lunes, 11 de febrero de 2013

El placer de matar

Alyssa Bustamante (18) estranguló y acuchilló a una nena de 9 en los Estados Unidos


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Tinta roja

 “Acabo de matar a alguien, es increíble”, escribió en su diario íntimo Alyssa Bustamante, la muchacha de 18 años que estranguló y acuchilló a una nena de 9 en los Estados Unidos. El recuerdo del Petiso Orejudo.

 

Escribe Javier Sinay

“I’ am the future of cute!”, proclama desde su remera Alyssa Bustamante. Hello Kitty, bajo sus urgentes ojos verdes. Un flashazo en plano picado, la típica autofoto y listo: Alyssa, la adolescente atormentada de Saint Martins (un suburbio de Jefferson City, en un estado perdido del polvoriento medio oeste americano) ya tiene una imagen nueva para su perfil de Facebook. A los 15 años, Alyssa es más niña que mujer. Todavía se divierte con sus hermanitos –y en especial con los mellizos, con quienes grabó unos videos en los que los sometió a una sesión de voltaje con el alambre electrificado del patio trasero– y a veces juega, incluso, con su vecinita Elizabeth, de 9. A Alyssa le gusta pintarse las uñas de varios colores y aparte de su remera de Hello Kitty tiene una de El extraño mundo de Jack con la que se siente cómoda. Es una emo decidida y piensa que Tim Burton, el director, se la llevaría a Hollywood si la viera. O volvería a filmar su última película, Alicia en el país de las maravillas, y ahora sería “Alyssa” en vez de “Alicia”. Pero Tim Burton está lejos de Saint Martin, lejos del medio oeste y lejos de sus blancos empobrecidos –white trash, que les dicen.

Un día, Alyssa convence a su vecinita Elizabeth para ir a jugar al bosque. Es el otoño de 2009. Las ojas caen, cubren con un manto dorado la tierra y envuelven el hoyo que la teenager cavó una semana atrás –y que no es el primero: a Alyssa le gusta cavar tumbas. La niña Elizabeth se adentra en el bosque encantado sin darse cuenta de que, esta vez, los ojos verdes de Alyssa están rojos, como si el flashazo de Facebook no acabara. Y no están rojos por el llanto de una madre que se fue hace tiempo y que nunca volvió, o por el de un padre que pasó varios años tras las rejas; ni están rojos por la propia depresión, a sabiendas de que una vida de mierda siempre será una vida de mierda y de que bien vale la pena acabar con ella cuanto antes, incluso a los 13 años, cortándose las venas mientras los vecinos salen a festejar el Labor Day.

Nada de eso: el Prozac barrió con toda esa basura. Se la llevó con la ayuda de un diario íntimo que sirve para la catarsis. Esta vez, los ojos pícaros de Alyssa brillan rojos porque quiere probar algo nuevo. Entre sus ropas lleva un cuchillo. Una vez escuchó una canción –un MP3 de alguna de esas bandas que ahora le gustan– que decía que el primer crimen era como el primer amor. Y en su perfil de YouTube puso, entre sus hobbies, “matar gente”. Los labios de Alyssa se secan: lo nuevo está cerca, cada vez más cerca, y el ardor interno es incontenible. A fin de cuentas, tiene 15 años. Si no prueba ahora, ¿cuándo?

Un siglo atrás no había Facebook, ni YouTube, ni autofotos, pero otro quinceañero excitado recorría el mismo camino que Alyssa: quería explorar el mundo y explorarse a sí mismo. Y cuando exploró, quiso más. Y más, y más. Luego se hizo famoso y dijeron que era un idiota mental. Que, en tanto alienado, no podía contener sus impulsos, que ni siquiera era dueño de su coraje. Que sus orejas aladas lo habían hecho malo, mucho más que el vínculo enfermo que guardaba con su padre alcohólico. Que era un petiso feo, y que aparte de feo era orejudo, y que su nombre era una cifra maldita que estaba condenada al olvido. Que Cayetano Santos Godino, el maligno, viviría en la oscura gloria y en la inquietante inmortalidad de los ángeles caídos bajo el alias de Petiso Orejudo.

En 1915 un repórter del diario La Patria degli Italiani lo entrevistó en la cárcel. Al Orejudo le adjudicaban 11 víctimas; cuatro de ellas, fatales (convenientemente estranguladas; a veces, abusadas): todas eran infantiles. El repórter le preguntó qué sentía cuando estrangulaba. “No sé… me gusta”, respondió el otro, balbuceando. “Además, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude, siento ganas de morder.”

¿Mataba por placer el quinceañero Orejudo? Muy pocos homicidas en la historia argentina han recibido este agravante en sus penas, y él pudo haber sido uno de ellos, aunque la figura legal todavía no existía. El otro, Martín Ríos –más conocido como el Tirador de Belgrano–, también fue acusado de matar por placer, aunque finalmente se retiró la figura de su expediente, pues fue declarado inimputable en una causa que todavía no está cerrada. Ríos, también un joven balbuceante, había abierto fuego con su pistola en la avenida Cabildo, en un día soleado del año 2006, hiriendo a seis personas y matando a Alfredo Marcenac, que pasaba por ahí. En 1821, el Código Penal refería a los crímenes cometidos por “impulso de perversidad brutal”, pero su definición nunca quedó del todo clara y algunos jueces preferían hablar de homicidios sin causa. En 1967 esa figura desapareció y se impuso la de “matar por placer”.

Como las hamburguesas, como los moteles de la Ruta 66, como el Labor Day y el Facebook, Alyssa Bustamante es también un producto plebeyo de la cultura americana, una asesina por naturaleza cuyo único rédito es una fama inútil que en el siglo XXI corre más rápido en la social-media que en la mass-media. Y tan yanqui es Alyssa que para entender cabalmente la confesión de su crimen vale leerla en su lengua original: “I just fucking killed someone”, escribió en su diario íntimo después de estrangular y apuñalar varias veces a su vecinita en el ocaso de un bosque silencioso. “It was ahmazing. As soon as you get over the ‘ohmygawd I can’t do this’ feeling, it’s pretty enjoyable. I’m kinda nervous and shaky though right now. Kay, I gotta go to church now… LOL!”.

El FBI –otro botón ciento por ciento americano– llegó a Saint Martin a poco de la desaparición de la niña Elizabeth, junto con la Highway Patrol. El suburbio se llenó de fisgones: eran tipos desapasionados, metódicos, adultos. Pero Alyssa, que brillaba con luz teenager, fue descubierta cuando, con sus rastrillajes técnicos, dieron con su diario mal escondido y con el cadáver semienterrado de la niña. La pequeña comunidad de bebedores empobrecidos se perturbó con el horrible descubrimiento al tiempo que Alyssa aceptaba su destino y se perdía lejos, muy lejos, tras los barrotes. “No puedo hablar con nadie, junto bronca y cuando explote… alguien va a morir”, había escrito algunos días atrás, ante el colapso de su celular.

La semana pasada, un juez de Cole County la condenó a cadena perpetua. Sólo cuando tenga 45 años podrá pedir por su libertad condicional. “Yo pienso, en cambio, que debería salir de la cárcel el mismo día que mi hija salga de la tumba”, dijo, en una rueda de prensa, la madre de su vecinita. Pero Alyssa, que a su manera es también una soñadora americana, sabe que afuera la esperan todavía muchas cosas por probar.

 http://elguardian.com.ar/nota/revista/471/el-placer-de-matar

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