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sábado, 7 de marzo de 2015
domingo, 25 de enero de 2015
Fragmento de Todo queda en familia de Ezequiel Dellutri
Ezequiel Dellutri
Gillette 1
Todo queda en familia
Primer día: lunes 9 de julio
Me llevan preso injustamente
Las hamacas se movían con lentitud. Eran tres personas y ya desde lejos daban la impresión de ser una familia.
No sé por qué me acerqué. Lo usual hubiese sido que me quedase parado en la esquina esperando a que mi perro salchicha terminara con lo suyo para volver a casa y continuar con la rutina.
Habrá sido que, aunque las hamacas oscilaban con suavidad, registré cierto estatismo que dotaba a la escena de un aire irreal. O tal vez era por el frío; dos grados bajo cero no es la mejor temperatura para salir a la plaza. Como dije, me acerqué y ahí estaban los tres: la mujer de la mano del hombre, el chico de no más de seis años. Los tres, con la cabeza inclinada hacia el suelo el suelo.
Estaban muertos. Alguien les había disparado en la nuca.
Cuando la policía llegó a la plaza León Gallardo, yo ya estaba de vuelta en el lugar.
—Nadie tocó nada o, al menos, eso creo —le dije a un oficial flaco y de aspecto agotado. —No tenía carga en el celular, así que me fui a llamarlos por teléfono y volví enseguida.
El policía me miró de arriba a abajo; lo que llevó su tiempo porque soy muy grandote, casi un gigante. En la expresión de su rostro, percibí que mi presencia no le gustaba. Era 9 de Julio, feriado patrio, así que casi nadie trabajaba. Creo que, en ese momento, el oficial odiaba a todo el mundo: a su jefe por darle aquella guardia, a mí por haber llamado, al asesino por no haber ocultado mejor los cadáveres, a los muertos por estar bien muertos.
Como siempre, decidí contraatacar:
—La escena del crimen no sufrió ningún tipo de alteración —espeté.
El oficial volvió a mirarme, ya no con fastidio sino con odio. No pudo contenerse y me escupió todo su mal humor junto con un vaho vaporoso:
—¿Y vos quién carajo sos?
Un oficial de policía no debería utilizar malas palabras para referirse a un simple ciudadano que no hace más que cumplir con su deber, así que tomé aire y contesté:
—El que se cogió a tu hermana, boludo.
Las réplicas sutiles siempre fueron mi especialidad.
Ahora sé que es un mito creado para asustar a chicos bien: el calabozo no es tan incómodo como dicen. Lo que sí es verdad es que huele mal. Muy mal.
Maco vino a verme. Hace años que la conozco, y es una buena amiga, quizá la mejor que tengo. Detrás de su extrema delgadez y su aire altanero, se esconde exactamente eso: una flaca creída, pero que puede ser bastante expeditiva cuando quiere. Aunque tiene poca carne, cuando llegó, los otros presos le chiflaron como si nunca hubiesen visto a una mujer.
—¿Qué les pasa, manga de soretes mal cagados? ¿Nunca vieron una concha?— les gritó.
No sé por qué, pero se quedaron callados. Para Maco, ganarse el respeto de la gente está directamente relacionado con su capacidad de humillarlos verbalmente. Su técnica para la puteada franca y abierta roza la perfección.
Traté de darle un beso a través de la reja. Me miró con esa expresión que la gente pone cuando ve algo que, de tan estúpido, cuesta creer que sea cierto. Desistí de mis afectuosas intenciones y ella cubrió el bache:
—Buenas noticias: estuve averiguando y supongo que voy a poder sacarte de acá hoy mismo.
—No creo.
—Insultaste a un oficial en un momento de debilidad. Ni si quiera deberías estar preso.
—También al comisario. No pude contenerme—. La cabecita de Maco trataba de procesar la información, pero lo que yo había hecho estaba lejos de cualquier posible algoritmo .— Y, además, no fue en un momento de debilidad, sino de fortaleza. Hay que tener muchos huevos para rebelarse contra las instituciones.
—¿Vos viste bien a esta manga de hijos de puta? Para mí que son abortos fallidos, mirá las caras de boludo que tienen; si no te ganan te empatan, León. ¿De qué huevos me hablás? Hay que ser bien pelotudo para terminar en cana en este país de mierda.
Le hice un gesto para que bajara la voz; los demás presos habían dejado de hacer lo que estaban haciendo —rascarse las pelotas— para escuchar las impertinencias de Maco.
—Escuchame, tratá de moderarte, ¿no ves que vos te vas y yo me quedo? —susurré.
—Dale, gigantón, que a vos no te van a hacer nada. Si hasta te miran con cariño.
—Precisamente —musité ya sin muchas esperanzas. Me pregunté cómo sería escribir parado, porque sentado no iba a poder hacerlo al menos por unos meses.
—Faulkner volvió a tu casa. Lo encontré en la puerta, lloriqueando como una mariquita. Yo no sé; medís casi dos metros, tenés la espalda ancha como un colectivo 740 frontal, ¿y te comprás un perro salchicha?
—¿Qué hiciste con Faulkner?
—Lo dejé ahí.
La miré con asombro. Parecía una chica dura, pero yo sabía que en el fondo tenía sentimientos. Tenía que tenerlos, ¿no? Porque todos tienen. Se rio en mi cara y de mi cara. Cambié de tema.
—¿Sabés algo?
Me miró sin comprender.
—De los asesinatos.
Se miró las uñas perfectas. Yo la había visto y oído tocar el bajo como nadie pude hacerlo. Tomó aire y dijo:
—¿Sabés que afuera está nevando?
—¿Nevando? Esto es el Conurbano. Acá no nieva.
—Parece que pasa una vez cada no sé cuántos años. Es posible que, mientras vivas, esto no vuelva a suceder. Es el único día de tu vida que vale la pena estar en libertad, ¿te das cuenta?
—Nevando... Mi vieja siempre me decía que iba a nevar, que iba a nevar...
—No te pongas sentimental, después te muestro las fotos. A pesar de todo el quilombo que hay con esto de la nieve, no vas a creer, pero algunas cosas escuché sobre los muertos. Cuentos de viejas: que tenían que ver con la droga, que fue un ajuste de cuentas. Obviedades, la verdad. La gente está tan apelotudada que ya ni imaginación tiene.
—Como mínimo, es raro, ¿no?
—Te conozco, Simón León. ¿Vas e escribir sobre eso?
—Pensaba.
—No es mala idea. Te averiguo un poco más, si querés.
