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domingo, 14 de abril de 2013

La primera viuda negra



Revista El Guardian > Tinta Roja

Tinta roja

Belle Gunness entró en los anales de la historia criminal por haber asesinado a unas 40 personas, entre los que se encontraban sus dos primeros maridos y sus hijos. Reclutaba a sus víctimas con avisos en los diarios.


Escribe Daniela Pasik

Altísima, rubia, de ojos claros y figura llamativa, Belle Gunness tiene el mérito macabro de haber entrado en los anales de la historia contemporánea como la primera viuda negra. A principios del siglo pasado, la bella asesinó no sólo a dos maridos, sino también a sus hijos y decenas de pretendientes. No se pudo llevar la cuenta exacta de su masacre, pero sí asegurar que más de 40 personas que la amaban y confiaban en ella perdieron la vida en sus manos.

Se ganó un apodo, por supuesto, y es “la barba azul”. Nunca jamás fue enjuiciada y, como todo mito, nadie pudo asegurar su muerte. Supuestamente ocurrió en 1908 en un incendio provocado por uno de sus amantes en el que también fallecieron tres de sus hijos. Ella tenía 48 años y, hasta ese momento, el pueblo de La Porte, en Indiana, Estados Unidos, la había creído la pobre y fatal víctima de un celoso demencial.

Apenas hubo que remover la tierra para encontrar la verdad. Fue una mínima intención de mirar un poco más allá para ver las cosas como eran. La supuesta viuda atrapada por la tragedia y la mala suerte que buscaba un poco de amor y no lo lograba, era en realidad una asesina maniática que tenía un pobladísimo cementerio secreto en el fondo de su casa.

La matanza empezó de casualidad y se podría decir que lo suyo, en principio, fue la estafa a las compañías de seguros. Pero con el correr del tiempo Belle le fue tomando el gusto al asesinato y al culebrón. A sus víctimas las conseguía por anuncios en los clasificados de los diarios, donde declaraba ser una viuda adinerada que necesitaba ayuda en sus tierras y la prueba de amor que exigía era, obviamente, los ahorros del candidato. Demás está decir que ninguno salió con vida de la granja Gunness.

Nació en Noruega en 1859 y fue una joven más apremiada por el hambre y las ansias de empezar en un lugar nuevo. Como tantos otros. A los 24 años se subió a un barco rumbo a Estados Unidos en busca de una vida mejor y en Chicago conoció a su primer marido, Mads Sorenson.

Los más cruentos asesinos puertas adentro suelen ser recordados por sus vecinos como discretos y amables. Así la describieron quienes la conocieron en su local de venta de dulces y quizás entonces, en aquella época, Belle era realmente una muchacha agradable. Una joven inmigrante progresando en su nuevo hogar. 

El matrimonio adoptó tres niños, Jennie, Myrtle y Lucy –todos terminarían muertos a manos de su nueva madre con el correr del tiempo– y todo iba más o menos bien hasta que un día el negocio comenzó a dar pérdidas. Realmente nadie sabe, nunca se supo bien qué pasó, pero un día se incendió todo y la familia cobró el seguro que los ayudó a salir de apuros. ¿Fue una casualidad? ¿Lo planearon Belle y Mads? Una opción o la otra, la situación le dio una idea a la mujer: decidió que sería viuda.

Su primer marido, su muerte misteriosa, fue el puntapié inicial de la lenta, prolija y silenciosa matanza que comenzó la discreta noruega. Belle cobró dos pólizas de seguro de vida de casi 8 mil dólares, que en 1900 era una suma enorme. El médico que hizo el certificado de defunción de Sorenson determinó que el fallecimiento fue por un ataque al corazón y la viuda se mudó con sus hijos y el dinero recaudado a La Porte, Indiana.

Siguió con timidez, digamos. Recién llegada, consiguió un segundo marido. Peter Gunness le dio su apellido, un hijo, la granja y un suculento seguro de vida después de morir en un accidente bastante polémico: se habría caído sobre una maza que le aplastó el cráneo. Palo y a la bolsa. Y podría decirse que Belle se engolosinó. Qué fácil era quitarles la vida a los hombres, los hombres que iban enceguecidos hacia ella. Entonces, como una araña, comenzó a tejer su red.

“Viuda rica, atractiva, joven, propietaria de una granja, desea entrar en contacto con caballero acomodado de gustos cultivados con el objeto de contraer matrimonio”. Ese fue el aviso que puso en el diario y los pretendieron cayeron como moscas. Fueron tantos, que Belle se dio el gusto de hacer un casting y seleccionó los que le parecieron más exprimibles: con ahorros y sin familia.

Les envió a cada uno una carta idéntica, que decía: “Su respuesta me ha llenado de alegría y tengo la seguridad de que es el hombre ideal para mí. Estoy convencida de que sabrá hacer que tanto yo como mis niños seamos felices y que puedo confiarle cuanto poseo en este mundo. Voy a ser sincera, no debe haber engaños ni disimulos por cualquiera de las dos partes. Tengo 75 acres de tierra y la cosecha es muy variada. Todo esto ya está casi pagado. He descubierto que ocuparme de la granja y los niños va más allá de mis fuerzas. Mi idea es encontrar un compañero a quien pueda confiárselo todo... He decidido que cada candidato que ha merecido mi consideración debe hacer un depósito en efectivo o acciones. Creo que es la mejor forma de mantener alejados a los estafadores. Valgo un mínimo de 20 mil dólares y si usted puede traer consigo 5000 para demostrar que se toma el asunto en serio, hablaremos del futuro”. 

Fueron muchos, incontables, los que quedaron atrapados en esa red. Llegaban, hacían el depósito y ella los envenenaba o mataba a golpes. Después los enterraba o se los daba de comer a los chanchos. Su hija mayor también cayó en sus garras porque comenzó a sospechar. La madre le dijo a todo el mundo que la había mandado a la universidad, pero tiempo después la policía encontró sus restos en el jardín de la granja.

El resto de su descendencia también terminó sus días fatalmente. Los tres niños murieron quemados una noche de abril de 1908 en un incendio en el que supuestamente también Belle perdió la vida. El cuerpo que encontraron no tenía cabeza y nunca se pudo terminar de corroborar si era ella o no. El acusado y encarcelado por esto fue un tal Roy Lamphere, amante y empleado ocasional en la granja, quien terminó su existencia en prisión asegurando que la viuda negra seguía con vida.
Durante las décadas siguientes muchos aseguraron haber visto a Gunness en distintas ciudades y pueblos a lo largo y a lo ancho de todo Estados Unidos. En 1931 apresaron a una anciana llamada Esther Carlson en Los Ángeles por envenenar a un hombre para conseguir su dinero y se dijo que era la temible y desaparecida Belle. Más misterios para el mito, la acusada murió antes de que se celebre el juicio.

Hoy, como toda leyenda que se precie, Belle tiene acólitos de la talla del músico y cineasta Rob Zombie; un museo; canciones folclóricas, metaleras y rockeras, varios documentales y, ahora, finalmente, la película que narrará al detalle su vida. El protagónico se lo disputan actualmente Angelina Jolie, Kate Winslet, Catherine Zeta-Jones y Renee Zellweger. A matar o morir.


 Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/323/la-primera-viuda-negra

lunes, 8 de abril de 2013

El último gaucho matrero



REVISTA EL GUARDIAN > TINTA ROJA

TINTA ROJA

Con el filo de su facón, Hormiga Negra, nacido como Guillermo Hoyo, se convirtió en una celebridad que salía en los diarios y revistas. Fue el personaje de un folletín creado por Eduardo Gutiérrez. Murió de viejo.


Escribe Javier Sinay

“El ser gaucho es un delito”
Martín Fierro. José Hernández.

No es lo mismo matar a un hombre de verdad, en carne y sangre, que matarlo en el papel de las novelas y los poemas. Lo dijo, a sabiendas, ese gaucho viejo –sabedor de las cosas amargas de la vida– en que se había convertido Guillermo Hoyo, el Hormiga Negra de San Nicolás de los Arroyos, cuya fama había trascendido las pulperías con el folletín biográfico Hormiga Negra, que el febril Eduardo Gutiérrez publicó en el diario La Patria Argentina en 1881 –y que se terminó convirtiendo en una de las mayores entre las treinta y un obras que escribió aquél en sólo diez años. “Ya sabemos lo que son novelas y lo que son cuentos…”, le dijo el gaucho a un reportero de Caras y Caretas que lo fue a visitar en 1912 (y que publicó la entrevista en la edición del 24 de agosto). Para entonces, Hormiga Negra ya había purgado varios años a la sombra y otros tantos a la luz prófuga de las estrellas desviadas de la ley, y llevaba en sus manos la sangre de varias víctimas: el peón Santiago Andino, el malandrín Pedro Soria, el gaucho Pedro José Rodríguez, la vieja Lina Penza de Marzo, varios soldados patrios enviados tras él, un niño al que había degollado para quitarle unos quesos y el músico ambulante Mariano Rivero (a quien le había robado su acordeón, dejándolo herido con un disparo de trabuco en el pecho)… No en vano los diarios lo señalaron una y cien veces como el último gaucho malo. Y si muchos de esos crímenes no habían sido obra propia, no importaba: su mito, aun en vida, era más grande que su verdad.

Pero vale decir que de Hormiga Negra, o Guillermo Hoyo, se sabe mucho. A diferencia de Juan Moreira, de Antonio Mamerto Gil, de Juan Cuello, del Gato Moro, de Calandria, de Pastor Luna y de los hermanos Barrientos, este gaucho matrero es un hombre de los tiempos modernos; el último de una dinastía brava y feroz que hizo del coraje su religión y del duelo un modo del honor. Pero también, que se habituó al desorden y se entregó a “la vida bárbara de las pulperías, vida que no es más que una serie de trancas que no se interrumpe nunca, amenizada por un par de homicidios al mes”, según anotó Gutiérrez en las páginas de Hormiga Negra. Sin embargo –y como ningún otro–, el matrero Hoyo murió de viejo, en paz, el 1º de enero de 1918. Lejos del filo de los facones. Pero cuidado: esto no significa que el alba del nuevo siglo no lo hubiera encontrado lejos de la ilegalidad: “Si en la juventud fue apresado como gaucho malo, en la vejez sería perseguido como una especie de enemigo público”, comenta Osvaldo Aguirre en su libro Enemigos públicos, a propósito del avance de los tiempos.

