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jueves, 25 de enero de 2018

Un western argentino


Por Javier Chiabrando

“Pampa del infierno”, de Miguel Molfino, son varias cosas en una: un western argentino puro por cruza con novela negra, un grano de arena aportado a la probable historia social del país con su inevitable choque entre inmigrantes y locales, y también un canto a la naturaleza, por muy hostil que sea. Y al fin, una contribución a la construcción mítica de nuestra historia no tan lejana. Algo así como los norteamericanos supieron hacer con sus cowboys, que no se diferenciarían demasiado de nuestros gauchos, pero a los que la ficción logró volverlos más fotogénicos, entre otros méritos no probados.
Dijimos western porque hay vaqueros que cumplen con las generales de la ley del género y luego de viajar muchas millas a caballo y de dormir a la intemperie con la montura como almohada, recalan en un lugar como bautizado para que esta historia suceda: Pampa del Infierno. Pero para eso deben pasar muchas cosas, debe haber sangre, duelos, venganzas, y muchas más millas cabalgadas, que sumadas dan las que se necesitan para llegar de Texas al Chaco.
El personaje principal es Ken Parker, un texano que un día abandona el rancho de su padre, como los cachorros abandonan el nido, y viaja hacia el sur, siguiendo imprecisamente la pista de Sundance Kid y de Butch Cassidy, por quiénes ofrecen una valiosa recompensa. Pero nada sucede como estaba previsto. Los pistoleros serían asesinados en Bolivia y Parker se asienta en el sur, se convierte en buscador de oro, se casa con una mapuche y vive en lo que tal vez fuera el rancho de Butch Cassidy. ¿Encontró su lugar en el mundo? No, porque de ser así no habría western. Entonces irrumpe la violencia. Parker, fiel a su condición de vaquero hecho según las reglas de la virilidad, se cobra venganza y no le queda otra que huir. Lo acompaña Kuyén, su mujer, embarazada, y su amigo McParland, ex hombre de la Pinkerton, como lo fue Dashiell Hammett, para terminar en el norte del Chaco, exactamente en Pampa del infierno.
Ahí comienza otra historia, la de esos hombres y mujeres que llegaron desde todos los puntos cardinales y ayudaron a construir eso que llamamos Argentina. En Pampa del infierno conviven indios, inmigrantes varios, desertores del ejército y misioneros. Conviven sin equilibrio alguno, sometidos a las reglas de la fuerza, las armas, la crueldad. La vida allí es tan dura como en el oeste de las películas, y vale igual de poco. Se puede morir por nada, por el calor, por una palabra dicha a destiempo o para satisfacer la crueldad de alguien. Bien lo dice Horacio Convertini en la contratapa: “…es, además de una aventura atrapante, una mirada sobre el método brutal con el que se hizo el país…”
Fue Mempo Giardinelli en su ensayo sobre la novela negra quien describió la relación entre los géneros negro y western. Allí mencionó “el ambiente salvaje, inhóspito, que se repite en la lucha callejera, en la ferocidad de la selva citadina moderna”, de la novela negra. También marcó los hitos de ambos géneros: personajes solitarios que sólo confían en sí mismo, el ambiente salvaje, los interludios amorosos.
Y quién mejor para encarar este cruce de géneros (aunque en este caso prevalezca el western) que Molfino, nombre relevante del mundo de la novela negra, que ya se había aproximado al espíritu del far west en sus cuentos, pero que además es un hombre que vive donde sucede la historia. Ya lo declaró en un reportaje a Página 12: “Mi casa está al lado del río, y más allá está el Paraná. Es un paisaje con el que puedo hacer un western, porque además es una población extraña y muy heterogénea la del interior del Chaco…”. Y hasta se da el lujo de ponernos frente a una gran escena de sitio cuando el rancho de Parker es atacado, una escena de esas que vimos tantas veces en películas, donde un grupo de hombres se defiende de un enemigo sin cara, sin saber cuántos son, qué armas tienen: “Lecko –un wichí corpulento y de cabellera gris– compartía con Ken Parker el gran ojo de buey que se hallaba en una especie de primer piso, debajo de la ventana que ocupaba Collins. Era una posición estratégica porque desde allí se veía todo el terreno”, escribe Molfino.
Dijimos antes que esta novela era también un canto a la naturaleza. Esa relación con la naturaleza se percibe desde las primeras líneas: “En la tarde baja y rojiza las nubes destellan una luz ferrosa, oxidando el aire húmedo que llega del río”. Aquí la naturaleza es el manto donde se cobijan los hombres, que a la vez deben derrotarla para sobrevivir. “En ese horizonte, la noche todavía era un manto violeta. Era casi táctil la sensación de infinito en la sabana anochecida”, escribe Molfino. Esa naturaleza hostil, tan presente en sus otras novelas, concretamente en la excelente “Monstruos perfectos”, es acá todavía una barrera entre los hombres y una forma de la felicidad que aún no se percibe con claridad pero que hay que conquistar como sea.
Y por último, aunque las buenas novelas nunca se terminan del todo, está esa vuelta de tuerca, esa viveza criolla, que significa tomar a personajes más propios de la gauchesca y volverlos parte de una historia de “comboys”, sin que desentonen, haciendo de ellos un breve mito que seguramente se encadenará con otras novelas, películas, historias orales, según cada lector. “En plena carrera desenfunda el Winchester que trae a un costado de la montura. Los árboles pasan veloces, baja y trepa montículos de piedra, el viento frío le azota la cara, dientes apretados, pierde el sombrero en el camino…”, dice Molfino, como si narrara las aventuras de El virginiano. “Pampa del infierno”, editada por Revolver es una novela inusual dentro de panorama de la literatura argentina. Desenfunde y vea por usted mismo.

Fuente: (Publicado en el suplemento literario de Télam.)




lunes, 4 de noviembre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/26

Miguel Angel Molfino

SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
ULTIMA ENTREGA (Nro. 26)
RESUMEN:  Leo Fariña y Billy Jensen huyen del rancho de El Chapo. Llegan a una carretera y  un lugareño los lleva en su camioneta hasta Pericos, un pueblito cercano a Culiacán, la capital del Estado de Sinaloa. Desde esa ciudad, Leo y Billy planean huir del país.