—Dale. Y fijate si me podés traer algo de comer. Lo que te dan acá parece vómito de viejo. Hasta gusto a remedio tiene.
—No sé, dicen que le ponen pastillas para bajar la libido.
—Ojalá.
No pude evitar mirar de reojo a mis compañeritos de encierro.
Me pasé el resto del día pensando en el crimen. Que había sido una ejecución, de eso no tenía dudas. Pero, ¿por qué? Y sobre todo, ¿por qué toda una familia?
Me impresionaba el chico. Que alguien sea capaz de hacerle algo a uno de nuestros pequeños nos horroriza, por más que este pequeño sea un reverendo hijo de puta. Los niños pueden ser insoportables, fascistas y prejuiciosos. Pero un niño muerto es siempre inocente ante los ojos de la sociedad.
Así que la clave de todo estaba en el chico. El crimen no era solo una ejecución, era una carta. Las estampillas, tres tiros en la nuca.
Estoy hecho un poeta, me dije.
Por la noche, mis compañeros de celda se habían ido. Pequeños ladronzuelos y borrachos impertinentes. Algunos, parecían apenados; otros, por el contrario, se veían muy cómodos, casi como en casa. Tal vez, pensé en vena izquierdista adolescente, aquel lugar era lo más parecido a un hogar que tenían. Es falso eso que dicen: los delincuentes no entran por una puerta y salen por otra. Al menos, no en la comisaría de San Miguel, que tiene una sola.
Yo seguía pensando en el crimen. Siempre había querido escribir un policial, pero la verdad es que me resultaba muy difícil, porque tengo una mente crédula y sencilla, incapaz de urdir una trama que atrape al lector. De hecho, todos mis libros anteriores son la viva prueba de mi incapacidad para lograr ese objetivo.
De manera que me acosté en el estrecho y maloliente camastro de la Primera de San Miguel pensando en una novela que comenzaría con una familia que se mecía suavemente en unas hamacas.
Ahora bien, ¿cómo continuar? Podía sencillamente inventar el resto de la historia. Lo bueno era que tenía por delante una perspectiva interesante: al menos uno o dos días libre de cualquier tipo de responsabilidad para pensar a fondo en mi historia. Por si fuera poco, en el mejor lugar para imaginar un policial: un calabozo con apenas un respiradero y un olor a mierda que fulminaba un puñado de miles de neuronas en cada inspiración.
Había algunos problemas, claro. El primero era que, si bien podía pedirle a Maco que me trajese mi cuaderno, nunca podría escribir. Alguien dentro del cuerpo de policía, no sé quién, había determinado que un sujeto como yo podía hacer daño a alguien con una simple birome. Para ser franco, nunca consideré que una lapicera pudiese ser un arma mortal, ni siquiera de manera metafórica. Para mí, la escritura siempre fue una depurada forma de cobardía. Escribir es más fácil que vivir y, sobre todo, más cómodo.
El segundo problema era que Maco me resultaba impredecible. La conocía desde hacía un tiempo y me había encariñado con ella, pero nunca sabía hasta dónde podía contar con su ayuda. A veces, resultaba increíblemente egoísta, y eso solía traerle algunos problemas; no conmigo, que siempre fui un especialista en eso de pasar por alto los defectos de los demás para que no se evidencien los propios. Entre bomberos no nos vamos a estar pisando la manguera, decía mi abuelo.
Así que lo mejor sería esperar a que la cosa se calmase y me dejasen salir para después poder pensar tranquilo en mi historia. Me dispuse a intentar dormir con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de ciudadano al visitar al menos una vez los calabozos de mi ciudad.
Segundo día: martes 10 de julio
Conozco a un tipo muy ordenado
A la mañana siguiente, me despertaron bastante temprano y no para traerme el desayuno. Un detective quería verme. Salí del calabozo sintiéndome un tipo rudo. Cuando caminábamos por uno de esos pasillos cuyas paredes están revestidas en madera de pino barnizada, el oficial que me guiaba tuvo que detenerse porque el enorme culo de una señorita en minifalda roja cubría casi la totalidad del espacio practicable. A su favor diré que era un culo como para quedarse a dormir una siesta, pero no por eso dejaba de ser un incordio para el oficial.
—Ya dije todo lo que sé —gritaba la culona a un sujeto que, supuse, estaba dentro de la oficina de la que acababa de salir—. La chica trabajaba para Iraola y ya. Podrían haberme preguntado, no mostrado esa foto horrible. Y además, venir a joderme a mi lugar de trabajo por esta mierda. Me la hacían desde el auto y ya, manga de hijos de...
—Querían verte el culo, negra —le dije guiñándole un ojo. La tipa no pudo menos que sonreír, una sonrisa de dientes asombrosamente blancos. No era fea, tampoco linda, y sin embargo, en cierto sentido, me resultó irresistible—. ¿Te trajeron por lo de las hamacas?
—Sí, por lo de Mayra Ferro, ¿viste lo que le pasó? —El oficial me miraba a mí y a ella alternativamente, como sin saber qué hacer. Por fin, desde la oficina, una voz grave y con dicción perfecta exclamó:
—Se pude retirar, señorita. Pero, por favor, no crea en las razones que acaban de darle.
Me hicieron entrar. La oficina era pequeña y regía en ella un orden monástico. Todo tenía su lugar; el hombre que escribía detrás del escritorio parecía dedicar una parte importante de su tiempo a que así fuera.
Sin levantar la vista de los papeles que estaba firmando, hizo un gesto a los oficiales, que me quitaron las esposas y se retiraron sin decir esta boca es mía.
Me quedé parado en silencio, observando cómo terminaba con su trabajo. Usaba una pluma fuente con tinta negra, todo un detalle. Cuando hubo terminado, colocó los papeles en un sobre, se puso de pie, abrió el primer cajón de un fichero de chapa y lo colocó dentro de una carpeta junto a otras, todas rigurosamente rotuladas con una caligrafía perfecta. Después, tapó la pluma, la guardó en el bolsillo interior de su saco negro y, recién entonces, se volvió hacia mí. Me tendió la mano mirándome directo a los ojos pero sin decir palabra. Después, se sentó y me invitó a que yo también lo hiciera. Sobre el escritorio, pude ver uno de esos carteles en los que se coloca el nombre y cargo de la persona que está sentada del otro lado: "Jeremías Jeremías, detective". Supuse que la reiteración era solo uno de los clásicos errores burocráticos a los que ya estamos tan acostumbrados los argentinos.