El último capítulo de la leyenda de Hormiga Negra comienza el 14 de septiembre de 1902, con el relámpago de dos cuchilladas mortales sobre el pecho de Lina Penza de Marzo, una italiana que vendía verduras en una chacra de San Nicolás donde aquél solía abastecerse. “¡Unas puñaladas que le abrían el pecho cuanto era, un garrazo de tigre de los que sólo Hormiga Negra era capaz de dar, viejo y todo!”, a decir de Albino Dardo López, en la edición de Caras y Caretas del 7 de septiembre de 1918. El mismo día del crimen llegaron los gendarmes a la casa de Hoyo: alguien lo había visto en la escena del crimen y él mismo había admitido que había ido a comprar siete kilos de batatas. Que se hubiera despedido de la mujer con una sonrisa, dejándola vivita y coleando, no importaba: ya nadie le creía.

Eduardo Gutiérrez había muerto de tuberculosis hacía más de diez años y la Justicia moderna no iba a dejar pasar los delitos que varios jueces de paz –algunos de ellos, iletrados– habían permitido en otras épocas. “Para ser malo no basta querer serlo”, dice Hormiga Negra en el papel del folletín, y es suficiente para atraer el amor de la criollada y las sospechas de los pesquisas de la vida real, que lo enviaron a la Penitenciaría en cuanto pudieron. El proceso fue largo: el gaucho vio pasar 1903, 1904 y 1905 desde la cárcel. Sólo en 1906 cayeron los endebles testimonios de varios testigos, cuando el sargento Inocencio Moreira presentó a un nuevo informante que decía saber que el asesino era otro. Y es que esta vez Hormiga Negra era inocente.

A decir verdad, la paisanada lo había salvado: Inocencio Moreira no era cualquier policía, sino el primo de otro bandido famoso, Juan Moreira, quizás el más famoso entre los gauchos malos. Reclutado en castigo, Inocencio había terminado por hacer carrera en la policía y había descubierto al matador de la italiana, que se llamaba Martín Díaz y que le guardaba rencor porque aquella le había negado un préstamo. Sólo cuando su propia mujer entregó un botín de joyas robadas, él se acercó a Hoyo y le dijo: “Perdón, don Hormiga”. Y perdón recibió.

Hormiga Negra recuperó su libertad, pero el mito y la realidad nunca dejaron de enredarse. Vuelto a casa, vio pasar al célebre circo criollo de los hermanos Podestá, que venía representando su vida sobre la base del texto de Gutiérrez. “Andan diciendo que uno de ustedes va a salir delante de toda la gente y va a decir que es Hormiga Negra”, los reprendió. “Les prevengo que no van a engañar a nadie, porque Hormiga Negra soy yo”. Fue inútil para los actores tratar de explicarle. Si alguno se atrevía a autoproclamarse Hormiga Negra, él, aun anciano, lo atropellaría con su temible facón. Y del mismo modo su hija nonagenaria, Prudencia Hoyo, demandó a las editoriales Tor y El Boyero en la década del cincuenta. “No sé si el verdadero Guillermo Hoyo fue el hombre de viaraza y de puñaladas que describe Gutiérrez; sé que el Guillermo Hoyo de Gutiérrez es verdadero”, opinó, mejor, Jorge Luis Borges –un apasionado del matrerismo y de la gauchesca. “Un día, fatigado de tantas ficciones, Gutiérrez compuso un libro real, el Hormiga Negra. Es, desde luego, una obra ingrata. La salva un solo hecho, que la inmortalidad suele preferir: se parece a la vida”.

El tremendo Hormiga Negra, terror de policías y taita del gauchaje, pareció vivir sus últimos días sumido en esa confusión. Para un hijo de la pampa, la fama de las letras era cosa ‘e Mandinga. ¿Y qué es la verdad cuando el Quijote es más real que Cervantes y cuando lo leído forma parte de lo vivido? “Ustedes, los hombres de pluma, le meten no más, inventando cosas que interesen, y que resulten lindas”, le reprochó Hormiga Negra al reportero de Caras y Caretas en 1912, ya cerca de su muerte. “Y el gaucho se presta pa’ todo. Después que ha servido de juguete para la polesia lo toman los leteratos para contar d’él á la gente lo que se les ocurre. Así debe ser el gaucho de novela, peleador hasta que no queden polesias, ó hasta que se lo limpien a él de un bayonetaso, como á Moreira…”


 Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/343/el-ultimo-gaucho-matrero

martes, 2 de abril de 2013

Seis cadáveres al sol

Revista El Guardian > Tinta Roja

Tinta roja

La masacre en la estancia “La Payanca”, en 1992, es uno de los casos más aberrantes de impunidad por una deficiente investigación policial. Miembros de una familia y trabajadores del campo fueron asesinados.

Escribe Nacho Ramírez

Fue lenta, feroz y a sangre fría. Nadie escuchó ni notó nada raro en la noche de la matanza. Algo extraño: los perros no ladraron en la estancia. Ninguna víctima pudo defenderse. Se cree que estuvieron secuestradas algunas horas antes de la muerte. Fueron torturadas sucesivamente y, al final, ejecutadas con un tiro de gracia en el cráneo. Las armas utilizadas: barrotes, puños y armas de fuego. Se lo considera uno de los grandes casos de impunidad desde el retorno de la democracia. Fue una verdadera cacería humana.

Ocurrió hace 19 años, en la localidad de Elordi, en el partido bonaerense de General Villegas, a pocos kilómetros del casco urbano del pueblo. El sábado 9 de mayo de 1992 fue descubierta la masacre de la estancia “La Payanca”, gracias al llamado de un vecino, quien observó que en los alrededores de la propiedad había animales sueltos y se dirigió a la seccional policial. Algo extraño estaba pasando en el campo. En el establecimiento de más de 700 hectáreas había seis cuerpos sin vida diseminados, con claros signos de saña y tormento. Una comisión policial arribó al campo, mientras el horror llenaba de sangre ese día. A lo largo de la escena del crimen había una desconcertante frialdad. Cada cuerpo era una clara postal violenta.

Los cadáveres, en avanzado estado de putrefacción, estaban esparcidos por toda la estancia. Se encontró a la dueña del campo, María Esther Etcheritegui  de Gianoglio (46); a su hijo José Luis “Cascote” Gianoglio (22); a la pareja de la propietaria, Alfredo Forte (49); a un linyera, Juan Justo Luna; (54) y a los peones Eduardo Javier Gallo (22) y Hugo Omar Reid (21). Cada uno de ellos presentaba un preciso tiro de gracia en la nuca y, en la mayoría de los cuerpos, se evidenciaba una violencia encarnizada. Había claros signos de golpes feroces y heridas defensivas. Los rostros de todas las víctimas habían sido desfigurados con elementos macizos, similares a un caño de metal, barrote o martillo.

Los tristes protagonistas de esta historia fueron descubiertos con el correr de los días, lo que acrecentó mucho más el misterio y puso en evidencia la negligencia policial. El espectáculo era dantesco. A lo largo de la centenaria casa el desorden era inquietante. Cortinas y colchones tajeados por cuchillos, placares y repisas revueltos, cómodas sin cajones eran un claro indicio de que los homicidas buscaban un botín o dinero en efectivo.

Primero se encontró a María Esther en el comedor del viejo casco de la casona. Presentaba signos de haber sufrido una golpiza previa a ser ejecutada de dos tiros, uno en la cabeza y otro en el abdomen. El ambiente tenía todos los muebles patas para arriba. Su hijo presentaba el cráneo desfigurado por los golpes y dos tiros calibre 38, uno en la axila derecha y el segundo en la nuca. Luego de terminar de peinar la propiedad, los forenses y la policía rastrillaron el galpón principal del campo donde apareció el tercer cadáver. Se trataba del linyera Luna quien ocasionalmente, a cambio de un lugar para dormir, realizaba tareas de jardinería. El cadáver presentaba dos balazos; una de las balas le estalló en el paladar y le desfiguró el rostro; además, una feroz golpiza en todo el cuerpo. La escena del crimen mostraba un mismo patrón: una violencia desenfrenada.
La teoría de los investigadores policiales suponía que los asesinos sabían que en la estancia había 50 mil dólares, por lo que decidieron torturar hasta ejecutar a sus habitantes para que dijeran dónde estaba el dinero. Según el informe forense, la matanza habría ocurrido entre el 29 y el 30 de abril, es decir, unos diez días antes del hallazgo de los cuerpos. Al día siguiente, la comisión policial volvió al lugar del hecho y encontró junto a una tranquera de la finca a Alfredo. Su cuerpo presentaba golpes en el rostro y ocho balazos a lo largo del cuerpo, uno de gracia, como si hubiera intentado escapar de sus homicidas. A metros del cuarto cadáver, dentro de un cuadro sembrado con maíz, apareció el joven tractorista Gallo y, a unos 200 metros, el techista Reid.

El brutal crimen tuvo incontables hipótesis que fueron siendo desechadas por la Brigada de Investigaciones de San Justo, a cargo del cuestionado comisario Mario “Chorizo” Rodríguez. Se habló de un crimen pasional, de ajuste de cuentas por narcotráfico, de una venganza por amor, hasta se llegó a hablar de cuestiones que tenían que ver con el mundillo artístico, debido a que la hija de María, Claudia, estaba casada con el popular y reconocido actor de telenovelas Marcos Estell. Pero nunca se investigó la participación de efectivos de la policía bonaerense en las muertes.

El múltiple asesinato tuvo cuatro detenidos. El comisario mayor Rodríguez, meses después, anunciaba con bombos y platillos la resolución de los homicidios múltiples. Pero los detenidos pasaron solamente siete meses detenidos y denunciaron apremios y torturas reiteradas con picana. Fueron sobreseídos por la Cámara de Apelaciones de Junín, que desestimó los autos de prisión preventiva. Los sospechosos torturados por la Bonaerense recuperaron su libertad al no encontrar el tribunal elementos que probaran su participación.

