Mostrando entradas con la etiqueta Guffré Mercedes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guffré Mercedes. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de febrero de 2014

¡No olvidemos a los franceses!

(Del Blog de Mercedes Giuffré)

Es sabido que, más allá de sus antecedentes literarios, la narrativa policial se inicia oficialmente en el siglo XIX con tres cuentos del norteamericano Edgar Allan Poe (1808-1849): Los crímenes de la Rue Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada.
Tal afirmación tiene que ver con la conciencia de su autor acerca de los elementos indispensables en este tipo de obra: el crimen, el investigador y la investigación.
Las historias mencionadas se ambientan en París, llegan al público francés traducidas por Charles Baudelaire, y a partir de ellas surge una escuela policial gala (que corre paralela a la de lengua inglesa y tiene con ésta encuentros y desacuerdos).

No debe verse como fruto de la casualidad el hecho de que Poe situara sus relatos en la capital francesa, pues allí había vivido y trabajado François Vidocq (1775- 1857), quien aparece en el dibujo de arriba: desertor, aventurero, espía y jefe de la Sureté, que utilizaba en sus pesquisas métodos que luego adoptarían los detectives de papel, aunque no sólo practicaba la deducción sino también el arte del disfraz, y poseía una red de informantes en el mundo del hampa. Vidocq había publicado sus memorias entre 1828 y 1829, dejando su impronta en la literatura posterior (de hecho, Balzac las tomó como referencia para la creación de su Vautrin).
El público francés estaba más que preparado, entonces, para recibir al caballero Auguste Dupin de los cuentos de Poe. Se había popularizado en su país la novela por entregas o “folletín”, que pronto cultivaría uno de los autores más emblemáticos de la nueva escuela: Emile Gaboriau (por algún extraño motivo, su nombre de pila aparece en las fuentes consultadas sin la tilde correspondiente).
Gaboriau creó al personaje de Lecoq (de grafía similar a Vidocq), quien, a causa de la mala fama que se había ganado la policía, debía ocultar continuamente su profesión. Con él, la novela se inmiscuye en cuestiones judiciales: explora el tema de la injusticia y la necesidad de reformar los códigos y leyes. O sea que, mediante la ficción, el autor aborda aspectos de la realidad tangible y cuestiona a la sociedad. Y aunque el investigador, frío y metódico, utiliza el razonamiento deductivo, en más de una ocasión influye el azar en la resolución de los misterios.
En Argentina, uno de los discípulos de Gaboriau fue el abogado Luis V. Varela, quien publicó bajo el pseudónimo de Raúl Waleis las dos primeras novelas policiales escritas en lengua castellana: La huella del crimen y Clemencia (ambas de 1877).
Por otro lado, en la primera novela protagonizada por el célebre Sherlock Holmes (Un estudio en escarlata, de 1887, diez años después), el escocés sir Arthur Conan Doyle pone en boca de su detective algunas palabras desdeñosas hacia el colega francés, Lecoq, reconociendo en definitiva haber leído a Gaboriau. En parte, lo hace apelando a la clásica rivalidad entre ambos países -y ahora, entre ambas “escuelas”-, pero también queriendo tomar distancia del carácter folletinesco, pues si bien Doyle publica originalmente por entregas, en la Strand Magazine, es claro que en sus obras el manejo de la intriga alcanza otros ribetes. Al igual que Vidocq y Lecoq, no obstante, Holmes echa mano del disfraz para vigilar a los sospechosos y en más de una ocasión arriesga la vida (por ejemplo, durante el episodio de su falsa muerte en la trifulca con el malvado Moriarty).
La escuela francesa le devolverá al sabueso inglés su gentileza literaria mediante la pluma de Maurice Leblanc (cf. Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes).
Por eso, cuando hablamos de policial clásico y, generalmente, pensamos en las “reglas” de Van Dine o en las obras de Chesterton, Dorothy Sayers, Agatha Christie y el conocido “Detection Club”, es necesario que recordemos también a los primeros autores franceses quienes, como Emile Gaboriau, entendieron la novela policial al modo de un atrapante folletín, a la vez entretenido, plagado de acción y fuente de conciencia para el lector acerca de las injusticias del sistema en que vivía, valiéndose de personajes versátiles, propensos al camuflaje y andariegos. No sólo cerebrales.