—Mi nombre es Jeremías Jeremías y soy detective. —Así que no se trata de un error, pensé, y no pude evitar sonreír. La frase había sonado extraña: primero me había aclarado que era una persona, después un policía. Eso me hizo sentir un poco más cómodo, aunque todavía estaba inhibido. La gente en extremo ordenada genera esa reacción en mí, una mezcla de admiración y envidia—. Entiendo que usted encontró a las víctimas, señor Simón León.
Asentí con la cabeza, casi sin haberlo escuchado. Estaba absorto en la contemplación de su rostro, con esa enorme nariz terminada en punta, los ojos pequeños y los rasgos angulosos de un ave de presa. El pelo color canela estaba peinado hacia atrás con gomina, lo que remarcaba su extremada delgadez.
—Lo que no logro comprender —prosiguió ante mi falta de respuesta— es por qué terminó en la cárcel.
—Desacato a la autoridad.
—Eso me han dicho. Insultó a uno de los oficiales, un hombre que solo intentaba cumplir con su trabajo. Lo que no entiendo es por qué usted, un ciudadano respetable y sin ningún tipo de antecedentes, comete una falta de este tipo.
—El oficial utilizó una expresión que consideré inapropiada, por lo que creí pertinente contestarle de la misma forma —dije la frase en el mismo tono que él había utilizado para que viera que yo también podía ser refinado cuando quería.
—¿Usted jamás dice malas palabras?
—Permanentemente. Pero si fuese un oficial en ejercicio de mis funciones, no lo haría. Fue eso lo que me molestó, nada más.
—Señor León, tal vez usted no lo sepa, pero su acto no amerita que lo hayan privado de su libertad por más de veinticuatro horas. Está siendo víctima de un apremio ilegal. Es por eso que desearía pedirle, a título personal, que decline de realizar una demanda contra el oficial.
Pensé en lo que me decía. De alguna manera, aquella conversación no era tan inocente como había creído en un principio. Jeremías Jeremías estaba tratando de situarme en un lugar del tablero, solo que yo no sabía a qué estábamos jugando, si llevaba las de perder o las de ganar, o si solo era una pieza más de una partida en la que no tenía decisión.
—Si usted no me lo decía, es posible que nunca hubiese sabido que podía demandar al oficial.
—Soy consciente de eso. Usted hubiese salido de acá dando gracias por poder caminar al aire libre. Después de todo, hay que reconocer que su comportamiento resulta al menos éticamente cuestionable.
—Entonces, ¿por qué me lo dijo? —Por primera vez esbozó una sonrisa, apenas una mueca en un rostro que no había sido fabricado para regalar simpatía. Cuando comprendí que no iba a contestarme, dije—: No iba a demandarlos antes, tampoco ahora.
El detective Jeremías Jeremías me miró sin expresar una sola emoción, como si un embalsamador repentino hubiese realizado en su cuerpo el mejor de los trabajos. Unos minutos antes, me había parecido que tenía unos cuarenta y cinco años. Ahora me daba cuenta de que debía tener mi misma edad, promediando apenas la treintena.
—Usted es escritor, señor León.
No era una pregunta, pero igual contesté:
—Ha hecho muy bien sus deberes.
Extendió su brazos en un gesto que no supe interpretar.
—Uno hace lo que puede. Sé que es escritor y que, cada tanto, redacta una nota de color para el periódico El Ombú de la Noticia.
—No se equivoca.
—Señor Simón León, desearía de todo corazón que nuestros caminos se vuelvan a cruzar, pero no por el asunto de las hamacas.
Creí entender lo que pasaba. Me gustaba aquel sujeto, porque me proponía un pacto arriesgado. No me había subestimado. Me pedía algo, pero no me amenazaba para lograrlo. Por el contrario, primero había demostrado lealtad y ahora yo me sentía comprometido a pagarle con la misma moneda.
—Usted parece ser una persona muy inteligente, detective Jeremías Jeremías. —No pude evitar una mueca al pronunciar su nombre completo—. Sin embargo, desconoce por completo los vericuetos del periodismo municipal. Acá nadie va a meterse con nadie. Detentar el cuarto poder en una ciudad pequeña como esta consiste solo en mostrarse violento cuando el oponente está en el suelo. Ahí sí, un par de patadas y a gritonear el consabido "nosotros siempre lo dijimos" que nadie se preocupará por comprobar; nuestro público es poco exigente. Nada de descubrir negociados ni de denunciar corrupción. No hay red para hacer eso. Y, además, como usted dijo: Yo hago notas de color. Pero prefiero los tonos pastel. El rojo me irrita los nervios.
—Entonces, tengo que entender que todo este asunto está terminado, ¿no es cierto?
Le estreché la mano que me tendía y salí de la comisaría dispuesto a olvidarme del tema para siempre.
Dos cuadras antes de llegar a mi casa ya había decidido que tenía que saber más sobre la familia asesinada en las hamacas.
Dormí toda la tarde. Mi cama no es muy grande, pero al menos entro de cuerpo entero sin necesidad de complejas contorsiones. En mi casa todo es viejo, tal vez porque jamás compré un mueble. Lo poco que tengo lo fui recolectado por ahí, de amigos o familiares que consideraban que sus sillas, mesas, sillones, camas, futones estaban demasiado viejos como para conservarlos. La necesidad había decidido por mí; de manera que si algo me resultaba ligeramente agradable o útil, lo llevaba a mi casa, lo arreglaba como podía y pasaba a formar parte de mi mobiliario. Algunas personas decían que aquello les gustaba, aunque yo no terminaba de creérmelo. Al menos, me dije mientras me arropaba a mí mismo con una frazada que había recogido del cesto de basura de mi madre, mi casa huele a viejo, no a mierda como el calabozo.
Cuando estaba por atardecer, me senté en mi sillón predilecto con una taza de café dispuesto a repasar lo que sabía hasta el momento. El café no se había enfriado y yo ya tenía mi resumen. Tres muertos, dos nombres: Iraola, para quien trabajaba Mayra Ferro, la mujer muerta, con bastante seguridad una prostituta. No tenía mucho más.
Tenía que averiguar un par de cosas. Muy a mi pesar, no sabía mucho sobre putas, así que tenía que conocer cómo era el movimiento en San Miguel. ¿A quién preguntar? Había muchas personas, pero de inmediato lo supe. Si ella no lo sabía, no lo sabría nadie.
Hace tiempo he decidido que mi medio de locomoción será por siempre la bicicleta. Tengo una inglesa, verde como debe ser, con freno a varilla. Solo funciona el de adelante, porque, tratando de arreglar el de atrás, falseé un tornillo y ya no pude volver a ajustarlo.