Debo decir que Billy Jensen estaba de un humor de perros. Sentados en la banqueta de la oficina de la Western Union, me apuntaba con su barbilla de tal modo que casi me hacía sentir culpable de todo lo que le pasaba. Aguardaba una remesa de dinero que había pedido a uno de sus bancos. De pronto, lo llamaron: ¡Pedro Gómez Liston! Era uno más de sus nombres falsos. Entramos, nos hicieron pasar a una pequeña y calurosa habitación, y abrieron la saca de la que salieron doscientos mil dólares. El tipo que nos atendía parecía un autómata. Me sorprendió que no le exigiera a Billy alguna documentación pero Billy separó cinco mil dólares y eso fue todo. El tipo se metió los billetes en todos los bolsillos del largo sacón con flecos que traía, nos dio la mano y se marchó con trancos apurados. El poder de Billy Jensen parecía no tener horizonte. Tenía cuentas millonarias en pequeños bancos y creo que hasta una muy importante en el JP Morgan. Era escurridizo como una lagartija, sabía muy bien cómo manejarse en el gran fraude y en el lavado de dinero. Un prócer del delito.
Cuando llegamos a comer a El Regio de Pericos, Billy ya vestía una camisa color mostaza, un saco azul y pantalones verdosos. Yo preferí unos Levi’s, camisa a cuadros y una campera de cuero liviano. Botas y sombrero, por supuesto. En composé con el ambiente general norteño. En el hotel, dejé el M-19 y cargaba en mi espalda la bonita Strizh rusa. Súbitamente, todo empezó a acelerarse. Volamos a Culiacán en un Cessna 682 cuando aún estábamos digiriendo el cabrito enchilado del almuerzo. Adiós a mis armas: las tuve que abandonar en el hotel. Una ruta de narcos nos hizo aterrizar sin novedad en Culiacán.
Mientras Billy se dedicaba a hablar incesantemente por teléfono en las cabinas, compré El Sol de Sinaloa para ver qué contaban las noticias del ataque a la finca del Chapo. Largué una carcajada después de hojear hasta la última hoja: No había una sola letra escrita sobre el hecho, incluso, la sección policiales no existía. Prendí un cigarrillo y me encaminé a un barcito del aeropuerto. Pedí un tequila y así como vino así me lo tragué. Todavía me era difícil aceptar que ese mundo de crimen existiera como una realidad paralela. Y como una verdad incontestable para quienes la habitaban. Pero era tan innegable como el planeta Júpiter. ¿Por qué yo no salía corriendo a denunciar a las autoridades? Más que loco tendría que estar. Si yo fui testigo de cómo nos recibieron en Toluca una agrupación militar mexicana. ¿Quería aparecer colgando y decapitado de un puente? 
Pedí otro tequila, esta vez doble. El mexicano de la barra me sonrió y comentó: ¡Híjole! Mire que el tequila no es granadina! Es cosa mía, amigo, cóbrese de aquí. El barman tomó mi dinero y murmuró: Ni modo…
Tomaba mi tequila sobre mi taburete cuando se acercó Billy.
-       Escuchame, nene, esperame aquí, en el aeropuerto, yo vuelvo en una hora y seguimos…¿Tenés algo de plata?
-       Sí, no creo que en una hora me gaste 600 dólares…
-       Bien, bien, ya vuelvo.
No quería calcular cuántos dólares había perdido en el camino. Aproveché el momento para romper el viejo y vencido cheque del banco panameño que me  diera Billy, no sé en qué vida anterior.
Odié la espalda de Jensen mientras se alejaba, odié todo su mundo, sus mentiras, recordé que podría haberme avisado sobre todo el peligro que caería sobre mi pobre humanidad. Retomé la lectura de El Sol de Sinaloa en una cómoda butaca de cuero. Allí me avivé de los rondines de los soldados del ejército. Camuflados, las caras pintadas, las miradas como dientes y el silencio militar presagiante.
Yo quería estar en casa y si fuera posible engripado, para que mamá me sirviera una sopa calentita y que la cuchara no sea un proyectil 7.62. Me dormí como abrazado a un osito de peluche.
Un golpe en el hombro me despertó. De un salto me puse de pie, sin saber en qué mundo estaba. Era Jensen y traía una gran maleta y un portafolio metálico. Pero era un Billy Jensen casi desconocido. Se habían teñido de castaño sus pocos cabellos rubios y un discreto bigote oscuro le daba un toque de seriedad. Me sonrió abriendo los brazos, como exhibiendo su nueva pinta. El traje Príncipe de Gales lo hacía gallardo y aún más aristocrático.
Yo sonreí sin ganas. Me preguntaba que significaba este nuevo disfraz. Hacia dónde nos llevaría, en qué playa nos hallarían muertos, estaba hastiado, con las bolas por el suelo. Y se lo dije:
-       La concha de tu hermana, Jensen, quiero bajar de esta locura, por favor, esto ya dejó de ser gracioso…- tuve que carraspear, casi me ahogué.
-       Sentate, dijo. Y nos sentamos.
-       Ya todo terminó, mi querido Leo, aquí nos separamos…
Sentí que mi cara era de plastilina por la cantidad de gestos que hice en menos de un minuto. Me saltaron lágrimas, pero de alegría y de bronca; sonreía como un estúpido, me sentía pájaro, nube, mariposa, polen, y escuché que le dije: Gracias, Billy…
Jensen me abrazó y me dijo: Te quiero, muchacho y gracias…
Me desprendí de su abrazo y le respondí: Y yo a vos te odio, pedazo de hijo de perra, de pedo que estoy vivo y…
La mano de Billy Jensen me tapó la boca. Me pidió que lo siguiera hasta el baño, un inmundo baño de aeropuerto. Nos metimos en un privado. Jensen abrió el maletín metálico. Los fajos de dólares encandilaban, nuevitos, esmeraldas de papel.
-       Son tuyos, los merecés, Leo, te lo ganaste a lo James Bond.
-       ¿Cuánto es esto? –balbuceé hipnotizado ante El Gran Dios Norteamericano..
-       Sesenta mil dólares, todos tuyos.
-       Pero…
-       Shh!  Aquí tenés un pasaporte diplomático y un salvoconducto como consejero de la ONU en Asuntos Hemisféricos. Hasta llegar a Argentina te vas a llamar Robert Assadourián…No te pueden revisar ni una muela cariada.
-       ¿A qué hemisferio me dedico yo, por si me preguntan?
-       Elegí el que más te guste…Hablá de la tundra, del Mar Muerto, qué se yo, arreglátelas. ¡Ah! Y tomá.
La mano de Billy sostenía una American Express Centurion, la negra, la de gastos ilimitados, pero a mi nombre verdadero.
-       No, está bien ya, Billy, yo creo que todavía tengo en uso una del Credicoop.
Me miró como diciéndome vos siempre el mismo boludo.
-       Acompañame – me dijo. Parecía emocionado pero siempre fue un gran embustero.- Voy a embarcar, mi vuelo sale dentro de un rato, no te puedo decir hacia dónde voy porque hoy desaparezco para el mundo por siempre jamás.
Al colocar el primer pie en la escalera mecánica que lo llevaría al embarque, giró y me dijo mientras ascendía:
-       Esto es como si me estuviera llevando la Muerte…
Hice un silencio.
-       Salúdamela de mi parte – le dije, le di la espalda y me dolió el corazón.
  