© Mercedes Giuffré
12 de julio de 2011.

jueves, 9 de enero de 2014

Sherlock Holmes, o la construcción de un personaje

(Del Blog de Mercedes Giuffré)

Todos hemos escuchado hablar (o leído) acerca de este personaje de ficción. Arthur Conan Doyle, su creador, transitó un largo proceso de lecturas, observaciones y vivencias, antes de plasmarlo en el papel. Proceso que me propongo reconstruir hoy, modestamente, en este breve espacio: la gestación del más famoso detective de la literatura.
  Hijo de un dibujante que cubría para el Ilustrated Times los juicios a criminales en los tribunales de Edimburgo, el joven Conan Doyle se aficionó a los misterios en la adolescencia. Cuentan sus biógrafos que durante unas vacaciones de Navidad que pasó con un tío residente en la capital inglesa (en 1874), se dedicó a vagar por la ciudad y visitar sitios tales como la Torre de Londres con su colección de armas e instrumentos de tortura; el teatro Lyceum, donde lo fascinó una puesta  de “Hamlet” por sus múltiples asesinatos (según contó a su madre en una carta), y sobre todo, el museo de cera de Madame Tussaud, que por entonces se encontraba en un local del Baker Street Bazaar (sito en la calle del mismo nombre, que luego sería morada del célebre investigador).
  Acabados sus estudios secundarios en el colegio de Stonyhurst de los padres jesuitas, Doyle fue enviado al Tirol austríaco para formarse en química y matemática antes de ingresar a la Universidad de Edimburgo. Allí, en el continente, alternó sus lecturas científicas con los textos de esparcimiento que le enviaba su tutor, el doctor Bryan Charles Waller. Libros entre los que destacaban las obras de Edgar Allan Poe. En éstas, especialmente en los tres cuentos protagonizados por el caballero Auguste Dupin (considerados por la crítica como los iniciadores del género policial), encontró el joven una fuente de inspiración. Tanta, que años después llegó a declarar que consideraba al norteamericano uno de los más grandes autores de todos los tiempos. 
  Lo que deslumbró a Doyle, en particular, fue la aplicación de la lógica y la observación meticulosa impresa en esas historias.
  Sin embargo, ya radicado en Edimburgo como estudiante de Medicina, le comentó a uno de sus compañeros, George Hamilton, que las historias de Dupin eran demasiado exquisitas: “caviar, para el público general”. Y se propuso, según contó después su colega: “escribir ese tipo de literatura siguiendo las pautas establecidas por Poe, pero con una forma más sencilla y al alcance de la gente corriente”.
  Por aquel entonces, un profesor de la Universidad llamó su atención: el doctor Joseph Bell, quien colaboraba como forense para la policía y en varias ocasiones había resuelto misterios que superaban a los investigadores. Al igual que lo haría Holmes, Bell partía de la observación y poseía una notable capacidad para la deducción. Doyle se convirtió en uno de sus más apreciados discípulos. Tiempo después, el periodismo vinculó al profesor con el personaje de ficción, hecho que a Bell no pareció complacerlo (no obstante accedió a prologar una reedición del Estudio en Escarlata, primera novela de Doyle –y de Holmes).
  Después de su formación en Medicina, varios viajes (uno al África) y demás aventuras, Doyle se radicó como oftalmólogo en Londres, en la calle Baker Street, precisamente, donde en su temprana juventud lo habían fascinado las figuras de cera de Madame Toussaud. La clientela resultó ser escasa, por lo que le sobraba tiempo para escribir y leer, entre otras cosas, las traducciones al inglés de las novelas por entregas del escritor francés Émile Gaboriau, creador del detective Lecocq (ver mi entrada anterior, ¡No olvidemos a los franceses!), hecho que él mismo registró en su cuaderno de notas.
  De Gaboriau tomó la estructura bipartita de los relatos, que se ve claramente en el Estudio en Escarlata. Una primera parte destinada a la investigación del hecho criminal y la captura de los asesinos, y luego una segunda parte que se remonta al pasado y explica la trastienda del asesinato, las razones ocultas.

  Mezcla de influencias, lecturas, vivencias y observaciones, la figura de Sherlock Holmes vio la luz en 1887, y desde entonces no ha cesado de encantar a los lectores.
  Quién esté interesado en éstos y otros aspectos del autor y su personaje, puede encontrar útil el libro de Peter Costello que se menciona en la sección de Libros Recomendados.
© Mercedes Giuffré
9 de septiembre de 2011.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Opiniones de Borges sobre la narrativa policial

(Del Blog de Mercedes Giuffré)



"Las ficciones policiales requieren una construcción severa. Todo en ellas debe profetizar el desenlace, pero esas múltiples y continuas profecías tienen que ser, como las de los antiguos oráculos, secretas, sólo deben comprenderse a la luz de la revelación final (...)".