Llegué a la casa cuando era de noche. Yo sabía que ella se iba a dormir temprano, no tanto como otros de su misma estirpe, pero de seguro no tan tarde como yo. Toqué el timbre y después de unos minutos, recordé que no andaba: yo había prometido ir a arreglarlo, pero, no solo no había cumplido, sino que me había olvidado por completo. Así que palmeé un par de veces y, al rato, oí como arrastraba sus pies mientras buscaba la llave para abrir el candado.
—Hola, abuela —dije. Preferí no decirle que venía a preguntarle sobre la mafia de la prostitución en San Miguel porque, a veces, puede ser muy susceptible.
Caminamos por el largo patio hasta llegar a la habitación. Era una de esas casas muy viejas en las que las habitaciones no están conectadas entre sí, sino que para llegar a cualquier dependencia hay que atravesar un largo patio cubierto por un alero. Casas chorizo, así les dicen. Supongo que porque son alargadas y las habitaciones van una atrás de otra, pero no lo sé a ciencia cierta.
Mi abuela se sentó a la mesa. Tenía la pava y el mate listos, como si me hubiese estado esperando. Sin embargo, decliné de su oferta y le pedí café con leche. Me sonrío. Era como la pasa de uva de una pasa de uva, una enorme arruga que alguna vez fue una mujer.
—Ya saliste de la cárcel —me dijo sin mirarme. Vieja bruja, pensé, ya te enteraste.
—Sí. En realidad, fue una confusión.
Estuve a punto de preguntarle cómo lo había averiguado, pero preferí guardar silencio. Ella me miró con cara de no comprender, y yo le contesté con cara de no querer hablar más del tema. Tardó una eternidad en prepararme el café con leche; cuando lo trajo a la mesa, ya estaba frío.
Según mi experiencia, hay tres clases de ancianos: los amigables, los latosos y los hijos de puta. Mi abuela no es ni amigable ni latosa. Conozco bastante bien el protocolo para hablar con una vieja, así que me tomé el café mientras charlábamos de cualquier cosa: arrancamos por el clima, los vecinos, la familia, criticamos un poco al gobierno —solo un poco, la política es un tema escabroso— y bastante a la juventud. Por fin, dije:
—Che, vos sabés algo de una familia de acá, los Iraola, ¿puede ser?
Me miró con cara de a buen puerto fuiste por agua, como diría mi abuelo —el que estaba casado con mi abuela la latosa, no con la hija de puta— y arrancó:
—¿Si los conozco? Pero cómo no los voy a conocer. Cuando yo tenía doce o trece años, mi mamá me mandó a trabajar a una casa de familia. Tu bisabuela no me dejó estudiar, quería que trabajara, porque era muy cómoda y necesitaba que alguien le hiciera los mandados, la ayudara... No sé de dónde salí yo tan trabajadora, la verdad.
—¿Trabajaste en lo de los Iraola? —le salí al cruce, porque si no, se iba para otro tema y me dejaba con la pregunta en la boca.
—Sí, claro que sí. Tu abuela se pasó la vida trabajando, querido. —Me miró como si pensara no sé de dónde saliste vos tan vago, aunque no lo dijo—. Pero me fui.
—¿Por qué, abuela? ¿Mucho trabajo? —Tomá, ahí te la devolví.
—No, para nada. Era trabajo, pero yo al trabajo no le tengo miedo, ¿viste? Así que primero iba un par de veces por semana y, después, todos los días, porque también les lavaba la ropa. Lo dejé porque cuando la esposa se iba a hacer algún mandado, el viejo me decía cosas, ¿entendés?
—¿Cosas? ¿Cosas cómo qué? —Claro que te entiendo, vieja, pero no te la voy a dejar tan fácil.
—Nada. Propuestas. Yo era muy linda entonces, ¿sabías?
—No, pero me imagino. Con lo linda que estás ahora —bandera de rendición—. Un viejo verde, don Iraola.
—Sí, claro. Pero ahora debe estar muerto. En ese tiempo, ya se decía que andaba en algo turbio, que tenía dos o tres barcitos de mala muerte. Él nunca aparecía por ahí, pero todos comentaban que eran suyos. Tuvo un solo hijo. La mujer se murió joven, de poliomielitis creo.
—¿Y el chico? ¿Siguió con el laburo del viejo?
—Eso dicen, pero yo no sé. Ya no camino tanto, no me entero de tantas cosas. Ni me quiero enterar, la verdad.
—Y sí. Es para amargarse. Mejor no saber.
—Dicen que el hijo de don Iraola tiene tres cabarets. El de Ruta 8, Las carmelitas —qué nombre para un cabaret, si lo escuchara la madre Josefa—, uno que está ahí sobre Martínez de Hoz, Caderas creo que se llama, y uno más que creo está en León Gallardo, yendo para el lado de José C. Paz. Ese no sé cómo se llama.
Para no estar al tanto de las cosas, me pareció que sabía bastante.
—Buen tipo; le da trabajo a muchas chicas, ¿no?
—¿Buen tipo? No, si dicen que las trata mal. Igual, ellas se lo buscan, ¿a vos te parece?
—No, no me parece, la verdad. —No le aclaré qué era lo que no me parecía; preferí darle libertad de interpretación.
Siguió hablando un rato más, repitiendo todo, como hacen los viejos. No dijo mucho más, pero me indicó con bastante precisión donde vivía el hijo de Iraola, cerca de la casa de una amiga que... Bueno, acá tendría que contar la historia de la amiga, pero es irrelevante para la nuestra, así que mejor sigamos.
La casa no era fea, pero tampoco linda. Era más bien como una de esas que vienen en las revistas de decoración. Uno rompe el troquel, pega las pestañas donde corresponde y queda armada una mansión increíble, con mucho estilo y pensada hasta el mínimo detalle. A todos les gusta, pero es lo más parecido a vivir adentro de una heladera, dormir en la cubetera y cagar cubitos.
Bueno, la cuestión es que estaba por atar mi bicicleta al poste de luz —algo que entiendo uno nunca debería hacer por una cuestión de seguridad, pero a esta altura del relato ustedes comprenderán que puedo ser una persona increíblemente insegura—, cuando me di cuenta de que la puerta de la casa estaba abierta. No de par en par, pero sí abierta.
Así que agarré la cadena, me la enrollé en el brazo, me puse el candado en la otra mano a modo de manopla y me dispuse a entrar.