                                      THE  END
.



                                      


lunes, 28 de octubre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/25

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
 Entrega N° 25



RESUMEN:  Un sorpresivo ataque a sangre y fuego del ejército mexicano produce un inenarrable combate en la finca del Chapo Guzmán. La ofensiva se cobra un tendal de víctimas fatales, entre ellas Tony y Quebrantahuesos. El señor Baygón es apresado y el Chapo se fuga con varios secuaces. En la confusión, Leo Fariña alcanza a escabullirse y se oculta en un galpón poblado de containers. Es atacado por una víbora cascabel y lo salva un malherido Billy Jensen.

Luego de que Billy aplastara con una piedra a la serpiente, escuchamos  pasos muy próximos a nuestro escondite. Se oían ruidos del choque de un arma con el correaje de cuero.
-       Pa´qué buscarle más si ya nos chingamos a todos…- murmuró el soldado y se retiró lentamente del lugar. Alivio total.
A medida que pasaban las horas y caían las sombras, se escuchaba que los vehículos militares se retiraban de la hacienda. Después supimos que sólo dejaron retenes en la entrada. Un humo negro y pestilente se alzaba lejos de nuestra vista y detrás de la mansión. Eran una pira en la que estaban quemando los cadáveres. Un Auschwitz versión ejército mexicano.
 Billy dormitaba en posición fetal y sobre el suelo pelado. Su herida había dejado de sangrar; mi cuerpo experimentaba un cansancio brutal, como si me hubiera tocado acomodar los planetas en su sitio estelar para darle una mano a Dios.
La noche avanzaba fría. Si no hacía algo nos congelaríamos. Me levanté sigiloso y empecé a buscar un milagro. Pisando bosta de caballo vieja me encontré con una parva de heno y más allá, un par de mantas sucias, comidas por las ratas, y una bolsa de arpillera vacía y llena de hongos parásitos. Renuncié al asco. Desperté a Billy y lo ayudé a arrastrarse hasta meterlo en la bolsa de arpillera y cubrirlo de heno. En su duermevela murmuró gracias. Yo me tapé con las dos mantas inmundas y me introduje en el heno hasta la cintura. Afuera, los ruidos habían cesado. Y me fui durmiendo entre los aullidos lejanos de los coyotes y los chillidos de una rata canguro, un roedor saltarín que andaba por ahí.
Me desperté aterido, en posición fetal y con las ingles doloridas. El heno estaba helado y salí sacudiéndome los trapos inmundos. Olía a a gliptodonte. Apestaba. Desperté a Billy Jensen. Su educada sonrisa me dio los buenos días y lo ayudé a quitarse la bolsa de arpillera. Parecíamos dos espantapájaros tal era la cantidad de heno que nos colgaba de la ropa. La luz del alba iba repintando las sombras del tinglado. Abracé a Jensen de pura alegría: estar vivo, vivir, era una gran cosa. Lejos del tinglado, el olor a muerte quemada que expandía la pira aún humeante, ya atraía a los primeros buitres. A Jensen le dolía su flanco herido pero no era nada de cuidado. Le propuse entonces tratar de huir eludiendo el portón de entrada de la hacienda. Imaginé que hacia el sudeste y partiendo en dos el desierto, una carretera nos estaba esperando.
Me conseguí sendos sombreros (el sol, en poco tiempo más, derretiría la tierra) y le obligué a Billy a que se calzara un par de botas. Su aspecto era delirante: llevaba un desgarrado pijama de seda rosa manchado de sangre y sus huesudos pies al aire. Con un sombrero gris y botas vaqueras se puso en marcha abriendo camino. Yo cargaba un M-19 y una pistola Strizh rusa, 9 mm. con 30 plomos en bodega. Nunca había visto una excepto en la revista Guns, y era una belleza. Su anterior dueño tachonó de rubíes la culata. Una paquetería.
Caminamos sin sobresaltos aunque el agua era escasa. Cada tanto una aguada mezquina nos convidaba su líquido barroso. Habíamos decidido dejar de lado el ítem hambre y reemplazarlo por la frase sigamos que ya llegamos. No era fácil, si bien el día era nublado, la resolana bajaba como una lluvia de luz incandescente. Avistamos la carretera que había imaginado poco antes de que se escondiera el sol. Billy Jensen cayó de rodillas y lloró mirando al cielo. Estaba al borde de sus fuerzas. Lo arrastré hasta el borde del pavimento. Me miraba con la dicha de quien acaba de recibir un Lamborghini de regalo. Yo me desparramé entre los pastos y un segundo después, me levanté poniendo en marcha mi sistema de alarma temprana. O sea, paré la oreja. Las armas, es cierto, me daban una pinta muy heavy: las dejé sobre el pasto y me puse rodilla en tierra.
El calor había cedido, Billy dormitaba y metros más allá del pavimento, un coyote altivo, con las orejas paradas, me escrutaba inmóvil. Pensé en el sabor de la carne del coyote, el hambre es mal consejero. Pareció leerme la mente, pegó un brinco, giró y se marchó al trote volteando su cabeza y echándome miradas de reproche.
La vieja camioneta Pontiac se detuvo cuando nos vio dormidos junto a la ruta. La noche estaba llegando entre fulgores rojos y negros, estaba fresco y como me tomó de sorpresa el pistoneo del motor, empuñé la Strizh y encañoné al pobre tipo que la conducía. Pude distinguir que la pick up había sido roja alguna vez y que el hombre había sido joven no muchos años atrás. Me miraba con los brazos en alto, sonriendo como un Papa, mestizo y bajo. Usaba un sombrero grande de paja, Cuando distinguió en la penumbra a Billy, lanzó una carcajadita educada. ¡Pijama!, exclamó. Yo también me reí con ganas y guardé el arma en mi cintura.
Billy le explicó que habíamos sido atacados por una patrulla del ejército mientras dormíamos. De allí el pijama, adujo y me miró como jactándose de su ingenio. El ejército, en todo el norte mexicano, era más temido que los Carteles de la droga. Los atropellos, asesinatos y desapariciones de lugareños ponía a los militares en lo más alto de la pirámide carnívora.
Sin pensarlo más, el paisano nos acostó en el piso de la caja de la Pontiac, nos tapó con dos lonas y me pasó el M-19 y la pistola. Nos sacaría de Badiraguato y nos alojaría en Pericos, su pueblito. Y de allí, a Culiacán, capital de Sinaloa. Cuando arrancó la camioneta, un helicóptero nos sobrevoló y se hundió en el horizonte.
¡Me llamo Mónico Mejía Arenas y yo solito me chingo a esos militares hijos de la chingada! ¡Viva Sinaloa, cabrones!–escuchamos que gritó nuestro chofer y tras cartón, abrió fuego con un arma corta. Mónico Mejía Arenas se puso a cantar, a los gritos y nos relajó de tanta tensión, mientras la marejada de la noche nos cubría por completo. Cantaba:
“La gente de Sinaloa/anota su primer gol/a la nueva presidencia/y al señor Vicente Fox/ no se les dio a los gringos/ hacerle la extradición/ la fuga estaba planeada / sin riesgo de fracasar./ Así trabajan los grandes/ como el Chapito Guzmán…”
El viento se fue llenando de disparos pero ya eran los truenos. La tormenta estaba sobre nosotros. Iba a llover. Y Mónico seguía cantándole el narcorrido al Chapo, su patrono protector.