     "En las novelas y los cuentos policiales, la unidad de acción es imprescindible, así mismo conviene que los argumentos no se dilaten en el tiempo y en el espacio. Trátase, pues, a despecho de ciertas adiciones románticas, de un género esencialmente clásico."  

     "Hasta la muerte es púdica en los relatos policiales, aunque nunca esté ausente, aunque suele ser el centro y la ocasión de la intriga, no se la aprovecha para delectaciones morbosas, salvo en ciertos ejemplares de la escuela norteamericana (...)"

      "Frente a una literatura caótica, la novela policial me atraía porque era un modo de defender el orden, de buscar formas clásicas, de valorizar la forma".



      "Creo que Chesterton procuró hacerlos [sus cuentos] deliberadamente  falsos. No creo que las narraciones policiales puedan ser realistas. Es un género ingenioso y artificial. Los crímenes en la realidad, se descubren de otra forma: no por razonamientos inteligentes sino por delaciones, errores, azar."


Jorge Luis Borges
(citas tomadas del libro Asesinos de Papel, de J. Rivera y J. Lafforgue, Buenos Aires, 
Colihue, 1996, edición revisada, ampliada y corregida).

Fuente:http://www.mercedesgiuffre.blogspot.com.ar/2011/10/opiniones-de-borges-sobre-la-narrativa.html

viernes, 13 de diciembre de 2013

Reflexiones de Todorov acerca del relato policial

(Del Blog de Mercedes Giuffré)

“La reflexión literaria de la época clásica, que se insertaba más en los géneros que en las obras, manifestaba una tendencia penalizante: la obra era juzgada negativamente si no obedecía de manera cuidadosa a las reglas del género. Esta crítica buscaba, pues, no solamente describir los géneros, sino también prescribirlos: la barrera de los géneros precedía la creación literaria, en lugar de sucederla (…).

   La gran obra crea, en cierta medida, un nuevo género y, al mismo tiempo, transgrede las reglas hasta entonces vigentes de otro (…) Podríamos decir que todo gran libro determina la existencia de dos géneros, la realidad de dos normas: la del género que transgrede, dominante en la literatura precedente, y la del que crea.
   Hay un feliz dominio en el que esta contradicción no existe: el de la literatura de masas. La obra maestra literaria habitual no entra en ningún género que no sea el suyo propio, pero la obra de la literatura de masas es, justamente, el libro que mejor se inscribe en su género (…).
   Tomemos como punto de partida (…) la “novela enigma” (…). Esta novela no contiene una historia sino dos: la del crimen y la de la investigación. (…) La primera ha concluido antes de que comience la segunda. Pero ¿qué ocurre en la segunda? Poca cosa (…). Se examina indicio tras indicio, pista tras pista (…).
   La novela negra es una novela policial que fusiona las dos historias (…). Ya no se nos narra un crimen anterior al momento del relato: el relato coincide con la acción. (…) La prospección sustituye la retrospección (…) La situación se revierte en la novela negra: todo es posible y el detective arriesga su salud si acaso no su vida.
 Es alrededor de ciertas constantes que se constituye la novela negra: la violencia, el crimen sórdido con frecuencia, la amoralidad de los personajes. Obligatoriamente, además, la “segunda historia”, la que se desenvuelve en el presente, alcanza aquí un lugar central, pero la supresión de la primera no es un rasgo obligatorio. Los primeros autores de Serie Negra, Samuel Dashiell Hammett y Raymond Chandler, conservan el misterio; lo importante es que el misterio tendrá aquí una función secundaria, subordinada y no central como en la novela enigma (…).
   Algunos rasgos de estilo de la novela negra le pertenecen con exclusividad. Las descripciones están hechas sin énfasis, fríamente, (…) puede decirse que “con cinismo”. Las comparaciones connotan cierta rudeza (…).
   No es sorprendente que entre estas dos formas tan diferentes haya podido surgir una tercera que combina sus propiedades: la novela de suspenso. De la novela enigma conserva el misterio y las dos historias, la del pasado y la del presente, pero rechaza reducir la segunda a un simple descubrimiento de la verdad. Como en la novela negra, es la segunda historia la que ocupa el lugar central. El lector está interesado no sólo por lo que ha ocurrido sino también por lo que va a ocurrir más adelante. Los dos tipos de interés se encuentran, pues, reunidos aquí: la curiosidad de saber cómo se explican los acontecimientos ya pasados, y el suspenso, también: ¿qué va a ocurrirles a los personajes principales? Recordemos que en la novela enigma estos personajes gozaban de inmunidad, aquí ellos arriesgan su vida sin cesar.”