Sé que fue algo irresponsable. Lo correcto habría sido llamar a la policía y esperar afuera, o irme a mi casa. Pero actúe sin pensar, no porque sea una persona impulsiva, sino porque tardo bastante tiempo en procesar la información, así que tengo la tendencia no a actuar sin pensar, sino a pensar a medida que voy actuando. Parece lo mismo, pero hay diferencias radicales. Fue por eso que recién cuando estaba en el medio de la sala, sumido en la mayor de las oscuridades, me dije a mí mismo: ¿Qué hacés acá adentro, boludo? Y la respuesta que me di fue: Nada inteligente, así que mejor salí. A esta altura, ya tenía un miedo que ni te cuento. Yo sabía que en cuatro zancadas estaba al lado de la bicicleta y en dos pedaleadas llegaba a la esquina. Y, aunque toda esa información llegaba con perfecta claridad a mi cerebro, algo en mi estómago comenzó a crecer, algo muy parecido a un puño de hielo que me estrujaba la garganta desde adentro. Me di vuelta dispuesto a correr a toda máquina, pero entonces sucedió. Patiné en el suelo —ni siquiera sabía de qué material era, pero recuerdo perfectamente que imaginé porcelanato— y caí sentado al piso. Con una precisión digna de mejores causas, la puerta se abrió de par en par, la luz se encendió y dos pistolas automáticas me apuntaron justo en medio de la cejas.
—¡Qué mierda! —dijo el mismo oficial que me había detenido el día de las hamacas. Pensé que se refería a mí, aunque esta vez me equivocaba. Seguía apuntándome, pero su vista y la del otro policía se dirigían a un sitio justo detrás de mi cabeza. Me volteé para ver lo que la oscuridad me había ocultado.
Ahí estaban, reclinados uno contra otro. Esta vez eran cuatro y estaban en un sillón. Aunque tenían los rostros destrozados, no me costó darme cuenta de que dos de ellos eran adolescentes.
—No te muevas y soltá la cadena, grandote boludo, porque te juro que quedás peor que ellos.
Homicidio en primer grado. Esa fue la acusación por la que me llevaron preso la segunda vez.
Fuente:http://www.bn.gov.ar/abanico/C14-12/Dellutri-familia.htm
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Todo queda en familia
Primer día: lunes 9 de julio
Me llevan preso injustamente
Las hamacas se movían con lentitud. Eran tres personas y ya desde lejos daban la impresión de ser una familia.
No sé por qué me acerqué. Lo usual hubiese sido que me quedase parado en la esquina esperando a que mi perro salchicha terminara con lo suyo para volver a casa y continuar con la rutina.
Habrá sido que, aunque las hamacas oscilaban con suavidad, registré cierto estatismo que dotaba a la escena de un aire irreal. O tal vez era por el frío; dos grados bajo cero no es la mejor temperatura para salir a la plaza. Como dije, me acerqué y ahí estaban los tres: la mujer de la mano del hombre, el chico de no más de seis años. Los tres, con la cabeza inclinada hacia el suelo el suelo.
Estaban muertos. Alguien les había disparado en la nuca.
Cuando la policía llegó a la plaza León Gallardo, yo ya estaba de vuelta en el lugar.
—Nadie tocó nada o, al menos, eso creo —le dije a un oficial flaco y de aspecto agotado. —No tenía carga en el celular, así que me fui a llamarlos por teléfono y volví enseguida.
El policía me miró de arriba a abajo; lo que llevó su tiempo porque soy muy grandote, casi un gigante. En la expresión de su rostro, percibí que mi presencia no le gustaba. Era 9 de Julio, feriado patrio, así que casi nadie trabajaba. Creo que, en ese momento, el oficial odiaba a todo el mundo: a su jefe por darle aquella guardia, a mí por haber llamado, al asesino por no haber ocultado mejor los cadáveres, a los muertos por estar bien muertos.
Como siempre, decidí contraatacar:
—La escena del crimen no sufrió ningún tipo de alteración —espeté.
El oficial volvió a mirarme, ya no con fastidio sino con odio. No pudo contenerse y me escupió todo su mal humor junto con un vaho vaporoso:
—¿Y vos quién carajo sos?
Un oficial de policía no debería utilizar malas palabras para referirse a un simple ciudadano que no hace más que cumplir con su deber, así que tomé aire y contesté:
—El que se cogió a tu hermana, boludo.
Las réplicas sutiles siempre fueron mi especialidad.
Ahora sé que es un mito creado para asustar a chicos bien: el calabozo no es tan incómodo como dicen. Lo que sí es verdad es que huele mal. Muy mal.
Maco vino a verme. Hace años que la conozco, y es una buena amiga, quizá la mejor que tengo. Detrás de su extrema delgadez y su aire altanero, se esconde exactamente eso: una flaca creída, pero que puede ser bastante expeditiva cuando quiere. Aunque tiene poca carne, cuando llegó, los otros presos le chiflaron como si nunca hubiesen visto a una mujer.
—¿Qué les pasa, manga de soretes mal cagados? ¿Nunca vieron una concha?— les gritó.
No sé por qué, pero se quedaron callados. Para Maco, ganarse el respeto de la gente está directamente relacionado con su capacidad de humillarlos verbalmente. Su técnica para la puteada franca y abierta roza la perfección.
Traté de darle un beso a través de la reja. Me miró con esa expresión que la gente pone cuando ve algo que, de tan estúpido, cuesta creer que sea cierto. Desistí de mis afectuosas intenciones y ella cubrió el bache:
—Buenas noticias: estuve averiguando y supongo que voy a poder sacarte de acá hoy mismo.
—No creo.
—Insultaste a un oficial en un momento de debilidad. Ni si quiera deberías estar preso.
—También al comisario. No pude contenerme—. La cabecita de Maco trataba de procesar la información, pero lo que yo había hecho estaba lejos de cualquier posible algoritmo .— Y, además, no fue en un momento de debilidad, sino de fortaleza. Hay que tener muchos huevos para rebelarse contra las instituciones.
—¿Vos viste bien a esta manga de hijos de puta? Para mí que son abortos fallidos, mirá las caras de boludo que tienen; si no te ganan te empatan, León. ¿De qué huevos me hablás? Hay que ser bien pelotudo para terminar en cana en este país de mierda.
Le hice un gesto para que bajara la voz; los demás presos habían dejado de hacer lo que estaban haciendo —rascarse las pelotas— para escuchar las impertinencias de Maco.
—Escuchame, tratá de moderarte, ¿no ves que vos te vas y yo me quedo? —susurré.
—Dale, gigantón, que a vos no te van a hacer nada. Si hasta te miran con cariño.