lunes, 21 de octubre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/24

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 24
RESUMEN:  La narcofiesta en el rancho de El Chapo Guzmán se ve interrumpida por la llegada de un helicóptero de la marina mexicana. Sorpresivamente, de la nave desciende Billy Jensen custodiado por Tony y Quebrantahuesos. Leo Fariña lo saluda desde lejos. Jensen es llevado al interior de la mansión. Se arma una reunión que, al parecer, estaba planificada. Rato después, llega, rumboso, un grupo de la mafia china que también se une al cónclave. El Chapo, que lo lidera, echa a Leo Fariña y éste vuelve al jolgorio narco. Empero, algo lo ensombrecerá.

Surgiendo de la nada y en vuelo rasante, dos aviones Super Tucano A-29 astillaron el cielo. Tenían las insignias del ejército mexicano. Se alejaron y luego, enfilando sus trompas hacia el rancho, se descolgaron con un gemido atronador hasta que abrieron fuego con sus ametralladoras. Todos salimos disparados tratando de eludir la fila de proyectiles que se incrustaban en la tierra persiguiéndonos y levantando polvito. Ví caer a tres sicarios, uno con su inútil Colt dorado en mano. La orquesta corría campo traviesa. Me parapeté detrás de un aljibe que ya tenía escondidos a seis tipos desorbitados, muertos de miedo. El impacto de las balas contra el aljibe levantaba una cortina de polvo de cal y pedazos de ladrillos que llevaba a pensar que nuestro refugio no duraría mucho más en pie. Me paré, me llegué hasta un galpón de chapa gruesa y me zambullí detrás de unos containers. Recién allí alcancé a escuchar el griterío y los disparos, explosiones y ráfagas que, al parecer, ocurrían dentro de la mansión. Retrocediendo y con movimientos convulsos salieron tres personas por la puerta principal. Reconocí a Quebrantahuesos. Tenía el pecho ensangrentado. Los otros dos cayeron tomándose la cabeza. Desde mi distancia logré ver los enormes hoyos de sus heridas. Murieron retorciéndose. Quebrantahuesos se desplomó y murió tratando de no molestar más al mundo.
Los cazas se alejaron cielo afuera. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué sucedía en la casa del Chapo? Todos los cristales de las ventanas estaban hecho trizas y las cortinitas de encaje, desflecadas y salpicadas de sangre. Los fogonazos y el tiroteo salían de las ventanas y puertas: aquello era un infierno.
Las explosiones de las armas se fueron espaciando. Un grupo de cinco tipos salió huyendo por los fondos y subió a tres camionetas Lobo, disparaban hacia atrás aunque ya nadie respondía su fuego. Creí reconocer al Chapo Guzmán subiendo al vehículo estacionado en el medio. Llevaba un “cuerno de chivo” en su mano. Las tres camionetas salieron arando el pasto sin dejar de disparar. Pensé en Baygón, en Billy Jensen y en Elaine: estaban adentro de esa ratonera mortal. Uno de los chinos saltó por una de las ventanas, dio unos pasos y se derrumbó muerto. Desde mi perspectiva no podía entender la confusa batalla hasta que vi saliendo a un par de soldados de élite mexicanos arreando a Baygón. Cojeaba, llevaba las manos en alto y sangraba de un oído. La mansión, en pocos segundos, se vio rodeada de jeeps y carriers militares. Era una operación del ejército mexicano. Gritos y disparos al aire hacían temblar el final de la tarde. Una veintena de cuerpos, los alegres sicarios bailarines, se veían dispersos, muertos por la metralla de los aviones, con sus coloridas botas puestas y sus armas recamadas en oro. El humo aumentaba el calor reinante y ensombrecía la visión de la vivienda. En cualquier momento se acercarían hasta los containers, me hallarían y no me creerían un ápice de mi atrabiliaria odisea. Y tendrían toda la razón del mundo. Yo mismo no la podía creer.
Vi cuando sacaban el cuerpo acribillado de Tony en una sábana. ¿Billy habría muerto en el interior de la casa? En algún punto, todo aquello me lastimaba el corazón. Había vivido horas intensas y delirantes con la gente de Baygón; incluso, llegué a sentirme protegido por la banda. Decidí escaparme. El problema era hacia dónde. Tenía entendido que me rodeaba el desierto y dentro de tres, cuatro horas, la noche caería sin tregua. Y las temperaturas bajaban hasta los cinco grados bajo cero. Yo seguía vestido como un abogado caro aunque el traje se veía entalcado por la tierra suelta. O sea, moriría de hipotermia en menos de cuarenta minutos y los coyotes tendrían su cena medio dura pero bien conservada.
Los milicos iban y venían recogiendo armas o llevando a los camiones a los miembros de “Los Coyotes del Norte” mientras plañían y lloriqueaban, asustados. También traían heridos y me llamó la atención la brutalidad con la que los trataban. A mi indignación le sumé un inmenso miedo: esos tipos, si me agarraban, me cortarían en rodajas.
Fue cuando escuché el ruidito, parecía hecho por un juguete, un sonajero o algo así. Giré la cabeza y la vi. Era una víbora cascabel. Me observaba con sus ojos de piedra negra, movía su lenguita a una velocidad asombrosa, tiesa, tal vez, calculando el momento de atacar. Tragué saliva y busqué con la vista algún palo, fierro, algo que me sirviera para defenderme. Localicé el mango de un hacha. Sin hacha pero, algo era algo. Estiré el brazo para tomarlo y la cascabel irguió su cuello amarillo y negro y adelantó la cabeza. Metía miedo. Quedé paralizado, con el brazo extendido. Hizo sonar su cascabel, abrió la boca, adelantó sus colmillos y escupió veneno. Retrocedí. Un escalofrío metálico me cruzó la espalda, trastabillé y en ese descuido, la cascabel asestó su ataque. Sus colmillos rompieron la tela del pantalón pero no me tocaron. Yo me hallaba semicaído y por un instante quedé a merced de la serpiente. Ensanchó los carrillos, emitió un silbido, hizo sonar su cascabel, abrió la boca desmedidamente exhibiendo los largos y mortales colmillos. Y cuando se abalanzaba sobre mi pierna, una pesada piedra le aplastó la cabeza.
Levanté la vista y tambaléandose, con su pijama de seda empapado de sangre, allí estaba Billy Jensen. Había llegado como pudo y cayó de rodillas. Se lo veía bastante entero a pesar de una herida sangrante cerca de la cintura.  Me pidió silencio con un gesto y se escucharon los chirridos del cuero de unos borceguíes.