Años después, entre 1999 y 2004, se conformó una comisión de investigación policial especial, a cargo del comisario Daniel Chávez. Nulos fueron los resultados. El doctor Roberto Rubio, juez de Garantías de Trenque Lauquen, estuvo a cargo de la causa, que se fue enfriando con los años, hasta quedar en el olvido de la Justicia provincial. Actualmente, los expedientes se encuentran archivados.
El 7 de septiembre de 1998, el Ministerio de Justicia y Seguridad de la provincia de Buenos Aires dispuso una recompensa de 5 mil a 30 mil pesos para las personas que aportasen información fehaciente que permitiese la individualización y detención del o de los autores de la masacre de “La Payanca”. En la carátula de la causa radicada en Juzgado en lo Criminal y Correccional N° 1 del Departamento Judicial de Trenque Lauquen se lee “Forte, Alfredo, Etcheritegui, María y otros s/homicidio”, pero ya nadie se acuerda de ellos.

Familiares de la víctimas, a lo largo de los años, denunciaron y cuestionaron seriamente la instrucción que llevó cabo la  policía bonaerense; demostraron deficiencias e irregularidades en la investigación, el levantamiento de pruebas y la reservación y custodia de la escena del crimen, así como también la utilización de métodos violentos para la obtención de pruebas.

Seis muertes impunes y la furia de una bestia homicida libre por casi dos décadas. Nadie sabe nada a pesar de las más de 140 marchas de silencio de familiares y de 400 declaraciones testimoniales. Pocos recuerdan la matanza y el misterio de “La Payanca”. Investigaciones complejas que casi nunca terminan con éxito, sobre todo cuando apuntan a asesinos policías.

Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/361/seis-cadaveres-al-sol

lunes, 25 de marzo de 2013

La leyenda del Loco del Martillo

Revista El Guardian > Tinta Roja


Tinta roja

 En 1963, mató a tres mujeres a mazazos en Lomas del Mirador. Los vecinos iniciaron una cacería e intentaron lincharlo. Pasó 43 años en la cárcel. Cuando salió en libertad, pidió ser detenido porque extrañaba su celda.


Domingo 29.01.2012 - Edición N ° 48
 Escribe Rodolfo Palacios

Marzo de 1963. El sátiro atacó de nuevo. Entró por una ventana, amparado por la noche, y mató a martillazos a una indefensa señora que descansaba en camisón. Ya ha matado a tres víctimas. Los periodistas de policiales recrean en sus afiebradas mentes los momentos del ataque. Y en lugar de imaginarse a un hombre sediento de sangre que se asoma por la ventana, prefieren poetizar el acto homicida y pensar que antes de cometer el atroz crimen, el sátiro hizo sombras chinescas con una cortina como telón. El barrio Lomas del Mirador entró en pánico. Las fábricas autorizan a las mujeres a salir antes de que anochezca. No vaya a ser que tengan la desgracia de cruzarse con el asesino. Los diarios lo llaman el Vampiro del Martillo.
La preocupación ha llegado hasta el mismísimo presidente Arturo Illia. La Policía difundió un identikit: el matador es un joven con bigote, pelo ondulado y un rostro digno de la galería tremebunda de Lombroso. Los vecinos se arman con garrotes y cuchillos. En la furiosa cacería golpearon a dos inocentes cuyo único delito era tener bigote y pelo ondulado.

La psicosis colectiva terminó el lunes 26 de marzo de 1963. La leyenda dice que ese día, dos policías novatos se cruzaron con Aníbal González Higonet, un carterista que tenía bigote, pelo ondulado y una bolsa de arpillera en la que llevaba una sevillana. El diario La Nación lo llamó un imbécil amoral con las facciones de un animal hambriento. Le imputaron los crímenes de Rosa Risso de Grosso, de 65 años, Virginia Riquel, de 80, y Nelly Mabel Fernández, de 55. El hijo de Grosso fue hasta la comisaría y descubrió que Higonet tenía puesto un saco suyo, que había sido robado durante el crimen. El martillo con manchas de sangre apareció en un baldío de Lomas de Mirador. Horas después, el homicida confesó con lujo de detalles. “Sólo quería robar. Las maté para no dejar testigos”, dijo.

 “Cayó en su trampa el hombre del martillo”, tituló la revista Así en una edición especial que le dedicó a la caída del salvaje criminal. La caída de un canalla. En la tapa el título era: “Crímenes y amores del Loco del Martillo”. La teoría era que odiaba a las mujeres porque había sido abandonado por su novia, pero él desmintió esa versión con una frase: “Nunca tuve novia”. En las fotos, el Loco aparece acurrucado, vestido con harapos, con los ojos cerrados y una mueca de desilusión. Esas imágenes no eran las de un vampiro humano que no hacía otra cosa que matar, sino la de un tipo con el aspecto de un personaje de Cantinflas. Un paria de pies a cabeza. Así le hizo escribir en un papel: “No sé por qué hice todo esto”. El Loco lloró hecho un bollito ante la presencia del periodista de policiales, que sintió pena por el desgraciado. “El drama de la madre del vampiro humano conmueve. Como una estampa de la Madre Dolorosa, la señora Elisa no puede creer la tragedia que ha desatado su malviviente hijo”, escribió el cronista. El Loco del Martillo fue condenado a perpetua. Estaba convencido de algo: algún día iba a ocurrir el milagro. El milagro de la libertad.

Marzo de 2006. El milagro es hoy. Aníbal González Higonet logró su libertad después de pasar 43 años en la cárcel. El preso más antiguo del país consiguió que un joven abogado, Ariel García, se interesara por su caso y luchara para sacarlo de su mugrienta celda de Sierra Chica. El Loco del Martillo tiene 69 años pero parece de 80. Camina encorvado, sus lentes están pegados con cinta adhesiva y se apoya en un palo de escoba que usa como bastón. Habla poco y conserva la misma mueca de martirio que tenía cuando lo cazaron como si fuera un lobo feroz. Ya no usa bigote y su cara tiene más arrugas que su saco apolillado. Lo primero que hace el viejo cuando sale a la calle es cubrirse la cara del sol. Su abogado me lo presenta y lo saludo con un apretón de manos. El día anterior había estado leyendo su historia en los diarios y las revistas de los años sesenta. El chacal es ahora una cáscara del asesino que aterrorizaba a las mujeres. Es más, podría decirse que se parecía más a Minguito que a un temible asesino serial. En sus primeras horas fuera de prisión, se me ocurrió invitarlo a dar su primer paseo en libertad. Antes, con el abogado llevamos al pobre viejo a comprar ropa. Entramos en un local de la avenida Santa Fe, le elegimos una camisa, un pantalón y un saco. Rengueando, Aníbal entró en el cambiador. Pasaron veinte minutos y el viejo no aparecía. Preocupados, pensamos que podía haberse desmayado. Pero no: cuando nos metimos en el probador estaba sentado, mirando el piso, en calzoncillos. “Prefiero quedarme con mi pilcha. La usé casi toda mi vida”, dijo el Loco. Al final lo convencimos y se cambió, aunque no hubo manera de quitarle su boina agujereada y sucia. El paseo duró media hora. El viejo era una especie de marciano que acababa de aterrizar en una ciudad llamada Buenos Aires. Para él, o lo que quedaba de él, todo era nuevo: las autopistas, los autos modernos, las motos, los bocinazos, los negocios, los semáforos. “Me llaman la atención los tipos porrudos y la poca ropa que usan las minas”, dijo el hombre que había pasado más tiempo dentro de la cárcel que fuera de ella. El momento más traumático del viaje fue cuando hicimos una parada en el lujoso Puerto Madero. “Pensar que esto era una zona de pastizales llena de ratas”, dijo el viejo mientras se apoyaba en la baranda, frente al río. Luego miró los rascacielos y tuvo mareos. El pobre vomitó. Tuvimos que ayudarlo a subirse al auto. El Loco del Martillo negó sus crímenes. “Me torturaron y por eso dije que había matado”, explicó. En libertad vivió en la humilde casa de su hermana, en González Catán. Un día, su abogado me llamó para decirme que Aníbal quería volver a la cárcel. Fui a visitarlo y me sorprendió encontrarlo tirado en el piso, en un colchoncito, en una casa donde vivían otras nueve personas. El viejo estaba en otra especie de cárcel. Para colmo, a veces sus sobrinas no lo dejaban ver televisión. El viejo se posesionaba: cuando miraba una película de acción, dialogaba con los personajes, los puteaba y hasta tiraba manotazos al aire. Su familia miraba Tinelli, desde su pieza él creía que había gente bailando y cantando en la casa. “Tengo ganas de darle un sopapo a alguno para volver a la cárcel. Allá tenía morfi todos los días”, me dijo resignado. Esa fue la última vez que lo vi. Después supe que el viejo iba a ser socio honorario de un fallido sindicato de presos que reclamaban obra social y jubilación y que se había animado a caminar unas cuadras. Una vez lo encontraron tembloroso al costado de una ruta. Se había perdido. Era una demostración del fracaso de la cárcel, un depósito que ni intenta resociabilizar a los detenidos. Un día me enteré de que el Loco del Martillo había muerto. Ahora su cárcel tiene la forma de una tumba. 

Fuente: http://elguardian.com.ar/nota/revista/383/la-leyenda-del-loco-del-martillo

lunes, 18 de marzo de 2013

La lengua del crimen

Hoy la guarida más segura de los hampones chinos no es de concreto, sino de palabras.


Revista El Guardian > Tinta Roja

Tinta roja

 

La guarida más segura de los hampones chinos no es de concreto, sino de palabras: algunos intérpretes trabajan para la mafia. Otros buscan descifrar lo que está oculto ante los ojos de los detectives. ¿Traducción o traición?
Miércoles 01.02.2012 - Edición N ° 49
 
 Escribe Javier Sinay

Ocurrió algún día nublado, perdido en la década del 30, cuando los trabajadores luchaban sin la ayuda de ningún general, cuando Roberto Arlt todavía describía sus modos, cuando en los interrogatorios los policías les echaban toda la luz en la cara a sus detenidos. En esa jornada perdida en el tiempo, un sastre de nombre Feierstein fue capturado durante una huelga y pisó por primera vez una comisaría. El tipo había nacido en Polonia, una tierra lejana donde los judíos eran perseguidos, y había aprendido a amar a la Argentina con el pan de cada día y con la libertad de los actos públicos. Su pasión por la nueva patria era tan grande que ni siquiera se preocupaba demasiado por enseñarle a sus hijos (que, sabía, serían argentinos de pura cepa) el ídish que había mamado en el Este. Ese mismo ídish que se hablaba a lo largo de Europa y que despistaba a los policías sudamericanos.

