedan adjudicársele a los autores, éstos no hubieran podido perpetrar sus horrores sin la disponibilidad llana y libre de armas que se da por allá.

Hoy mismo, en Norteamérica existen 200 millones de armas autorizadas, para 300 millones de habitantes… Estos son datos reales, literales. Dos armas por cada tres habitantes.

No es casual que un país tan desarrollado como EE UU se convierta cada vez más en una especie de far west…

Pero no sólo Norteamérica paga cara su permisividad en este sentido: el exterior, los demás países, también tienen que sufrir su cuota; todos tenemos que aportar nuestro tributo de inseguridad global. El poder que tienen las empresas armamentísticas en Norteamérica lleva además a este país a provocar situaciones de guerra: de las que inmiscuyen directamente a los Estados Unidos o a sus países aliados o satélites, y las que irrumpen por ejemplo en nuestra doméstica Sudamérica. Siempre que un país depende de las armas (y más si tiene la magnitud y el potencial de los Estados Unidos), siempre que las empresas armamentísticas tienen semejante poder en un país, vamos a ver al mundo entero en pie de guerra.

Es obvio que se debe pensar en cuáles son las causas de esta armamentización de la sociedad norteamericana. ¿Cuáles son las empresas en juego? Hay un nombre que va a sonar conocido a todos nuestros oídos: el del Bin Laden Group (es la quinta armamentística en Norteamérica). De a poco se va observando cómo las leyes van quedando a medida de los poderes económicos. Esto tiene un papel innegable en la tendencia norteamericana a entrar en guerra o a fomentar los conflictos en diversos lugares. (Decía Marx que el industrialismo moderno precisa de guerras; que es un sistema carnicero por necesidad.) Es sabido que el Pentágono está dominado actualmente por las petroleras, las grandes finanzas, y las empresas de armas.

Pero este es un proceso global y general, que afecta a todos los sectores de la economía. La policía, el ejército, la penitenciaría se van a ir privatizando cada vez más; es decir, no van a ser asunto del Estado sino de los particulares. Esto equivale a la renuncia del Estado a lo que se llama el monopolio de la fuerza… Es muy probable que se vaya viendo algo así también en estas latitudes. Ya sabemos que hay intereses golpeando la puerta, a ciertos grupos le convendría que también los argentinos se armasen igual que los norteamericanos.

No es tranquilizador aceptar la deserción del Estado en estas cuestiones claves… Pero no se afirma que esto deba ocurrir, sino que simplemente se comprueba algo que sucede. Realidades, más allá de los deseos personales. Obviamente también debe constar el repudio personal que experimentamos hacia este hecho.