CONTINUARÁ…







lunes, 14 de octubre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/23

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 23

RESUMEN: Baygón, el alemán Ritter y Fariña llegan a un rancho propiedad del Chapo Guzmán, en Sinaloa. Allí se desarrolla una fiesta, en la que el tequila, el calor del desierto y la música norteña van creando un clima de progresiva tensión. Leo se da cuenta que allí no se celebrará ninguna boda y siente que la muerte flota como un gas venenoso en el ambiente. Hasta que se produce una alteración brusca del adormilado festejo.

Tras los guardias, empezaron a correr los sicarios enfiestados y se deshilachó la música hasta apagarse. El jadeo potente de un helicóptero se fue asentado al parecer a pocos metros del tinglado. Cuando me asomé, la polvareda apenas dejaba ver en el fuselaje las insignias de la infantería de marina mexicana. Era de locos ese licuado de infantes de marina con narcos. Rápidamente la nave fue rodeada por un grupo de tipos armados con M-16, uniformado de negro y con pasamontañas. Bajó del helicóptero un tipo flaco, arrogante y en pijamas. Lo acompañaban Tony, Benita y Quebrantahuesos. El tipo del pijama me saludó con una mano triste: ¡era Billy Jensen!
Lucía cansado, más delgado de lo común, y se veía muy ridículo en su pijama de seda rosa rodeado por semejante despliegue de tropas comando. No obstante, mantenía una mirada metálica y ceñuda. No lo veía desde que se autosecuestrara en aquella calle de Barracas y me había hecho correr tantos riesgos que no atinaba a discernir que sentimientos me despertaba. Me dio bronca, me saltó una bronca tana y vengativa.. Era un hijo de perra, un traidor que no hesitaba en mandar al muere a un amigo. Finalmente, lo habían atrapado y me alegró. Tal vez fuera el fin de mi calvario. Sin embargo, al verlo tan estragado en su condición de prisionero, suspendí momentáneamente el rencor.
 Lo condujeron puertas adentro de la mansión. La custodia ninja trepó en segundos al helicóptero y se alejó entre nubes de polvo, zarandeándose rumbo al cielo. Los coyotes del Norte reanudaron sus corridos y el rebaño de sicarios regresó a las mesas. Seguí fumando y tomando cerveza mientras una sensación fulera se me agolpaba en el estómago. De pronto, se asomó La Puerca.
-      Vente pa’quí, mi sangre, no seas gacho, ven –una sonrisa peligrosa se abría en su cara grisácea y poceada.
-      ¿Para qué? –me animé a preguntar. El abandonó la sonrisa.
-      Miren nomá, el pendejo comió gallo. Noo, mano, no, usté me sigue pa adentro.
Lo seguí sin chistar. Las paredes de la gran sala estaban tachonadas de armas largas, las que quieran: rusas, inglesas, israelíes, yanquis, belgas, chinas, un verdadero supermercado con olor a lubricante.
Un nuevo remolino de gente se alborotó frente a la puerta de la mansión. Alguien había arribado. Por el ruido del motor, se trataba de una camioneta grande, una Ford Lobo, por ejemplo. Voces, vozarrones, risotadas y palmadas, los perros ladraban, hubo un tiro al aire, los pasos pesados se encaminaban hacia la gran puerta de la sala. Sudado, gordo y viscoso, un chino avanzaba escoltado un metro atrás por cuatro orientales con anteojos negros. Todo muy Bruce Lee, pero yo no estaba para bromas. No tenía que ser Mandrake para intuir que se trataba de un barracuda de la Xué Zhán.
De modo que allí estábamos todos, bajo el sol de Sinaloa, a mitad de un desierto mexicano. en una vasta y refrigerada sala de paredes poluídas de armas colgadas, haciendo honor al dicho: “Dios los cría y ellos se juntan”. Sólo faltaba que arribara Hercule Poirot para desenredar tanto nudo. Entendí, de un solo golpe, que en esa reunión se jugaba el destino de Billy y tal vez el mío.
El chino viscoso saludó a los presentes con un breve cabezazo y todos respondieron del mismo modo. En mi barrio, así se sacaba a bailar a las chicas. Pero no había música. El soplido del viento pintaba el silencio suspendido sobre todo el rancho. Afuera La Parca meditaba entre los remolinos de polvo, clavando sus cuencas huecas en cada uno de los cristianos allí reunidos por los dólares, las armas y la cocaína. De pronto, como si hubieran echado una moneda en una rockola, brotó la música y el bochinche.
Ritter presentó como “mister Q” al representante de la Xué Zhán. Éste levantó un dedo y eso fue todo su saludo. Un tipo hiperkinético, sin duda. Nos sentamos todos. Mi sentaron en un crujiente equipal, sillón de esteras y cuero fabricado en Jalisco, casi en el centro de la escena. No duré mucho.
Debajo de una gorrita beisbolera de Los Tomateros de Culiacán, reapareció un Chapo resplandeciente y seguro de ser, por lejos, el más pesado de esa cumbre. Se dejó caer en un gran sillón de cuero. Parecía un enano con los pies colgando: echaba humo de un puro dominicano. Al descubrirme entre los presentes, dijo:
-      ¡Qué onda con este güero! ¡Sáquenlo ahorita mismo! – Su dedito se veía enojado.
Me acompañó hasta la puerta Elaine la creativa. Nunca la había visto seria, preocupada. Me dejó bajo el sol y entre el alcohol bullicioso que circulaba debajo del tinglado. Caminé hasta la mesa en la que habíamos estado sentados, prendí un nuevo cigarrillo, sentí la boca asfaltada por la nicotina: un asco. La música continuaba ya como pesadilla, los tipos bailaban poseídos por el tequila y la cocaína, entre el creciente sopor de la tarde. Me dolía el cuerpo y tenía miedo, mucho. Y estaba harto.
Si hubiera imaginado lo que sucedería en los próximos quince segundos hubiera empezado, en vez de sentarme, a rajar como el Correcaminos.