Sin embargo, en el cuartucho de la seccional Feierstein se sorprendió con la presencia de uno que no era ni sastre ni crujiro rompehuelgas, ni obrero ni patrón. “Mi padre dijo que no sabía nada, que pasaba por ahí… hasta que lo interrogó en ídish la Chancha Rusa”, evoca su hijo, el escritor Ricardo Feierstein. “Siempre hubo traidores y la Chancha Rusa era el judío de la policía. Él sí que leía e interrogaba en ídish.”

Muchos años después los conflictos han cambiado. Los izquierdistas ya no son una amenaza. Al contrario, la policía los extraña. Quisiera vérselas con aquellos idealistas que luchaban por un mundo mejor y no con los hampones del siglo XXI, no tan románticos.

Ahora una mujer de rasgos orientales escucha una conversación por teléfono y toma nota. En una consola bailan las agujas y los teléfonos se enganchan en cables cruzados sin orden. La conversación no está al alcance de nadie más que de ella, que escucha con atención las palabras chinas que se amontonan. Un fiscal y algunos policiales la rodean, esperando alguna revelación en la línea pinchada, y del otro lado dos mafiosos deciden sobre la vida de varios otros; partiendo y repartiendo en un país donde la Ley los mira de lejos. En promedio, a un chino le lleva siete años aprender español. ¿Y a un policía cuánto le lleva aprender chino? El lenguaje es poder.

Y entonces ocurre lo inesperado: la mujer de rasgos orientales, la que debe traducir y guiar a los investigadores como un lazarillo a su ciego, se quita los auriculares y los arroja sobre la mesa con una expresión aterrada y alucinada. Toma su abrigo y se va corriendo, perseguida por el fiscal, que le grita “¡No puede dejar la escucha! ¡Ésta es una investigación judicial! ¡Va a haber consecuencias!”. Pero la mujer, que huye, se ha olvidado de todas las palabras en español, salvo de éstas: “¡No me importa, yo me voy!”.

La anécdota es bien conocida en las fiscalías abocadas a la investigación de la mafia china. Allí cuentan el final del cuento: algunos días más tarde la traductora regresó y dijo que, mientras los mafiosos hablaban en la línea pinchada, se habían referido a los traductores. Que conocían a los que trabajaban para la policía (que a fin de cuentas no eran más que los dedos de una mano) y que querían eliminarlos a todos, incluida a ella. Hoy la guarida más segura de los hampones chinos no es de concreto, sino de palabras: “Durante más de 10 años hemos tenido a un solo traductor”, agrega ahora aquel fiscal. “En los últimos años agregamos un par, pero no podemos confiar: se dice que algunos trabajan para la mafia, si hasta han tenido denuncias por falso testimonio…”.

Pero eso no es todo. Cuando en diciembre de 2010 el fiscal de Delitos Complejos de Mercedes, Juan Ignacio Bidone, protagonizó una tensa visita a la casa de la familia Tchestnykh, el asunto del idioma volvió a aparecer. “¡Usted me engañó: dijo que quería venir a ver, pero está haciendo un allanamiento, y para eso usted necesita una orden de un juez!”, le señaló al fiscal el joven Ilia, hermano de Vera, que llevaba más de seis meses desaparecida, e hijo de Ludmila, que había sido asesinada hacía pocos días. “Mire, usted tiene razón”, le respondió el fiscal, “pero tengo facultades suficientes para disponer un allanamiento de emergencia”. Así, mandó a secuestrar varios celulares, una CPU y una laptop. Desesperado ante lo que consideraba un atropello, Ilia le advirtió (en español) que no iba a entender nada, que todos los archivos estaban en ruso. “No se preocupe, buscaremos un traductor”, le respondió el otro. Pero lo cierto es que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera conseguirlo.

“Traidor” se dice “farreter” en ídish, “pàntú” en chino y “predatel” en ruso. En otras latitudes se dice “traditore”. Y en italiano “traductor” es “traduttore”. De ahí, aquel viejo juego de palabras de traduttore-traditore, que no hace referencia a renegados evidentes como la Chancha Rusa, sino a la imposibilidad de traducir literalmente sin producir distorsiones en los contenidos y en las formas. Siempre que hay traducción, hay traición. ¿Pero qué pasa cuando todos tienen cara de Chancha Rusa? “Ninguno la tiene”, responde Guillermo Piro, poeta y traductor del italiano que se le animó a Juan Rodolfo Wilcock, a Emilio Salgari y a Roberto Benigni, entre otros. “Si no se puede traducir sin traicionar, todos son traidores, y si es así la traición no existe y la traducción no es posible”.

Otro cantar es el argot, el gergo, la bribia, la germanía, el hampa, el caló… El lunfardo: “un engendro bastardo de la lengua ordinaria de la que deriva”, según escribió el jurista Antonio Dellepiane en El idioma del delito, en 1894, cuando los vigilantes trataban de “aprender a ver” entre la multitud. En aquellas páginas Dellepiane desconfía de Cesare Lombroso –para quien el caló es una herencia de las cavernas y está hablado por salvajes extraviados– y propone que la lengua del hampa “revela en forma sensible, casi podría decirse palpable, las notas o rasgos característicos del alma criminal”. Ya hubiera querido un “Gato” Bonica, un “Sopapita” Merlo, un “Sucio” Guardo –y aun un dirigente sindical perseguido como Julio Troxler– ser chino o ruso, o hablar en ídish para despistar a los infieles. Al sindicalista ya no le queda remedio; su lenguaje, a la larga, es transparente. Pero el delincuente se vale del argot, de eso que es mucho menos que un idioma y que Dellepiane considera un “tecnicismo profesional”.

Será por eso que Mario Vitette Sellanes, condenado por el Robo del Siglo en la sucursal de Acasusso del Banco Río, se jactó en una entrevista con El Guardián de sus términos del bajo mundo: “¡Cómo no compartirlos! Si no, ¿para qué miércoles tenemos 60 años y nos dedicamos a leer y a buscar la etimología de las palabras del argot carcelario y del lunfardo?”.


 Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/401/la-lengua-del-crimen

lunes, 11 de marzo de 2013

Los cadáveres hablan

El concejal radical Carlos Ray : no había sido envenenado


Revista El Guardian > Tinta Roja

Tinta roja

Los cadáveres hablan

Y el del concejal radical Carlos Ray dijo lo que pocos imaginaban: no había sido envenenado. Lo descubrió, en 1925, Gustavo Germán González, periodista de Crítica que entró en la sala de autopsia disfrazado de plomero.
Sábado 18.02.2012 - Edición N ° 50
 
 Escribe Milton Merlo

Esa noche de enero no había mucha gente en el bar de la calle Moreno. Y tal vez fuera mejor así. El tema es que el viejo Leopoldo se inhibe con facilidad. Es una persona dicharachera, pero cuando en la mesa ya se arriman cuatro o cinco personas lentamente pierde protagonismo. Se va quedando silencioso al punto que parece que se hubiera ido, que ya no está entre nosotros. Esa noche hacía calor y la gente no quería estar en un antro donde el único aire que entra es el de la calle, gracias a los dos ventanales delanteros.

Leopoldo sí estaba allí, con su barba canosa y su manía de fumar los cigarrillos casi hasta el filtro. En algún momento entre la segunda y la tercera ronda de café, instantes previos a pasar al infaltable whisky, se puso a recordar al negro Gustavo Germán González (GGG), mítico jefe de Policiales del diario Crítica, ese que conducía Natalio Botana y que solía ser un boom de ventas. Su sección Policiales solía tener poetas que iban a las escenas del crimen y dibujantes que hacían historietas de los secuestros más famosos de la época. Leopoldo lo recordó como un periodista que destilaba talento y, en especial, oficio. Perseguía la noticia adonde ésta lo llevara, incluso más allá de la muerte. Ese fue el caso del concejal Carlos Ray, asesinado en una noche cerrada de 1925.

Radical, elegante, de buena oratoria y fumador empedernido, como buen político a Ray no le costaba en lo más mínimo empatizar con las personas. Vivía en un chalet de Vicente López, donde organizaba reuniones con sus asesores y amigos. Era un hombre enamorado. Convivía con María Poey y la hija de ésta. Se sentía vital, hacia planes, leía proyectos, tenía un futuro por demás interesante en ese partido que por la década del veinte era como una brisa de renovación frente al viejo orden conservador.

Todo quedó trunco por dos balazos que perforaron primero el silencio nocturno y luego el pecho del concejal. El inefable, viejo lobo de mar del periodismo, GGG se movió rápido. Visitó comisarías, bares y antros donde se solía perder hasta el nombre. Se creía que la muerte de Ray no era un atraco vulgar, sino que debía haber algo más, una pista oculta. Los sabuesos de esa época le apuntaban a otro concejal, José Pereyra, también radical, también de buena posición y, según diversas fuentes, también enamorado de la vivaz María.

¡Último momento!

Las rotativas no tardaron en escupir una hipótesis digna de un culebrón de media tarde. Se creía que Pereyra y Poey eran amantes y que podrían haber envenenado a Ray para luego organizar un robo ficticio. Última Hora sostenía que la mujer había tenido varios amantes. GGG no estaba convencido por lo cual Crítica no terminaba de jugarse por esa hipótesis. El cronista necesitaba algo más, una certeza que no encontraba entre sus fuentes policiales y las del hampa.

La oportunidad llegó. Se dispuso una autopsia del cadáver en la morgue de la Capital Federal. La prensa tenía prohibido ingresar al edificio. Eso no era un obstáculo para GGG, él necesitaba saber, el crimen ya lo obsesionaba y el rostro de Ray se le aparecía en forma recurrente. Gracias a un amigo del Gabinete de Crímenes logró colarse en la sala de autopsias disfrazado de plomero. Los médicos, hombres fríos y de mirada calculadora, abrieron los órganos del concejal. A los 45 minutos la conclusión era inexorable: no había cianuro en el cuerpo.