—Precisamente —musité ya sin muchas esperanzas. Me pregunté cómo sería escribir parado, porque sentado no iba a poder hacerlo al menos por unos meses.
—Faulkner volvió a tu casa. Lo encontré en la puerta, lloriqueando como una mariquita. Yo no sé; medís casi dos metros, tenés la espalda ancha como un colectivo 740 frontal, ¿y te comprás un perro salchicha?
—¿Qué hiciste con Faulkner?
—Lo dejé ahí.
La miré con asombro. Parecía una chica dura, pero yo sabía que en el fondo tenía sentimientos. Tenía que tenerlos, ¿no? Porque todos tienen. Se rio en mi cara y de mi cara. Cambié de tema.
—¿Sabés algo?
Me miró sin comprender.
—De los asesinatos.
Se miró las uñas perfectas. Yo la había visto y oído tocar el bajo como nadie pude hacerlo. Tomó aire y dijo:
—¿Sabés que afuera está nevando?
—¿Nevando? Esto es el Conurbano. Acá no nieva.
—Parece que pasa una vez cada no sé cuántos años. Es posible que, mientras vivas, esto no vuelva a suceder. Es el único día de tu vida que vale la pena estar en libertad, ¿te das cuenta?
—Nevando... Mi vieja siempre me decía que iba a nevar, que iba a nevar...
—No te pongas sentimental, después te muestro las fotos. A pesar de todo el quilombo que hay con esto de la nieve, no vas a creer, pero algunas cosas escuché sobre los muertos. Cuentos de viejas: que tenían que ver con la droga, que fue un ajuste de cuentas. Obviedades, la verdad. La gente está tan apelotudada que ya ni imaginación tiene.
—Como mínimo, es raro, ¿no?
—Te conozco, Simón León. ¿Vas e escribir sobre eso?
—Pensaba.
—No es mala idea. Te averiguo un poco más, si querés.
—Dale. Y fijate si me podés traer algo de comer. Lo que te dan acá parece vómito de viejo. Hasta gusto a remedio tiene.
—No sé, dicen que le ponen pastillas para bajar la libido.
—Ojalá.
No pude evitar mirar de reojo a mis compañeritos de encierro.
Me pasé el resto del día pensando en el crimen. Que había sido una ejecución, de eso no tenía dudas. Pero, ¿por qué? Y sobre todo, ¿por qué toda una familia?
Me impresionaba el chico. Que alguien sea capaz de hacerle algo a uno de nuestros pequeños nos horroriza, por más que este pequeño sea un reverendo hijo de puta. Los niños pueden ser insoportables, fascistas y prejuiciosos. Pero un niño muerto es siempre inocente ante los ojos de la sociedad.
Así que la clave de todo estaba en el chico. El crimen no era solo una ejecución, era una carta. Las estampillas, tres tiros en la nuca.
Estoy hecho un poeta, me dije.
Por la noche, mis compañeros de celda se habían ido. Pequeños ladronzuelos y borrachos impertinentes. Algunos, parecían apenados; otros, por el contrario, se veían muy cómodos, casi como en casa. Tal vez, pensé en vena izquierdista adolescente, aquel lugar era lo más parecido a un hogar que tenían. Es falso eso que dicen: los delincuentes no entran por una puerta y salen por otra. Al menos, no en la comisaría de San Miguel, que tiene una sola.
Yo seguía pensando en el crimen. Siempre había querido escribir un policial, pero la verdad es que me resultaba muy difícil, porque tengo una mente crédula y sencilla, incapaz de urdir una trama que atrape al lector. De hecho, todos mis libros anteriores son la viva prueba de mi incapacidad para lograr ese objetivo.
De manera que me acosté en el estrecho y maloliente camastro de la Primera de San Miguel pensando en una novela que comenzaría con una familia que se mecía suavemente en unas hamacas.
Ahora bien, ¿cómo continuar? Podía sencillamente inventar el resto de la historia. Lo bueno era que tenía por delante una perspectiva interesante: al menos uno o dos días libre de cualquier tipo de responsabilidad para pensar a fondo en mi historia. Por si fuera poco, en el mejor lugar para imaginar un policial: un calabozo con apenas un respiradero y un olor a mierda que fulminaba un puñado de miles de neuronas en cada inspiración.
Había algunos problemas, claro. El primero era que, si bien podía pedirle a Maco que me trajese mi cuaderno, nunca podría escribir. Alguien dentro del cuerpo de policía, no sé quién, había determinado que un sujeto como yo podía hacer daño a alguien con una simple birome. Para ser franco, nunca consideré que una lapicera pudiese ser un arma mortal, ni siquiera de manera metafórica. Para mí, la escritura siempre fue una depurada forma de cobardía. Escribir es más fácil que vivir y, sobre todo, más cómodo.
El segundo problema era que Maco me resultaba impredecible. La conocía desde hacía un tiempo y me había encariñado con ella, pero nunca sabía hasta dónde podía contar con su ayuda. A veces, resultaba increíblemente egoísta, y eso solía traerle algunos problemas; no conmigo, que siempre fui un especialista en eso de pasar por alto los defectos de los demás para que no se evidencien los propios. Entre bomberos no nos vamos a estar pisando la manguera, decía mi abuelo.
Así que lo mejor sería esperar a que la cosa se calmase y me dejasen salir para después poder pensar tranquilo en mi historia. Me dispuse a intentar dormir con la satisfacción de haber cumplido con mi deber de ciudadano al visitar al menos una vez los calabozos de mi ciudad.
Segundo día: martes 10 de julio
Conozco a un tipo muy ordenado
A la mañana siguiente, me despertaron bastante temprano y no para traerme el desayuno. Un detective quería verme. Salí del calabozo sintiéndome un tipo rudo. Cuando caminábamos por uno de esos pasillos cuyas paredes están revestidas en madera de pino barnizada, el oficial que me guiaba tuvo que detenerse porque el enorme culo de una señorita en minifalda roja cubría casi la totalidad del espacio practicable. A su favor diré que era un culo como para quedarse a dormir una siesta, pero no por eso dejaba de ser un incordio para el oficial.
—Ya dije todo lo que sé —gritaba la culona a un sujeto que, supuse, estaba dentro de la oficina de la que acababa de salir—. La chica trabajaba para Iraola y ya. Podrían haberme preguntado, no mostrado esa foto horrible. Y además, venir a joderme a mi lugar de trabajo por esta mierda. Me la hacían desde el auto y ya, manga de hijos de...