CONTINUARÁ…






lunes, 7 de octubre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/22

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 22
RESUMEN: Los ajetreados días de Leo Fariña parecen no tener fin. La gente de Baygón, tras el breve tiroteo en el Hotel Condesa, lo lleva hasta un banco de inversión ubicado en un importante rascacielo y allí, oh sorpresa, le presentan al famoso Chapo Guzmán, el más temido barón de la droga de México. Insólitamente, Baygón invita a Leo a una boda de la cuñada del Chapo en Sinaloa. De inmediato, parten rumbo al norte en un helicóptero militar y custodiados por infantes de marina (sic).

Al caer la tarde llegamos a una hacienda llamada “Las Tinajas”, en Badiraguato, Sinaloa, región de la que es oriundo el Chapo Guzmán. Un polvoriento calor  y un viento enrojecido avisaban de la cercanía del desierto. Desde que atravesamos la entrada –un arco de medio punto de piedra parda y negra- fuimos recorriendo un camino asfaltado, erizado de guardias armados bajo las sombras escasas de los árboles. Al final del mismo nos aguardaba una mansión rodeada de autos carísimos y camionetas 4x4. Se escuchaban rancheras, detonaciones y gritos de júbilo. Un auténtico nido de narcos mexicanos, no lo podía creer.
El mismísimo Chapo nos recibió aunque en realidad fue al encuentro de Baygón y Ritter. A mí me miró con sus ojos de ciénaga y sonrió. Nos palparon de armas y nos sentaron a una mesa circular con manteles de papel colorinche. Nos sirvieron tequilas y rociaron la mesa de botellas de cerveza. La orquesta –alcancé a oir- eran “Los coyotes del Norte”, una banda de doce músicos vestidos con ropas vaqueras brillosas, amarillas y rojas. Parecían clones: morenos de naríz aguileña y bigotes, bajo las alas de sombreros texanos. El sol pegaba de costado y coloreaba de anaranjado  el aire caliente bajo el tinglado. Habría unos treinta tipos, todos armados con sus enormes Colt 45 dorados. Pero no había una sola mujer ni torta de bodas ni nada que indicara que allí se celebraría un casamiento. Prendí un cigarrillo, me cobijé en mi anonimato y pensé que si nadie se casaría, para qué demonios me trajeron hasta este santuario por el que la DEA daría la mitad del oro de Fort Knox. Tenía miedo, curiosidad, vértigo y dolor de cabeza. Se nos acercó un joven de tez grisácea y trabajada por la viruela, vestía ropas de charro y exhibía dos bellos Colt plateados de cachas de oro, colgando de un cinturón repujado con piedras preciosas. Traduje esos diminutos destellos a gramos de cocaína.
-       Ahorita les sirven la carne, amigos. Verán qué se come en Sinaloa, puritita carne de jabalí de Cacaxtla – Poseía una sonrisa blanca, pareja y maligna.
Baygón y Ritter charlaban entre sí ajenos siempre a mi presencia. Tal vez ya estaba muerto y que se sepa, a los muertos no se les habla. Tomé un trago de tequila y me ardieron hasta las uñas. Me zampé el resto como venía y el charro gris exclamó:
-       ¡Órale, cabrón! ¡Qué huevos tienes, pinche argentino! –y me sacudió un manotazo en la espalda.
Al rato me comentaron que le había caído en gracia a Santiago Orozco Loaeza, popularmente conocido como “La Puerca”, un sanguinario sicario que se había ganado el mote destazando rivales como puercos o chanchos.
Los corridos se sucedían, las letras cantaban hazañas del Chapo y, medio borrachos, algunos de sus muchachos se habían lanzado a  bailar a la pista entre ellos, a los gritos, golpes y algún que otro disparo al aire. Yo fumaba un cigarrillo tras otro y sudaba eliminando las cervezas que iba tomando mientras percibía que la viril fiesta juntaba lava y gases como un volcán a punto de reventar. El cóctel de tequila y calor también le ponían pólvora al guateque.
No probé bocado del jabalí, toda mi energía estaba enfocada a observar hasta los mínimos detalles de la peligrosa juerga, husmeando los cambios de ánimo y bajando el volumen de mis latidos: quería estar atento al momento en que se presentara la Muerte, para cualquiera de nosotros y, no estoy hablando de paranoia alguna pues se olía con gradual intensidad, el perfume de la tragedia. Algo iba a pasar y lo que fuera no era nada bueno.
Me sumí en un estado fugaz de contrición, me pregunté si había vivido a gusto y pensé que, mal o bien, había sacado un honroso empate. No era hora para lamentos, no sé por qué imaginé que las balas duelen menos cuando entran a un cuerpo satisfecho. Es cierto, no había tenido hijos pero, al menos, le dí de comer caviar, un par de veces, a mi corazón. Sólo esperaba con alguna ilusión asistir al show de luces que tantos vieron al final del camino. No sé para qué si después de atravesar la malla del resplandor, uno se funde en esa blancura para siempre. Es lo que uno ve en las películas. Después, como si todo fuera tan fácil, cuando todo haya pasado, bajan los créditos:
Starring:
Leo Fariña………… Leonardo Fariña
Etc., etc., etc.
Reparé en que Baygón y Ritter habían dejado la mesa y no se los veía por ningún lado. Prendí otro cigarrillo, suspiré, tomé un trago medio tibio de cerveza y eché una mirada sobre la misteriosa fiesta. Los bailarines habían levantado una cortina de polvo con los tacones de sus botas vaqueras. Los escuchaba gritar y escuchaba los corridos como lejanos,  en sordina, los fogonazos de los Colt 45 parecían banderitas de fuego y humo que desaparecían. Había algo final y funambulesco en esa juerga, como si la mano de Goya la estuviera dibujando. La inminencia cargaba el aire caliente, tomé la botella de tequila y me serví. Fue entonces cuando se escucharon las transmisiones de los Handy y unos tres guardias corrieron fuera de la escena acarreando sus AK 47.
CONTINUARÁ…