Cuentan que GGG ni se molestó en cambiarse la ropa de obrero para presentarse en la redacción. Botana lo esperaba en su oficina fumando y pensando en la edición del día siguiente. Apenas escuchó las novedades sufrió ese escozor en la espalda tan propio de los momentos decisivos. Tenía una primicia y no iba a desaprovecharla. ¿Quién querría desaprovecharla? Sólo un inconsciente. Consiguió tipos de madera que le permitieron imprimir titulares más grandes de los que habitualmente salían publicados. “No hay cianuro”, gritó Crítica desde su tapa. La edición se agotó a las pocas horas. En la tapa estaba la foto de GGG, señalándolo como el autor de semejante bomba periodística.

Esa célebre frase que apareció en la primera plana inspiró un tango que aún hoy es cantado por algunos referentes de la música popular.

Esa tarde Víctor Antía debió haber leído la noticia, posiblemente en algún cafetín de La Boca, barrio sórdido del sur que le gustaba frecuentar. Se puso nervioso, sintió que el diablo, como casi siempre, comenzaba a meter la cola. A las pocas noches irrumpió en un chalet de Núñez con intención de desvalijarlo. El dueño era un alemán de sueño liviano que reaccionó y se tiroteo con los maleantes. Víctor cayó herido y fue trasladado casi de inmediato al Hospital Piróvano. Su buen toque había llegado a su fin. En el quirófano, bajo la mirada atenta del cabo de policía y del cirujano confesó haber asesinado a Ray. De paso entregó al resto de la banda. El jefe de Investigaciones, Eduardo Santiago, ordenó las detenciones. Uno a uno confirmaron su participación en el crimen del concejal.

Es probable que sin la intervención del sagaz investigador, el crimen hubiera quedado impune o con Poey y Pereyra presos (ya habían sido detenidos). Ocurría que el juez de la causa, un hombre gris, de apellido Facio, padecía algún tipo de demencia que lo alejaba de la luz y de las pistas. Para colmo la enfermedad era tratada por un curandero de Villa Dominico que también era una suerte de consejero especial del magistrado.

Dos días más tarde Santiago citó en su despacho al sabueso GGG. Le mostró una de las pieles que Poey gustaba de lucir en las noches de gala. Un bombero se la había comprado a uno de los ladrones. Otro ejemplar histórico de Crítica estaba en marcha. Un nuevo triunfo para el cronista salvaje iba rumbo a la tinta y el papel. La gloria misma.

Seguramente, diecisiete años después, se acordó de aquella tarde. Varios de los mejores periodistas de la época se congregaron en el restaurante Pinnin para homenajear al ya por entonces jefe de Policiales del diario de los Botana. Era 1942 y Leopoldo ya estaba allí, trabajando como aprendiz de mozo. Contaba las escenas como si las luces y la música de la juerga todavía estuvieran intactas en su memoria. Lanzaba nombres como Ignacio Covarrubias, Raúl González Tuñón, Córdova Iturburu, entre varios cronistas de esos años.

Al rato llegaron algunos de los integrantes habituales de las mesas de café. El fútbol, las mujeres y la política coparon la conversación. Leopoldo se quedó callado. Fumaba y sonreía con nostalgia. Dejó de hablar y se concentró en su whisky. Seguramente pensaba en GGG y en que a él le hubiera gustado conocer ese bar de la calle Moreno. Luego, finalmente, desapareció.


 Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/420/los-cadaveres-hablan

lunes, 4 de marzo de 2013

La vida es una moneda

Al falsificador lo paseaban por la Plaza del Retiro y le tiraban encima los billetes


REVISTA EL GUARDIAN > TINTA ROJA

TINTA ROJA

Auge y caída del insólito Héctor Fernández, alias el Artista, el viejo falsificador de dólares que cayó preso cinco veces. Perdedor nato e incurable, su esposa y sus hijos lo abandonaron. A veces pide limosna para comer.

SÁBADO 18.02.2012 - EDICIÓN N ° 51


Escribe Rodolfo Palacios

La vida de un falsificador es así. Siempre oculto en la oscuridad, encerrado en algún sótano, lejos de la multitud, pendiente de que un financiador apueste por su trabajo artesanal y de un grupo que se ocupe de la tarea más expuesta: meter los billetes en el mercado financiero. Es un trabajo de hormiga. Pero la idea no es contar cómo se hace un billete, sino cómo un hombre dedicó su vida a un delito de guante blanco. Un delito que tiene una pena máxima de prisión de 15 años; en 1820, falsificar dinero en estas tierras era penado con el destierro y hasta con la horca. Al falsificador lo paseaban por la Plaza del Retiro y le tiraban encima los billetes que había fabricado. En esa época, el protagonista de esta historia habría sido ahorcado ante el pueblo.

En los subsuelos sórdidos del hampa, los que suelo recorrer con mi bastón niquelado y mi sombrero de felpa, conocí a Héctor Fernández, un truhán que cayó cinco veces. El Artista, como lo llaman los sabuesos de Robos y Hurtos de la Federal, pasó cuatro años en prisión por falsificar dos millones de dólares en 1991 en el sótano de una quinta del norte del conurbano. Fernández no aprendió la lección: el 4 de mayo de 2005 lo arrestaron con 260 mil dólares falsos durante el Operativo Papel Picado.

Fernández guarda un secreto que se llevará a la tumba. No lo ha dicho ni a sus hijos, ni a las mujeres que sedujo, ni a los matones que lo amenazaron.

–Hay una fórmula para hacer las películas de los billetes. Es como la cinta de un film. Nadie la sabrá. Es más probable que antes sepan la fórmula de Coca-Cola.

–¿Y si una vedette famosa se la pide a cambio de una noche de placer?

–Ni loco suelto prenda. En todas las prisiones por las que pasé tampoco me sacaron nada. A los presos les pintaba cuadros a cambio de protección.

–¿Y si un pelotón de matones le apunta con sus armas para que revele el secreto?

–La fórmula muere conmigo. A lo sumo se la dejo a mis hijos como testamento. Igual con la fórmula sola no se hace nada. También hace falta talento y pulso.

–¿Cómo logra que sus billetes falsos huelan como los verdaderos?

–Les pongo grasa de cerdo.

Me encontré con Fernández varias veces más: una mañana me lo crucé por la calle cuando volvía de comprar bombachas en Once. Las conseguía a 7 pesos y las vendía a 15 en cabarets o en peluquerías de José C. Paz. A veces lograba manosear alguna nalga, con la excusa de probar el producto que vendía.

Una tarde, mientras tomábamos un café en Corrientes y Esmeralda, me hizo una propuesta insólita:

–Usted, queridísimo, tiene que dejarse de joder. Laburar como un oficinista es un suicidio. Disfrute de la vida –me dijo.

Después clavó sus dos dientes de conejo en una masita fina de dulce de leche:

–Le voy a hacer una propuesta que espero no tome a mal. ¿No le gustaría darme una mano con los billetitos? –dijo el falsificador. Reí porque pensé que me estaba cargando. Dejamos el tema ahí. Él pagó la cuenta, piropeó a la moza y caminó hasta Retiro para tomarse el tren a José C. Paz.

Lo volví a ver otra tarde, en el mismo café. Me había citado para que le llevara un par de diarios donde salió publicada la primera entrevista que le hice. Pidió un plato de tallarines y un vino de la casa. En el medio de la charla, apareció un abogado regordete e inescrupuloso cuyo nombre no revelaré y mantendré en secreto de la misma forma en que Fernández mantiene su fórmula bajo siete llaves. Los dos hablaron de volver a falsificar en una quinta del norte, de una importación de papel moneda de Paraguay, de la cifra que hacía falta para arrancar, del tiempo que llevaría falsificar un millón de dólares. Inventé un llamado para salir de ese lugar, les di la mano y me fui a paso apurado. Sin querer, me había convertido en testigo de la planificación de un delito, aunque por después supe que todo quedó en la nada.

Pasaron los días y traté de mantenerme distante de Fernández. No lo llamé ni él me llamó. Por ese tiempo lo imaginaba encerrado en su casa, casi en penumbras, con la radio de fondo, comiendo una picada sobre un mantel florido de plástico, al lado de su atrevido gato Fellini y con el saco en cuadrillé puesto. A veces pensaba en el viejo y me daba lástima. Pero por otro lado, su soledad parecía merecida: lo habían dejado su esposa, sus hijos y hasta su amante. El viejo insistía en falsificar dólares. Era como si sus reiteradas caídas lo impulsaran a seguir cayendo una y otra vez.

Un día, me llamó para contarme que unos tipos le habían usurpado la casa y lo obligaban a falsificar. Lloraba como un marrano. Hasta intentó entregarse a la Justicia de San Martín porque pensó que preso iba a estar a salvo.

Pasaron cinco meses y no volví a tener noticias de Fernández. Supuse que su repentina ausencia se debía a dos motivos: estaba detenido o se había recluido para falsificar billetes. Pero no había pasado nada de eso. El viejo reapareció una noche. Me llamó desde un teléfono público y lo invité a cenar. Nos encontramos en Avenida de Mayo y Piedras. Fernández estaba parado en la esquina. Lucía un sombrero bombín y un saco negros, un pantalón gris y mocasines marrones. Miraba para los costados, detrás de sus lentes culo de botella. Sin dudas, el viejo estaba hecho de paciencia. Llevaba una hora esperándome, pero no se daba por vencido. Ya había pasado otras veces: lo citaba en una esquina y por una cosa u otra siempre me demoraba. Podía caer dos horas más tarde, pero él siempre esperaba, en una esquina cualquiera, a veces con un maletín o apoyado en un poste de luz, cruzado de brazos.

–Fernández, usted no puede seguir viviendo así como un linyera –le dije después de verlo con un pulóver de McDonald’s que le habían regalado en un local cuando fue a pedir comida.

–Voy a salir de pobre cuando vuelva a hacer los papelitos. La plata es tan importante como una linda mujer, las dos cosas van de la mano –sentenció.

Antes de irse, dijo:

–Gracias por todo lo que hace por mí. ¿No tendría diez pesitos? Así mañana me compro un sanguchito.

Saqué 20 pesos arrugados y se los di. El viejo los miró a trasluz en broma, como si fueran falsos, y me abrazó emocionado. Sinceramente emocionado.