—Querían verte el culo, negra —le dije guiñándole un ojo. La tipa no pudo menos que sonreír, una sonrisa de dientes asombrosamente blancos. No era fea, tampoco linda, y sin embargo, en cierto sentido, me resultó irresistible—. ¿Te trajeron por lo de las hamacas?
—Sí, por lo de Mayra Ferro, ¿viste lo que le pasó? —El oficial me miraba a mí y a ella alternativamente, como sin saber qué hacer. Por fin, desde la oficina, una voz grave y con dicción perfecta exclamó:
—Se pude retirar, señorita. Pero, por favor, no crea en las razones que acaban de darle.
Me hicieron entrar. La oficina era pequeña y regía en ella un orden monástico. Todo tenía su lugar; el hombre que escribía detrás del escritorio parecía dedicar una parte importante de su tiempo a que así fuera.
Sin levantar la vista de los papeles que estaba firmando, hizo un gesto a los oficiales, que me quitaron las esposas y se retiraron sin decir esta boca es mía.
Me quedé parado en silencio, observando cómo terminaba con su trabajo. Usaba una pluma fuente con tinta negra, todo un detalle. Cuando hubo terminado, colocó los papeles en un sobre, se puso de pie, abrió el primer cajón de un fichero de chapa y lo colocó dentro de una carpeta junto a otras, todas rigurosamente rotuladas con una caligrafía perfecta. Después, tapó la pluma, la guardó en el bolsillo interior de su saco negro y, recién entonces, se volvió hacia mí. Me tendió la mano mirándome directo a los ojos pero sin decir palabra. Después, se sentó y me invitó a que yo también lo hiciera. Sobre el escritorio, pude ver uno de esos carteles en los que se coloca el nombre y cargo de la persona que está sentada del otro lado: "Jeremías Jeremías, detective". Supuse que la reiteración era solo uno de los clásicos errores burocráticos a los que ya estamos tan acostumbrados los argentinos.
—Mi nombre es Jeremías Jeremías y soy detective. —Así que no se trata de un error, pensé, y no pude evitar sonreír. La frase había sonado extraña: primero me había aclarado que era una persona, después un policía. Eso me hizo sentir un poco más cómodo, aunque todavía estaba inhibido. La gente en extremo ordenada genera esa reacción en mí, una mezcla de admiración y envidia—. Entiendo que usted encontró a las víctimas, señor Simón León.
Asentí con la cabeza, casi sin haberlo escuchado. Estaba absorto en la contemplación de su rostro, con esa enorme nariz terminada en punta, los ojos pequeños y los rasgos angulosos de un ave de presa. El pelo color canela estaba peinado hacia atrás con gomina, lo que remarcaba su extremada delgadez.
—Lo que no logro comprender —prosiguió ante mi falta de respuesta— es por qué terminó en la cárcel.
—Desacato a la autoridad.
—Eso me han dicho. Insultó a uno de los oficiales, un hombre que solo intentaba cumplir con su trabajo. Lo que no entiendo es por qué usted, un ciudadano respetable y sin ningún tipo de antecedentes, comete una falta de este tipo.
—El oficial utilizó una expresión que consideré inapropiada, por lo que creí pertinente contestarle de la misma forma —dije la frase en el mismo tono que él había utilizado para que viera que yo también podía ser refinado cuando quería.
—¿Usted jamás dice malas palabras?
—Permanentemente. Pero si fuese un oficial en ejercicio de mis funciones, no lo haría. Fue eso lo que me molestó, nada más.
—Señor León, tal vez usted no lo sepa, pero su acto no amerita que lo hayan privado de su libertad por más de veinticuatro horas. Está siendo víctima de un apremio ilegal. Es por eso que desearía pedirle, a título personal, que decline de realizar una demanda contra el oficial.
Pensé en lo que me decía. De alguna manera, aquella conversación no era tan inocente como había creído en un principio. Jeremías Jeremías estaba tratando de situarme en un lugar del tablero, solo que yo no sabía a qué estábamos jugando, si llevaba las de perder o las de ganar, o si solo era una pieza más de una partida en la que no tenía decisión.
—Si usted no me lo decía, es posible que nunca hubiese sabido que podía demandar al oficial.
—Soy consciente de eso. Usted hubiese salido de acá dando gracias por poder caminar al aire libre. Después de todo, hay que reconocer que su comportamiento resulta al menos éticamente cuestionable.
—Entonces, ¿por qué me lo dijo? —Por primera vez esbozó una sonrisa, apenas una mueca en un rostro que no había sido fabricado para regalar simpatía. Cuando comprendí que no iba a contestarme, dije—: No iba a demandarlos antes, tampoco ahora.
El detective Jeremías Jeremías me miró sin expresar una sola emoción, como si un embalsamador repentino hubiese realizado en su cuerpo el mejor de los trabajos. Unos minutos antes, me había parecido que tenía unos cuarenta y cinco años. Ahora me daba cuenta de que debía tener mi misma edad, promediando apenas la treintena.
—Usted es escritor, señor León.
No era una pregunta, pero igual contesté:
—Ha hecho muy bien sus deberes.
Extendió su brazos en un gesto que no supe interpretar.
—Uno hace lo que puede. Sé que es escritor y que, cada tanto, redacta una nota de color para el periódico El Ombú de la Noticia.
—No se equivoca.
—Señor Simón León, desearía de todo corazón que nuestros caminos se vuelvan a cruzar, pero no por el asunto de las hamacas.
Creí entender lo que pasaba. Me gustaba aquel sujeto, porque me proponía un pacto arriesgado. No me había subestimado. Me pedía algo, pero no me amenazaba para lograrlo. Por el contrario, primero había demostrado lealtad y ahora yo me sentía comprometido a pagarle con la misma moneda.
—Usted parece ser una persona muy inteligente, detective Jeremías Jeremías. —No pude evitar una mueca al pronunciar su nombre completo—. Sin embargo, desconoce por completo los vericuetos del periodismo municipal. Acá nadie va a meterse con nadie. Detentar el cuarto poder en una ciudad pequeña como esta consiste solo en mostrarse violento cuando el oponente está en el suelo. Ahí sí, un par de patadas y a gritonear el consabido "nosotros siempre lo dijimos" que nadie se preocupará por comprobar; nuestro público es poco exigente. Nada de descubrir negociados ni de denunciar corrupción. No hay red para hacer eso. Y, además, como usted dijo: Yo hago notas de color. Pero prefiero los tonos pastel. El rojo me irrita los nervios.
—Entonces, tengo que entender que todo este asunto está terminado, ¿no es cierto?