Tomado de Tipología del relato policíaco, de Tzvetan Todorov, en: Link, Daniel (comp.), El juego de los cautos, pp. 63-70.



lunes, 24 de diciembre de 2012

Tipología del lector de policiales en Argentina

Por Mercedes Giuffré


1 Toda obra literaria se completa con la lectura. Por eso, nos preguntamos quién y cómo ha sido el receptor de nuestra literatura policial a lo largo del tiempo. No pretendemos confeccionar un catálogo de obras ni de autores, sino esbozar momentos clave en la evolución de la recepción y, de ese modo, configurar una imagen del lector.

2 Entre julio y agosto de 1877, por ejemplo, Raúl Waleis iniciaba la literatura policial en lengua castellana con la publicación, en el diario La Tribuna de Buenos Aires, de las 22 entregas de La huella del crimen. Waleis, anagrama de Luis V. Varela, era abogado y se declaraba discípulo del francés Émile Gaboriau. Al año siguiente publicó una continuación de la novela, llamada Clemencia. Ambas obras se encuadran en lo que se denominó la variante “judicial” del género, buscan probar una tesis (que siempre acaba en el cuestionamiento de las leyes imperantes), incluyen términos en otras lenguas, neologismos, mencionan las más altas tecnologías forenses y se ambientan en París, aunque hay en ellas una relación especular con el Río de la Plata.

3 ¿Estaban los lectores de ese diario familiarizados con los folletines franceses ? ¿ A quién iba destinada la novela ? ¿ Tuvo Waleis en cuenta a sus interlocutores empíricos ? A partir de entonces, existe, por pequeño que fuere, un conjunto de receptores que accederá también a los trabajos de Eduardo Holmberg, Paul Groussac y Horacio Quiroga, escritores que explorarán las posibilidades narrativas de un género en conformación y sin reglas claras todavía.

4 En los años subsiguientes, se hacen accesibles las traducciones de autores europeos (recordemos que la primera historia de Sherlock Holmes, en su lengua original, es diez años posterior a la de Waleis), conformándose lentamente un sector ávido que lee tanto los folletines locales como las historias que publican las revistas de circulación en quioscos, y se familiariza con diversos tipos de relato policial, en especial el que encontrará una magistral parodia en Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Esto es, la línea clásica, que viene a salvaguardar, en términos del propio Borges, el orden y la simetría. Con ellos, y a partir de la posterior colección que dirigirán ambos para la editorial Emecé, El Séptimo Círculo, lo policial se emparenta con un sector canónico de la literatura. El lector de esta rama del género se sentirá, por así decirlo, a salvo de toda sospecha en cuanto a su “buen gusto” (el mismo nombre de la colección, que remite a la Divina Comedia, prestigia el género y lo equipara con autores consagrados de la talla de Chéjov). Este nuevo lector, que adquirirá sus ejemplares en la librería, se perfila como una persona culta –lo suficientemente instruida para reconocer las mencionadas asociaciones o preocuparse por la “calidad narrativa”–, con un poder adquisitivo medio o alto, que busca en las obras una maestría formal, la combinación original de formulaciones prestablecidas y la perfección del enigma (aunque sin mayor correspondencia con la realidad y mucho menos cuestionando el orden establecido). Es un lector, digamos, que busca entretenerse involucrando su propia capacidad intelectual.

5 El quiosco y la librería se diferencian a partir de entonces como dos espacios de circulación que, en principio, apuntan a públicos diversos, aunque no es descabellado pensar que el amante del género adquiriese en ambos por igual su material de lectura. Proliferan las colecciones que se nutrirán de autores foráneos. Las revistas de interés general destinan una sección para este tipo de literatura y, a veces, escritores locales consagrados por la Academia (tal es el caso de David Viñas que publica en 1953 como Pedro Pago) exploran, amparados por el pseudónimo, las posibilidades de un nuevo discurso volcado hacia la crítica del sistema y con un interés por la cuestión local. En ellas el delincuente mismo es visto como una incógnita social y apuntan, por lo tanto, a lectores con interés por los sucesos policiales argentinos registrados en la prensa. Es decir, un lector que busca en la literatura algo vivo, con claros referentes en la vida cotidiana.

6 El mencionado año de 1953 parece ser un mojón en la evolución de nuestro policial local, porque es también el mismo en que Rodolfo Walsh publica su célebre prólogo a los Diez cuentos policiales argentinos, donde menciona a Borges y Bioy como iniciadores del género –omitiendo a Waleis– y también en el que ven la imprenta sus Variaciones en Rojo. Conviven desde hace tiempo revistas como Evasión y Serie Naranja, la primera en sintonía con El Séptimo Círculo y la segunda como un espacio de difusión de autores más vinculados con los inicios de la novela dura.