–Con esto, morfo toda la semana –exageró. Luego me dio un apretón de manos y se subió al tren con destino a Moreno. Mientras el tren se alejaba, me pregunté si algún día el pobre viejo iba a ser feliz. O si volvería a ver a su familia o debía resignarse a pasar sus últimos años en una pensión de mala muerte o esperando volver a falsificar billetes, que a esta altura para él es como el que apuesta sus últimos pesos en una rifa millonaria que nunca ganará. Pero no sé qué habrá sido de la vida del insólito señor Fernández porque nunca más volví a verlo.

 Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/439/la-vida-es-una-moneda



lunes, 25 de febrero de 2013

La peor bestia de todas




El segundo mayor asesino serial de la historia podría quedar en libertad en 2015


REVISTA EL GUARDIAN > TINTA ROJA

TINTA ROJA

El colombiano Luis Alfredo Garavito Cubillos es uno de los más perversos asesinos seriales del mundo. La policía sospecha que mató a más de 200 niños. Se hacía pasar por linyera, lisiado, monje o benefactor de asociaciones solidarias. Está preso y podría salir en libertad. La historia de un hombre que al matar se mató a sí mismo.

VIERNES 22.02.2013 - EDICIÓN N ° 106


Escribe Pablo Berisso
pberisso@elguardian.com.ar

El sol acariciaba las calles de una diminuta localidad de la ciudad colombiana de Tuján. Dentro del local de videojuegos, los niños concentraban toda su atención en la partida. Un pequeño de 11 años perdió su última ficha y se retiró. Su nombre, Ronald Delgado. Un pequeño muy inteligente y estudioso. Se subió a su bicicleta y, cuando iba a su casa, un hombre con muletas se le acercó, lo engatusó y se alejaron juntos. Nunca más volvió a su hogar.

Luego de caminar un buen rato, el hombre rengo –que hacía unos días había llegado a la ciudad– comenzó su macabro trabajo. Ató al niño, lo desnudó y abusó de él. Mientras tanto, lo golpeaba, pateaba e insultaba con rudeza en la cara, el estómago y las costillas. Los llantos del pequeño se perdían en la inmensidad de la desolación del lugar. Antes de irse, el hombre deslizó el filo de su cuchillo sobre la garganta del chico hasta decapitarlo. El segundo mayor asesino serial de la historia, el colombiano Luis Alfredo Garavito Cubillos, culminaba la obra macabra por la que hoy está cumpliendo una condena. Aunque para él, Ronald apenas fue uno más entre los más de 170 niños por los que la Justicia colombiana lo sigue investigando.

“La mayoría de las heridas que tenía (Ronald) eran de arma blanca con hoja delgada (un cuchillo cualquiera). Estaba muy golpeado y todas las heridas fueron vitales. El niño estaba vivo cuando se las propinaron, incluso la herida de la decapitación era vital”, relató la médica forense que realizó la autopsia, María Eugenia Botero, a la revista Gatopardo. Una descripción que se repite en cada uno de los 114 cuerpos encontrados, una fracción de los 142 que confesó “La Bestia” haber asesinado (en realidad se calcula que mató a cerca de 200), y por los que el 30 de octubre de 1999 la Justicia lo condenó a 52 años de prisión.

La infancia que le tocó vivir a Garavito no es muy diferente a la del resto de los asesinos seriales del mundo. Nació el 25 de enero de 1957 en Génova Quindío, un pequeño municipio colombiano de unos 10 mil habitantes. Es el mayor de siete hermanos. Desde pequeño se vio obligado a convivir con los reiterados maltratos de su padre, quién más de una vez arrastró de los pelos por la casa a su madre. “Me pegaban y nadie me quería”, llegó a confesar Garavito. Por su rebeldía, el padre lo echó de su casa varias veces. La última, a los 16, cuando se fue para nunca más volver.

A los 12 años fue abusado sexualmente por dos hombres, uno muy amigo de su padre, y, unos años más tarde, por un cura. Pero –asegura– jamás por su padre. Para los investigadores, los abusos habrían marcado duramente la vida de Garavito. Quizás, esa infancia tan cruda fue la que lo llevó a tomar la decisión de que sus víctimas tuvieran entre 6 y 16 años de edad.

Su vida continuó su curso. Terminó la escuela primaria en el Instituto Agrícola de Ceilán, en las cercanías del valle de Tuluá, y luego realizó algunos estudios de mercado. La Bestia Garavito, también conocido como “Alfredo Salazar”, “Bonifacio Morera Liscano”, “el loco”, “tribilín”, “Goofy”, “conflicto”, “el cura”, “el sacerdote”, intentó llevar una vida normal. Consiguió trabajo como ayudante en una caja de compensación, luego fue empleado en una cadena de almacenes, fue panadero, tuvo una heladería, administró restoranes y bares. Pero con la llegada del alcohol a su vida todo cambió. Se convirtió en alcohólico y sus explosiones de ira lo llevaban a golpear a sus compañeros y a enfrentarse con sus jefes. El resultado: buscarse la vida en la calle. Allí se despertó la bestia.

Cuando se vio dominado por el alcohol y sintió que su vida se derrumbaba, acudió en busca de ayuda profesional. Recibió un tratamiento psicológico durante cinco años en una clínica en Manizales. Pero, al poco tiempo de salir, la bestia se despertó con más fura y comenzó sus crueles matanzas.

Garavito comenzó a hacerse pasar por vendedor ambulante, monje, indigente, discapacitado y representante de fundaciones ficticias a favor de niños y ancianos. Se enfocó en niños en situación de vulnerabilidad social (pobres, de la calle, abandonados o maltratados) y en 1992 inició su carrera criminal. En apenas siete años confesó haber cometido 142 crímenes (aunque se estipula que el número asciende a 200).

Los cuerpos policiales de 11 departamentos colombianos tuvieron que ver los cuerpos de algunos de sus niños desmembrados, abusados y brutalmente golpeados. Departamentos completamente tranquilos en los que no solía pasar mucho más que alguna pelea de borrachos se encontraron ante el accionar de un macabro psicópata que, según declaró, actuaba poseído. “Sentía un impulso. Los hechos sucedían de repente. Lo hacía sin querer”, aseguró Garavito. Sostuvo ante la Justicia que no veía la forma de salirse y que cada vez que ingería licor se transformaba todo su ser. “Cada vez que yo tomaba me daba por ir a buscar a un niño, hacerle lo que a mí me hicieron y luego matarlo”, declaró.

Como todo asesino serial, actuaba siempre dentro de los mismos patrones. Frecuentaba parques infantiles, centros deportivos, terminales de transporte, mercados y barrios marginales. Buscaba niños de entre 6 y 16 años, de bajo nivel socioeconómico, pero que para él fueran agradables físicamente. Una vez ubicada su víctima, se acercaba a ella, se presentaba, le hablaba, se ganaba su confianza, les ofrecía bebidas, dinero y los invitaba a caminar hacia sitios despoblados. Llegó a ofrecerle a dos niños dos mil pesos para que le ayudaran a buscar una vaca perdida. Siempre usaba excusas tentadoras que para chicos en extrema pobreza significaban conseguir algunas monedas.

Una vez cooptada la víctima, el asesino ataba a los niños, los desnudaba y manoseaba –mientras los pequeños rompían en llanto–. Los golpeaba, les pateaba el estómago, el pecho, la espalda y la cara; les rompía las manos a pisotones; les daba puñetazos en los riñones y les saltaba encima para romperles las costillas, mientras los estrangulaba.

Tras abusar sexualmente de sus pequeñas víctimas, sacaba un cuchillo y los mutilaba: amputaba dedos y manos, les sacaba ojos, cercenaba orejas, mutilaba sus genitales. Por último, les cortaba las cabezas. En muchos de los casos se descubrió que los cortes y mutilaciones los realizaba mientras los niños estaban con vida.

Hoy, pasa sus días en la cárcel de máxima seguridad de la ciudad de Valledupar. Hoy, con 56 años, se convirtió al cristianismo y dice sentir que ya pagó. “Pedí perdón a Dios y a las víctimas, y he cumplido por lo que cometí con creces”, asegura. Se describe como un “campesino humilde”, y al mismo tiempo se compara con Hitler y Borges. Según sus abogados, este macabro personaje podría ver la libertad en 2015. De los 172 casos por los que se lo investiga, 132 tienen fallo condenatorio, que sumados dan un total de 1853 años y nueve días de prisión. Pero para la Justicia local las penas no son acumulables, sino que toman la más alta. Así y todo, por las reducción de años que se le otorgan a los detenidos por estudiar y por tener un buen comportamiento, Garavito podría salir al cumplir un tercio de la condena. Los profesionales que lo analizaron aseguran que al salir volverá a matar. Por eso, con Garavito en la calle, los niños colombianos estarán en manos de Dios. O, mejor dicho, a merced de “La Bestia”.

Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/1128/la-peor-bestia-de-todas


lunes, 18 de febrero de 2013

Plata quemada


REVISTA EL GUARDIAN > TINTA ROJA

TINTA ROJA

Plata quemada
El asesinato del ingeniero bioquímico Diego Becerra dejó al descubierto la desmedida ambición criminal de una banda de poca monta. Lo prendieron fuego vivo para robarle dinero, comieron asado y fueron a bailar.

SÁBADO 18.02.2012 - EDICIÓN N ° 52


Escribe Nacho Ramírez

El ingeniero bioquímico Diego Iván Becerra tenía lo que podía llamarse una vida feliz. Iba a casarse con su novia y pensaba pagar la fiesta con una indemnización que había cobrado. Había conseguido trabajo en una empresa que explotaba un yacimiento de bentonita y los fines de semana viajaba a Malargüe, Mendoza, para visitar a su familia y a su futura mujer. Tenía 28 años y vivía en Neuquén. Lo último que se supo de él es que el sábado 20 de octubre de 2007 salió de la casa que alquilaba en el barrio Don Bosco y nunca volvió.

En la casa de sus padres esperaron su llamado. Era el Día de la Madre y era imposible que Diego no hubiese dado señales de vida. Al otro día hicieron la denuncia. Y la familia recibió otra mala noticia: a la misteriosa desaparición de Diego, se sumó un hallazgo que no daba esperanzas de encontrarlo con vida. Por la madrugada, un policía que hacía servicio adicional alerta que un  Fiat Uno blanco se prendía fuego en un canal de riego, a unos 400 metros del hipódromo neuquino.