lunes, 30 de septiembre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/21

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 21
RESUMEN: Leo Fariña vive tensas horas de espera. La trampa tendida por Baygón aparentemente no funciona. Fariña ,para aflojar un poco la presión, pasea por la coqueta  Colonia Condesa.  Se siente cuidado por los hombres del gangster con apodo de insecticida. Hasta que es visitado por un hombre flaco y narigón que le pide que se tranquilice, que su amigo Billy Jensen vela por su seguridad. Se retira el raro personaje y regresa al instante porque se desata un breve tiroteo.

Cuando ingresó al lobby, un balazo le voló el  sombrero y me miró como si recién se hubiera despertado. Me empujó, me tomó del cuello y me fue llevando a la rastra usándome como escudo. Ví cuando la automática (la había apoyado sobre mi hombro) retrocedía y vomitaba fuego. Quedé sordo, oí voces apagadas y pasos. En la recepción, sobre la boiserie de cedro lustrado, se podía leer “Berg & Gülden Business Banking” en grandes letras corpóreas. Dos muchachas rubias y frías como las paredes marfil, atendían llamadas en inglés. Entendí que mi vida se había transformado en un juego sin pies ni cabeza y que el premio mayor era la Muerte.
 La doble puerta se abrió y entraron Baygón, Elaine la Creativa, un cincuentón en camisa, corbata y tiradores con aspecto de alemán (reconocí al rubio medio albino del Volvo) y un tipo calvo y huesudo vestido de negro. Con un gesto, Baygón me señaló que me sentara a la mesa. Los recién llegados se ubicaron exactamente al frente.
Cuchichearon entre sí, Baygón oprimió un botón del pequeño tablero de comandos que estaba sobre la mesa y dijo: Que pase.
La doble puerta volvió a abrirse y entró un petiso de pelo teñido de rubio. Traía una chaqueta dorada de cuero de víbora, botas rojas y un sombrero texano color blanco en una de sus manos. El circo era inacabable. Todos se pusieron de pie y se sentaron una vez que el tipejo y su traje de luces se acomodaron en una silla. Calculé que las patitas le flotaban lejos del piso. En la mano derecha tenía un tatuaje de un hombrecito con sombrero texano. Después supe que se trataba de Malverde, el santo patrón de los narcos.
-      Fariña, le presento al señor Chapo Guzmán Loera, nuestro socio del Cártel de Sinaloa – se ufanó Baygón.
Me estremecí. Era el máximo capo de la droga en México, una leyenda, y debía más muertes que la bomba de Hiroshima. Me sentí pálido, muerto, en una morgue, en un ataúd, cayendo a una fosa de tierra, con el cuerpo rapiñado por los coyotes del desierto. Lo saludé con un golpecito de cabeza y una sonrisa de muñeco de yeso.
El cuate se veía simpático y me miró como si fuera una artesanía exótica. La voz de Baygón siguió diciendo:
-      El señor Chapo nos invita a uno de sus ranchos de Sinaloa para asistir a la boda de su cuñada. Salimos en un rato. Fariña, el señor Chapo hace extensiva la invitación a usted…
-      ¿Cómo?
-      Sí, prepárese que el helicóptero está al llegar.- Baygón sonrió al ver mi desconcierto.
Algo andaba mal. ¿El hombre más buscado de occidente me invitaba a la boda de su cuñada? Un escalofrío se me descolgó desde las cervicales. Era boleta, fiambre, occiso, como le quieran llamar. Pensé también, casi como consuelo, que en mi vida había viajado tanto como en las últimas semanas. Mar del Plata y Villa Carlos Paz era todo lo que conocía del planeta Tierra, si exceptuamos Venado Tuerto, pueblito en el que nací.
Una hora después me zarandeaba el viento en el helipuerto de la Torre Mayor. Nos izó al cielo un helicóptero con insignias militares, lo cual me confundió todavía más. Baygón, Elaine y el alemán –que llamaban Ritter- me acompañaban conversando animadamente entre ellos. Yo no existía. El Chapo no viajaba con nosotros, lo hacía por algún secretísimo medio o por un agujero de gusano, vaya uno a saber.
 Era evidente la alianza entre Baygón y Guzmán Loera, y que Billy Jensen, su mexicaneada, los había unido. Yo seguía trabajando de mojarrita, de carnada, gratis, con un pie en el más allá y el otro, paseando por países latinoamericanos. Llegamos al aeropuerto de Toluca bajo una fría ventolera. Mi curtido asombro volvió a pegar un brinco: el helicóptero aterrizó muy cerca de un hangar militar y nos aguardaban infantes de marina ataviados de combate junto a un par de Hummers camuflados. El primero en bajar fue el tal Ritter que fue saludado con un estruendoso golpe de tacos y una venia enfática por un teniente coronel oculto bajo una capa de betún. “Bienvenido, señor Ritter”, le dijo. Ya en los hammers, cruzamos la pista hasta un Lear Jet  civil. Allí descendimos para trepar al pequeño avión bajo la mirada del pelotón de marines mexicanos.
Cuando se cerraba la puerta y me acomodaban en una butaca individual, conjeturé que me encontraba en el vientre de algo más grande y peligroso que Godzilla y King Kong juntos.
trueno del disparo por poco no me desmaya. A mis espaldas se oían corridas, gritos y ruidos de vajillas partiéndose contra el piso. La gente del hotel huía despavorida. Pero todo duró un par de minutos porque el hombre
flaco se desplomó: un cachiporrazo de Quebrantahuesos lo había noqueado. Sin solución de continuidad, fui llevado en vilo por dos de los percherones hasta una camioneta  mientras Quebrantahuesos y Tony portaban el cuerpo inerme del hombre flaco hasta un auto que no alcancé a ver. El Volvo plateado con Baygón y el rubio casi albino ya no estaban en su sitio.
La Torre Mayor tiene 55 pisos y yo esperaba sentado en una amplia sala de reuniones en el piso 33. A través del cristal azulado se veía el Paseo de la Reforma y los Bosques de Chapultepec. Y por encima, un smog color terracota alfombraba el cielo del DF. Más allá de la doble puerta, se oían
CONTINUARÁ…


lunes, 23 de septiembre de 2013

Saluda a la muerte de mi parte/20

Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 20
RESUMEN:  Baygón ha decidido dar un paso decisivo en la captura de Billy Jensen. Sabe que está en México y viajan hacia el DF. En una mansión propiedad del extravagante hampón, le indica que debe esperar a Jensen en un hotel de la Colonia Condesa y para que éste acuda, publicará un anuncio en los diarios con un inteligente ardid. Fariña, sin opciones, se abandona –una vez más- a su suerte.