7 Nos interesa registrar, por entonces, dos imaginarios con repercusiones en los modos de leer. Porque el lector también se posiciona, elige y se vincula con lo que lee desde el lugar mismo de su adquisición. Cabe preguntarnos, por tanto, si así como existe una sujeción de los autores locales a las convenciones foráneas de escritura, puede decirse algo similar en el plano de la recepción. ¿ Es el lector un traductor de los modelos de lectura importados o espera de los autores nacionales algún tipo de originalidad más allá de las sujeciones ? Creemos lo segundo. De hecho, lo que se encuentra en los libros argentinos es un modo paródico de leer los cánones foráneos. O, incluso, y aquí esbozamos una suerte de respuesta, la necesidad de romper con los moldes predeterminados.

8 Con la publicación de Operación Masacre, Walsh inicia la literatura testimonial que abrirá las puertas a un importante giro literario. A partir de entonces, hay una escritura que se involucra con lo que sucede a nivel político y que requiere de un nuevo lector, comprometido con su tiempo. Las cosas, desde luego, no son fáciles para nadie durante los años duros.

9 Es en la post-dictadura que la Academia revaloriza las producciones de autores como Juan Martini, Osvaldo Soriano o Manuel Puig (quien había reivindicado al folletín y la novela policial de difusión masiva), entre otros, cuyos nombres comenzarán a circular entre los que nacimos en la década del setenta. Nuestro acercamiento a sus producciones será muy distinto del de sus primeros lectores. Se abrirá de este modo la posibilidad de pensar lo policial desde una perspectiva académica y, a la vez, respetuosa de los circuitos populares de circulación y sus modos de leer. Se estudiará en la facultad obras como Manual de Perdedores, de Juan Sasturain o Ni el tiro del final, de Juan Pablo Feinmann, que a la vez que parodian y homenajean al policial negro, establecen un diálogo con la realidad política de las épocas recientes.

10 En los años noventa y la primera década del siglo XXI, es común encontrar en las mesas de novedades de librerías obras de prestigiosos autores argentinos que trabajan con con ingredientes del policial. El discurso de este tipo de obras sirve para cuestionar la etapa menemista y seguir pensando las décadas anteriores. Se establece un diálogo con el lector que es distinto del que generaban los textos de la línea clásica. Aquél es generalmente, un hombre o mujer de mediana situación social, que ha sufrido las sucesivas crisis económicas y busca en la lectura algún tipo de reconocimiento (en el sentido griego del término) y a la vez un refugio, no como mera evasión sino como espacio de contención.

11 En la actualidad el discurso policial asiste, como la literatura en general, a la mezcla de géneros. Consultamos a varios lectores acerca de por qué siguen apostando por este tipo de lectura y casi todos mencionaron la palabra “desafío” en su respuesta. Sin embargo, es evidente que los policiales operan como catarsis de una realidad caótica y angustiante a nivel global (retomando así, paradójicamente, la idea borgeana del vínculo con la tragedia clásica). La dicotomía entre evasión y reflejo del mundo que antes se perfilaba como una oposición parece haber dejado de existir. Un fenómeno como el de la novela escandinava nos servirá de ejemplo : el lector busca con ella entretenerse pero a la vez accede a una descripción minuciosa de la operatividad mundial de mafias y organizaciones del crimen organizado que mueven la droga, el tráfico de personas, etc. El género está prestigiado y eso es un riesgo, pues puede caer en la autocomplacencia de las formas. Sin embargo, la buena noticia es que la mayoría de los escritores en Argentina no sigue el camino de la comodidad, sino que nuestro policial está constantemente en cambio, redefiniendo su discurso y también a sus lectores.

12 Más allá de las estrategias de venta y marketing, del negocio de las editoriales o de la cuestión del mercado, que no siempre pondera la calidad, la novela policial se ha establecido como un espacio de reflexión desprejuiciada sobre nuestra época. Y por ahí pasa el verdadero “desafío” como autores : en saber construir y mantener un colectivo de lectores críticos desde el punto de vista intelectual, social y/o político.

Haut de page
Pour citer cet article

Référence électronique
Mercedes Giuffré, « Tipología del lector de policiales en Argentina », Amerika [En ligne], 7 |  2012, mis en ligne le 20 décembre 2012, Consulté le 24 décembre 2012. URL : http://amerika.revues.org/3417 ; DOI : 10.4000/amerika.3417
Haut de page
Auteur

Mercedes Giuffré
Escritora

Haut de page
Droits d'auteur

© Tous droits réservés
Haut de page
SommaireDocument précédentDocument suivant