Las pericias demostraron que el incendio se habría originado en el asiento delantero del vehículo de la víctima. El cuerpo del joven seguía sin aparecer. Se lo había tragado la tierra. Cinco días después llegó el peor de los finales. El 26 de octubre se encontró su cuerpo. Estaba a metros del kilómetro 25 de la ruta 151, cerca del ingreso al yacimiento petrolero Lindero Atravesado. Lo habían encontrado después de 20 allanamientos.

El cadáver quemado estaba semienterrado a 40 centímetros de profundidad en un pozo a medio tapar en un campo de arbustos, jarillas y una gran meseta. Según los forenses, fue brutalmente golpeado, torturado y ahorcado con un cable el mismo día que desapareció. La autopsia realizada por el reconocido forense Carlos Losada, jefe del gabinete Forense del Poder Judicial, concluyó que los asesinos se ensañaron con la víctima. “El asesinato fue brutal y sin misericordia, lo cometieron criminales torpes que tuvieron la oportunidad de retroceder y dejarlo con vida, pero no lo hicieron”, sentenció el forense.

La víctima feneció por asfixia mecánica y dos violentos ataques de estrangulamiento. Los últimos momentos de Diego fueron sangrientos y temibles: con los pies y manos atados con alambre fue calcinado vivo en pleno momento de agonía. Imaginar su muerte era lo más parecido al horror: una clara radiografía de sus verdugos y de la lucha desesperada de Diego para evitar, en vano, su inminente muerte. Su cara estaba desfigurada. Tenía quemaduras en todo su cuerpo, sobre todo en los dedos y en los pies. Los forenses creen que para evitar su identificación lo prendieron fuego vivo.

La investigación logró determinar que los matadores tenían un plan rústico y burdo: robarle la tarjeta de débito para sacarle los cuatro mil dólares que la víctima tenía por haber sido indemnizado en su anterior empleo. Era el dinero que iba a usar para la fiesta de casamiento y la luna de miel.

Los detectives detuvieron a Lino Manuel Rodríguez, de 21 años, y Nicolás Saso, de 18, que fueron los desprolijos y despiadados asesinos. La noche del crimen, antes y después del ataque de furia homicida, los chacales neuquinos pasaron por la casa de un joven para organizar una cena. Los malandras dejaron la casa para ir a comprar supuestamente carne. El asesinato estaba planeado burdamente. Luego del macabro homicidio los malhechores actuaron con sangre fría, como si no hubiese pasado nada: comieron asado en un boliche y se fueron a dormir cometiendo la torpeza de dejar un bolso con elementos personales de la víctima.

Antes de matar, contactaron a personas para hacer desaparecer el cuerpo a cambio de un porcentaje del botín como hicieron los asesinos de la película Pulp Fiction, de Tarantino. En una escena de ese film de culto, unos killers llaman a un tipo pesado que les ayuda a deshacerse de un cuerpo y a limpiar la sangrienta escena del crimen. Pero los pistoleros de Neuquén no tenían esa logística. Cometieron errores. Uno de ellos fue usar el celular de la víctima, y vendieron el  estéreo a un precio menor a 400 pesos. También le pidieron una pala a un vecino que declaró tiempo después. La herramienta había sido encontrada en el Fiat Uno quemado.

Según los jueces de la Primera Cámara en lo Criminal de Neuquén, al dictar la sentencia condenatoria de 2008, quedó acreditado que Rodríguez fue hasta la casa de Becerra acompañado por David Chávez. Sabían que Becerra había cobrado una indemnización porque eran compañeros de trabajo. Los homicidas le exigieron la tarjeta de débito y lo agarraron del cuello. Becerra tomó un cuchillo y le cortó la cara a Rodríguez. Chávez lo desarmó, Rodríguez siguió apretándole el cuello a la víctima hasta que se desvaneció.

Luego de inmovilizarlo lo subieron al coche de la víctima hasta el descampado de la Planicie Banderita: Becerra seguía vivo. Cavaron un pozo, tiraron a Becerra, tiraron nafta y prendieron un fósforo. Después lo enterraron a medias. Los jueces del caso concluyeron que Rodríguez estranguló a la víctima hasta dejarla en estado de agonía para luego rociarla con nafta.

Rodríguez fue condenado en diciembre de 2008 a prisión perpetua, al encontrarlo culpable de homicidio con alevosía en concurso real con robo simple agravado, calificación prevista en el artículo 80 inciso 2 del Código Penal.

Saso se quebró y confesó en los alegatos. Igualmente fue condenado a 15 años de prisión por ser partícipe secundario del hecho. El tercer joven, Chávez, fue juzgado en un segundo juicio: fue declarado penalmente responsable del delito de homicidio doblemente calificado por alevosía y criminis causa, en calidad de partícipe necesario. Saso reconoció claramente ante el tribunal que Chávez también participó antes y después del homicidio.

La familia de Diego Becerra, desolada, espera que la Justicia revea en casación el fallo que no condenó a Chávez, por entonces menor de edad. La querella solicitó cadena perpetua y aunque la Justicia lo encontró responsable de haber participado en el asesinato, no se aplicó penas pese a que quedó demostrado en el expediente su activa participación en el atroz crimen del ingeniero.

“Tuvo una participación protagónica no sólo en el ocultamiento posterior, sino en la coautoría del homicidio”, sostuvo el abogado de la querella, Marcelo Hertzriken Velasco al inicio del juicio. Para la familia de Becerra, Chávez merecía un castigo mayor, teniendo en cuenta la crueldad y la ferocidad de las acciones perpetradas por los chacales de Neuquén que luego de matar comieron asado y bailaron a sangre fría. Como si nada.

Fuente:http://elguardian.com.ar/nota/revista/470/plata-quemada
  

lunes, 11 de febrero de 2013

El placer de matar

Alyssa Bustamante (18) estranguló y acuchilló a una nena de 9 en los Estados Unidos


Revista El Guardian > Tinta Roja

Tinta roja

 “Acabo de matar a alguien, es increíble”, escribió en su diario íntimo Alyssa Bustamante, la muchacha de 18 años que estranguló y acuchilló a una nena de 9 en los Estados Unidos. El recuerdo del Petiso Orejudo.

 

Escribe Javier Sinay

“I’ am the future of cute!”, proclama desde su remera Alyssa Bustamante. Hello Kitty, bajo sus urgentes ojos verdes. Un flashazo en plano picado, la típica autofoto y listo: Alyssa, la adolescente atormentada de Saint Martins (un suburbio de Jefferson City, en un estado perdido del polvoriento medio oeste americano) ya tiene una imagen nueva para su perfil de Facebook. A los 15 años, Alyssa es más niña que mujer. Todavía se divierte con sus hermanitos –y en especial con los mellizos, con quienes grabó unos videos en los que los sometió a una sesión de voltaje con el alambre electrificado del patio trasero– y a veces juega, incluso, con su vecinita Elizabeth, de 9. A Alyssa le gusta pintarse las uñas de varios colores y aparte de su remera de Hello Kitty tiene una de El extraño mundo de Jack con la que se siente cómoda. Es una emo decidida y piensa que Tim Burton, el director, se la llevaría a Hollywood si la viera. O volvería a filmar su última película, Alicia en el país de las maravillas, y ahora sería “Alyssa” en vez de “Alicia”. Pero Tim Burton está lejos de Saint Martin, lejos del medio oeste y lejos de sus blancos empobrecidos –white trash, que les dicen.

Un día, Alyssa convence a su vecinita Elizabeth para ir a jugar al bosque. Es el otoño de 2009. Las ojas caen, cubren con un manto dorado la tierra y envuelven el hoyo que la teenager cavó una semana atrás –y que no es el primero: a Alyssa le gusta cavar tumbas. La niña Elizabeth se adentra en el bosque encantado sin darse cuenta de que, esta vez, los ojos verdes de Alyssa están rojos, como si el flashazo de Facebook no acabara. Y no están rojos por el llanto de una madre que se fue hace tiempo y que nunca volvió, o por el de un padre que pasó varios años tras las rejas; ni están rojos por la propia depresión, a sabiendas de que una vida de mierda siempre será una vida de mierda y de que bien vale la pena acabar con ella cuanto antes, incluso a los 13 años, cortándose las venas mientras los vecinos salen a festejar el Labor Day.

Nada de eso: el Prozac barrió con toda esa basura. Se la llevó con la ayuda de un diario íntimo que sirve para la catarsis. Esta vez, los ojos pícaros de Alyssa brillan rojos porque quiere probar algo nuevo. Entre sus ropas lleva un cuchillo. Una vez escuchó una canción –un MP3 de alguna de esas bandas que ahora le gustan– que decía que el primer crimen era como el primer amor. Y en su perfil de YouTube puso, entre sus hobbies, “matar gente”. Los labios de Alyssa se secan: lo nuevo está cerca, cada vez más cerca, y el ardor interno es incontenible. A fin de cuentas, tiene 15 años. Si no prueba ahora, ¿cuándo?

Un siglo atrás no había Facebook, ni YouTube, ni autofotos, pero otro quinceañero excitado recorría el mismo camino que Alyssa: quería explorar el mundo y explorarse a sí mismo. Y cuando exploró, quiso más. Y más, y más. Luego se hizo famoso y dijeron que era un idiota mental. Que, en tanto alienado, no podía contener sus impulsos, que ni siquiera era dueño de su coraje. Que sus orejas aladas lo habían hecho malo, mucho más que el vínculo enfermo que guardaba con su padre alcohólico. Que era un petiso feo, y que aparte de feo era orejudo, y que su nombre era una cifra maldita que estaba condenada al olvido. Que Cayetano Santos Godino, el maligno, viviría en la oscura gloria y en la inquietante inmortalidad de los ángeles caídos bajo el alias de Petiso Orejudo.

En 1915 un repórter del diario La Patria degli Italiani lo entrevistó en la cárcel. Al Orejudo le adjudicaban 11 víctimas; cuatro de ellas, fatales (convenientemente estranguladas; a veces, abusadas): todas eran infantiles. El repórter le preguntó qué sentía cuando estrangulaba. “No sé… me gusta”, respondió el otro, balbuceando. “Además, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude, siento ganas de morder.”