Esa misma tarde me instalaron en el hotel, un edificio antiguo reciclado a todo lujo, muy de avant garde. Me habían registrado como Ricardo Temple y lo que se me estaba acabando era, precisamente, el temple. Mi nueva identidad requería vestir con cierta formalidad puesto que yo era un magnate de los juguetes. Sólo me faltaba interpretar a Hamlet y cartón lleno. Cuando bajé a tomar un trago en el bar Azul, un toque mediterráneo dentro del patio colonial, y me senté bajo una sombrilla blanca de Bacardí, me invadió un mareo preocupante y percibí que mis piernas  pesaban como si fueran de plomo.  Llamé al mozo, pedí una margarita y le comenté mis síntomas, estaba asustado y estaba a punto de pedir auxilio a los gritos. Me estoy infartando, pensé. El joven sonrió y me dijo que no me preocupara, que yo estaba sintiendo los efectos de la altura ya que México se encuentra a 2.300 metros sobre el nivel del mar. Prendí un cigarrillo y lo apagué de inmediato, me faltaba el aire, estaba muy apunado.
Había empezado a odiar a Billy Jensen. Me había metido en un carnaval veneciano de violencia, balazos y muerte. Sorbía mi margarita con fatalismo, sabía que la Parca paseaba en el gran patio entre las presagiantes sombras de los árboles. La tarde decaía y un trío de guitarras rompió el silencio con “Reloj no marques las horas/ porque voy a enloquecer…” Por poco me pongo a llorar: una andanada de melancolía y angustia me estrujó el corazón; me sentía el tipo más solo del mundo y me puse a pensar sobre el tiempo que hacía que no amaba a una mujer. Lo único que me faltaba. No era el momento para romanticismos, maldito bolero. Volví a ponerme el traje de Robocop, prendí un cigarrillo y me prometí comportarme como un verdadero macho, bancándome los mareos y sofocones de la altura. Mañana empezaría el día D. Tal vez, me toparía cara a cara con La Barbie, con mi flamante ex amigo Billy Jensen. Tony y uno de los percherones de Baygón tomaban jugos tropicales y paneaban con disimulo.
Pasaron dos días y nadie se presentó al hotel en respuesta al aviso del diario. La trampa vietnamita no funcionaba en tanto mis nervios chisporroteaban de ansiedad y angustia. Antes y después del horario anunciado para las entrevistas por las Barbies, salía a caminar por la colonia. Era un barrio anegado de restoranes, bares y música callejera; la violencia mexicana parecía suceder muy lejos de los festivos vecinos de La Condesa. Tony y el percherón se movían casi invisibles tras mis pasos. La segunda noche de la tensa vigilia me senté a cenar en un restorán yucateco. Después de desollarme la boca con chile habanero, pude saborear en paz una cochinita pibil, plato digno de un Oscar. Iba por mi tercer tequila (un Don Julio reposado, otro lujo) y el mareo que me hamacaba no era debido a la altura. Me estaba poniendo jarra, como dicen en México. Dos petisos rollizos con pinta de orientales cruzaron el salón y parecían venir hacia mí. Miré deseperadamente a mis costados buscando a Tony o a quien carajos me estuviera cuidando esa noche. Falsa alarma. Dos bonitas morenas los aguardaban en una mesa del fondo. Esa noche, gracias al tequila, pude dormir como una piedra lunar.
Me despertó el repiqueteo del teléfono de la habitación. Eran las ocho y media.
-       ¿Fariña? – dijo la voz de un tipo.
-       Sí, soy yo, ¿quién habla? –ahí caí en la cuenta de que me había deschavado. Yo estaba registrado como Ricardo Temple.
-       Lo espero en el lobby, tengo Barbies para ofrecerle.
Apenas me peiné, hice un buche bucal y bajé sin cuidar la forma de mi aspecto: parecía un modisto asustado y no el millonario que pretendía ser.
Mirando por el vitreaux del lobby, un hombre de sombrero de fieltro y traje gris topo me esperaba fumando. Lo hacía en una boquilla de nácar.  Me recordó a Dashiell Hammett, a esa foto de Dash cuando lo meten esposado a un auto. Flaco, narigón y con un débil bigote de galán. Cuando me presintió en el vano de la puerta, elástico y alto, se puso de pie de golpe mientras sacaba su mano huesuda del bolsillo. Más que una mano pareció que sacaba un arma. La fuerza de la costumbre, supuse..
-       Encantado señor Fariña – detrás de la voz silbaban los bronquios. Sus dedos aferraron mi mano como una planta carnívora. Añadió: Puede llamarme “Turco” y si usted es usted, debe demostrármelo…Y si usted no es usted, estaríamos ante una enorme tragedia.
-       ¿Cómo?
-       Sí, La Barbie quiere que me confirme que usted es Leo Fariña…Creo que no cobró todavía el cheque que le entregó hace un tiempo, ¿no? Su sola exhibición me bastaría para confirmarlo…- Sacó el alfiler de oro que le sujetaba la corbata, quitó la colilla del cigarrillo de la boquilla y me miró altivo desde su metro noventa.
Había olvidado aquel cheque. Abrí la billetera y se lo mostré. Estaba tan ajado que parecía haber envejecido. El tipo asintió con un golpecito de cabeza. Me lo devolvió.
-       El jefe me manda decirle que lo tenemos bajo vigilancia, que no tema y que confíe en él.
Dicho esto, giró y como si fuera un fantasma, flotó hacia afuera y desapareció bajo la luz blanca, intensa del altiplano. Salí a la calle y divisé al Volvo plateado estacionado a metros del Hotel. Desde la ventanilla trasera me observaban Baygón y un rubio medio albino.
Escuché un tiro, seco y cercano, y al segundo, reapareció el flaco en el lobby, agitado y pálido. Traía una automática en su mano.

Continuará…

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