¿Mataba por placer el quinceañero Orejudo? Muy pocos homicidas en la historia argentina han recibido este agravante en sus penas, y él pudo haber sido uno de ellos, aunque la figura legal todavía no existía. El otro, Martín Ríos –más conocido como el Tirador de Belgrano–, también fue acusado de matar por placer, aunque finalmente se retiró la figura de su expediente, pues fue declarado inimputable en una causa que todavía no está cerrada. Ríos, también un joven balbuceante, había abierto fuego con su pistola en la avenida Cabildo, en un día soleado del año 2006, hiriendo a seis personas y matando a Alfredo Marcenac, que pasaba por ahí. En 1821, el Código Penal refería a los crímenes cometidos por “impulso de perversidad brutal”, pero su definición nunca quedó del todo clara y algunos jueces preferían hablar de homicidios sin causa. En 1967 esa figura desapareció y se impuso la de “matar por placer”.

Como las hamburguesas, como los moteles de la Ruta 66, como el Labor Day y el Facebook, Alyssa Bustamante es también un producto plebeyo de la cultura americana, una asesina por naturaleza cuyo único rédito es una fama inútil que en el siglo XXI corre más rápido en la social-media que en la mass-media. Y tan yanqui es Alyssa que para entender cabalmente la confesión de su crimen vale leerla en su lengua original: “I just fucking killed someone”, escribió en su diario íntimo después de estrangular y apuñalar varias veces a su vecinita en el ocaso de un bosque silencioso. “It was ahmazing. As soon as you get over the ‘ohmygawd I can’t do this’ feeling, it’s pretty enjoyable. I’m kinda nervous and shaky though right now. Kay, I gotta go to church now… LOL!”.

El FBI –otro botón ciento por ciento americano– llegó a Saint Martin a poco de la desaparición de la niña Elizabeth, junto con la Highway Patrol. El suburbio se llenó de fisgones: eran tipos desapasionados, metódicos, adultos. Pero Alyssa, que brillaba con luz teenager, fue descubierta cuando, con sus rastrillajes técnicos, dieron con su diario mal escondido y con el cadáver semienterrado de la niña. La pequeña comunidad de bebedores empobrecidos se perturbó con el horrible descubrimiento al tiempo que Alyssa aceptaba su destino y se perdía lejos, muy lejos, tras los barrotes. “No puedo hablar con nadie, junto bronca y cuando explote… alguien va a morir”, había escrito algunos días atrás, ante el colapso de su celular.

La semana pasada, un juez de Cole County la condenó a cadena perpetua. Sólo cuando tenga 45 años podrá pedir por su libertad condicional. “Yo pienso, en cambio, que debería salir de la cárcel el mismo día que mi hija salga de la tumba”, dijo, en una rueda de prensa, la madre de su vecinita. Pero Alyssa, que a su manera es también una soñadora americana, sabe que afuera la esperan todavía muchas cosas por probar.

 http://elguardian.com.ar/nota/revista/471/el-placer-de-matar

lunes, 4 de febrero de 2013

El payaso maldito

REVISTA EL GUARDIAN > TINTA ROJA

TINTA ROJA



John Wayne Gacy parecía un gordito ejemplar. Vecino bondadoso, padre comprensivo, marido fiel y compañero solidario que hacía reír a los niños enfermos. Pero todo era una farsa: en el fondo, era un asesino serial incurable.



Escribe Pablo Berisso

Un hombre trabajador”, “una persona intachable”, “un excelente compañero” son algunas frases con las que sus amigos describían a John Wayne Gacy. Las mismas palabras con las que cualquiera de nosotros describe a un vecino ejemplar. Su bondad lo llevó a ser elegido “el hombre del año” de Chicago. Un hombre solidario, tanto que los fines de semana se disfrazaba de payaso para llevarles alegría a los chicos internados en el hospital local. Pero nadie imaginó que ese individuo obeso y simpático escondía detrás del maquillaje a un ser macabro que pasó a ser reconocido mundialmente como Pogo, el Payaso Asesino.

Gacy nació en Chicago en 1942 y creció en el seno de una familia irlandesa. Su padre era alcohólico e irritable y acostumbraba a agredir verbalmente a su esposa e hijos, al punto de que una tarde, al volver de un día de pesca, azotó al niño tras acusarlo de ser el responsable de no haber conseguido pescar nada.

De niño repartía diarios luego de cada jornada escolar. A los 11 años, mientras jugaba con unos palos, sufrió un golpe en la cabeza que le causó un coágulo que no fue descubierto hasta que cumplió los 16 y que durante esos años le produjo desmayos. Su afán era agradarle a su padre, pero nunca lo logró. Poco después comenzó a sufrir ataques cardíacos y dolores en la espalda, científicamente inexplicables, que lo acompañarían el resto de su vida.

En 1964 conoció a Marlyn Myers, hija del dueño de franquicias de Kentucky Fried Chicken. Del fruto de ese matrimonio nacieron dos hijos y Gacy devino en un próspero hombre de negocios. Vivía abocado al trabajo y los servicios comunitarios. Los traumas de su infancia parecían superados hasta que una denuncia de abuso lo puso en jaque.

Cuatro años después de su casamiento, el joven Mark Miller lo acusó de haberlo violado. La denuncia se agravó cuando el mismo joven, cuatro meses después, lo acusó de haberlo mandado a golpear. El agresor fue detenido y declaró que Gacy lo contrató para “darle una paliza a Miller”. El tribunal de Ohio lo declaró culpable por cargos de sodomía y lo condenó a 10 años de prisión. La sentencia potenció los rumores de homosexualidad de Gacy y desembocó en la separación de la pareja. Extrañamente, al año y medio fue indultado por buen comportamiento. Para el juez, John se había transformado en otra persona. Lo que no imaginó es que ese nuevo hombre era mucho peor.

Una vez en libertad y gracias a la ayuda de sus hermanas, John compró una casa en los suburbios de Chicago. Se casó con Carole Hoff, una mujer divorciada y con dos hijos chicos. La nueva esposa conocía el pasado de Gacy y confiaba en su recuperación. El gordo volvió a los negocios y logró popularidad entre sus vecinos gracias a las fiestas temáticas que hacía (de vaqueros y hawaianas). Fue vocal del partido demócrata local, donde se fotografió con la mujer que se convertiría en la primera dama estadounidense, Rosalynn Smith Carter, quien le dedicó la foto de puño y letra: “Para John Gacy los mejores deseos”. Los fines de semana, maquillado y vestido de payaso, recorría los hospitales y hacía reír a los niños enfermos. Se hacía llama Pogo.

De a poco, el carácter de Gacy comenzó a mutar. Las discusiones en el hogar se incrementaron y ya no deseaba a su mujer. Ella se preocupó cuando descubrió revistas pornográficas gay. Gacy le confesó que prefería a los hombres y que por eso se rodeaba de jovencitos. Se separaron.

Poco después, la madre de Robert Piest (15) denunció la desaparición de su hijo. El caso cayó en manos del teniente Kozenczak del Departamento de Policía de Des Plaines. Entre las cosas de la víctima, el agente encontró un papel con el teléfono de Gacy y lo llamó. El sospechoso se presentó en la comisaría al día siguiente. Para entonces, el teniente tenía los antecedentes del payaso del pueblo, sentenciado e indultado por abusar de un menor. Gacy negó cualquier relación con Piest, pero la policía quiso allanar su casa. Los vecinos no aguantaban el fuerte hedor que había en el jardín de Gacy. Al llegar a la casa, los oficiales siguieron el olor hasta el sótano. Allí encontraron tres cuerpos y un arsenal de herramientas de tortura.

El amado payaso de los niños enfermos fue arrestado y a los pocos días confesó 33 crímenes y entregó un plano en el que indicaba en qué parte del jardín de su casa estaban enterrados los cadáveres. Sus víctimas eran hombres y niños de entre 7 y 26 años.

Una de las pocas víctimas que pudo atestiguar en contra del asesino serial fue Jeffrey Rignall. La madrugada del 22 de mayo de 1978, Gacy recorría las calles y a lo lejos vio a un joven. El frío del invierno azotaba. John detuvo el auto e invitó a Rignall a llevarlo. El muchacho aceptó y subió al auto sin imaginar lo que le esperaba. Gacy se abalanzó sobre la víctima y le cubrió las fosas nasales con un pañuelo impregnado en cloroformo. Rignall quedó inconsciente y al despertar se encontró desnudo, atado a la pared de un sótano y con el secuestrador parado frente suyo, sin ropas y exhibiendo una mesa llena de aparatos sexuales y de tortura.

Gacy se pasó toda la noche mostrándole a Rignall, en sus propias carnes, el dolor que podían producir sus herramientas, el mismo método que había utilizado con todas sus víctimas. A la mañana  siguiente, el joven torturado despertó bajo una estatua del Lincoln Park de Chicago, vestido, lleno de heridas y con el hígado dañado por el cloroformo. Traumatizado, pero vivo. Rignall tuvo la suerte de ser una de las pocas víctimas que escaparon a la muerte. Cometió un asesinato cada dos meses. A algunas de sus víctimas las metía en la bañera, les tapaba la cabeza con una bolsa y las revivía para seguir torturándolas.

El macabro caso de Gacy inspiró películas como It (basada en la novela de Stephen King) y Gacy, el payaso asesino.

Durante el juicio, Gacy aseguró que existían cuatro John: el contratista, el payaso, el vecino y el asesino, y respondía con las palabras de uno y de otro. Pero su alegato de insanidad no funcionó. John confesó que antes de enterrarlos guardaba los cadáveres debajo de su cama o en el ático. Fue condenado a la pena de muerte.

En la cárcel dedicó su tiempo a pintar, principalmente imágenes de payasos, y sus obras han llegado a venderse hasta 300 mil dólares. Uno de los compradores fue el cineasta John Waters, que colgó la pintura en la habitación de huéspedes de su casa, para que “las visitas no se queden demasiado tiempo”.

El 10 de mayo de 1994, el impredecible John Wayne Gacy recibió la inyección letal. Sus últimas palabras fueron a uno de los guardias que lo acompañaba. Lo miró fijo, con frialdad, y disparó: “Bésame el culo”. 


 http://elguardian.com.ar/nota/revista/495/el-payaso-maldito