Le estreché la mano que me tendía y salí de la comisaría dispuesto a olvidarme del tema para siempre.
Dos cuadras antes de llegar a mi casa ya había decidido que tenía que saber más sobre la familia asesinada en las hamacas.
Dormí toda la tarde. Mi cama no es muy grande, pero al menos entro de cuerpo entero sin necesidad de complejas contorsiones. En mi casa todo es viejo, tal vez porque jamás compré un mueble. Lo poco que tengo lo fui recolectado por ahí, de amigos o familiares que consideraban que sus sillas, mesas, sillones, camas, futones estaban demasiado viejos como para conservarlos. La necesidad había decidido por mí; de manera que si algo me resultaba ligeramente agradable o útil, lo llevaba a mi casa, lo arreglaba como podía y pasaba a formar parte de mi mobiliario. Algunas personas decían que aquello les gustaba, aunque yo no terminaba de creérmelo. Al menos, me dije mientras me arropaba a mí mismo con una frazada que había recogido del cesto de basura de mi madre, mi casa huele a viejo, no a mierda como el calabozo.
Cuando estaba por atardecer, me senté en mi sillón predilecto con una taza de café dispuesto a repasar lo que sabía hasta el momento. El café no se había enfriado y yo ya tenía mi resumen. Tres muertos, dos nombres: Iraola, para quien trabajaba Mayra Ferro, la mujer muerta, con bastante seguridad una prostituta. No tenía mucho más.
Tenía que averiguar un par de cosas. Muy a mi pesar, no sabía mucho sobre putas, así que tenía que conocer cómo era el movimiento en San Miguel. ¿A quién preguntar? Había muchas personas, pero de inmediato lo supe. Si ella no lo sabía, no lo sabría nadie.
Hace tiempo he decidido que mi medio de locomoción será por siempre la bicicleta. Tengo una inglesa, verde como debe ser, con freno a varilla. Solo funciona el de adelante, porque, tratando de arreglar el de atrás, falseé un tornillo y ya no pude volver a ajustarlo.
Llegué a la casa cuando era de noche. Yo sabía que ella se iba a dormir temprano, no tanto como otros de su misma estirpe, pero de seguro no tan tarde como yo. Toqué el timbre y después de unos minutos, recordé que no andaba: yo había prometido ir a arreglarlo, pero, no solo no había cumplido, sino que me había olvidado por completo. Así que palmeé un par de veces y, al rato, oí como arrastraba sus pies mientras buscaba la llave para abrir el candado.
—Hola, abuela —dije. Preferí no decirle que venía a preguntarle sobre la mafia de la prostitución en San Miguel porque, a veces, puede ser muy susceptible.
Caminamos por el largo patio hasta llegar a la habitación. Era una de esas casas muy viejas en las que las habitaciones no están conectadas entre sí, sino que para llegar a cualquier dependencia hay que atravesar un largo patio cubierto por un alero. Casas chorizo, así les dicen. Supongo que porque son alargadas y las habitaciones van una atrás de otra, pero no lo sé a ciencia cierta.
Mi abuela se sentó a la mesa. Tenía la pava y el mate listos, como si me hubiese estado esperando. Sin embargo, decliné de su oferta y le pedí café con leche. Me sonrío. Era como la pasa de uva de una pasa de uva, una enorme arruga que alguna vez fue una mujer.
—Ya saliste de la cárcel —me dijo sin mirarme. Vieja bruja, pensé, ya te enteraste.
—Sí. En realidad, fue una confusión.
Estuve a punto de preguntarle cómo lo había averiguado, pero preferí guardar silencio. Ella me miró con cara de no comprender, y yo le contesté con cara de no querer hablar más del tema. Tardó una eternidad en prepararme el café con leche; cuando lo trajo a la mesa, ya estaba frío.
Según mi experiencia, hay tres clases de ancianos: los amigables, los latosos y los hijos de puta. Mi abuela no es ni amigable ni latosa. Conozco bastante bien el protocolo para hablar con una vieja, así que me tomé el café mientras charlábamos de cualquier cosa: arrancamos por el clima, los vecinos, la familia, criticamos un poco al gobierno —solo un poco, la política es un tema escabroso— y bastante a la juventud. Por fin, dije:
—Che, vos sabés algo de una familia de acá, los Iraola, ¿puede ser?
Me miró con cara de a buen puerto fuiste por agua, como diría mi abuelo —el que estaba casado con mi abuela la latosa, no con la hija de puta— y arrancó:
—¿Si los conozco? Pero cómo no los voy a conocer. Cuando yo tenía doce o trece años, mi mamá me mandó a trabajar a una casa de familia. Tu bisabuela no me dejó estudiar, quería que trabajara, porque era muy cómoda y necesitaba que alguien le hiciera los mandados, la ayudara... No sé de dónde salí yo tan trabajadora, la verdad.
—¿Trabajaste en lo de los Iraola? —le salí al cruce, porque si no, se iba para otro tema y me dejaba con la pregunta en la boca.
—Sí, claro que sí. Tu abuela se pasó la vida trabajando, querido. —Me miró como si pensara no sé de dónde saliste vos tan vago, aunque no lo dijo—. Pero me fui.
—¿Por qué, abuela? ¿Mucho trabajo? —Tomá, ahí te la devolví.
—No, para nada. Era trabajo, pero yo al trabajo no le tengo miedo, ¿viste? Así que primero iba un par de veces por semana y, después, todos los días, porque también les lavaba la ropa. Lo dejé porque cuando la esposa se iba a hacer algún mandado, el viejo me decía cosas, ¿entendés?
—¿Cosas? ¿Cosas cómo qué? —Claro que te entiendo, vieja, pero no te la voy a dejar tan fácil.
—Nada. Propuestas. Yo era muy linda entonces, ¿sabías?
—No, pero me imagino. Con lo linda que estás ahora —bandera de rendición—. Un viejo verde, don Iraola.
—Sí, claro. Pero ahora debe estar muerto. En ese tiempo, ya se decía que andaba en algo turbio, que tenía dos o tres barcitos de mala muerte. Él nunca aparecía por ahí, pero todos comentaban que eran suyos. Tuvo un solo hijo. La mujer se murió joven, de poliomielitis creo.
—¿Y el chico? ¿Siguió con el laburo del viejo?
—Eso dicen, pero yo no sé. Ya no camino tanto, no me entero de tantas cosas. Ni me quiero enterar, la verdad.
—Y sí. Es para amargarse. Mejor no saber.
—Dicen que el hijo de don Iraola tiene tres cabarets. El de Ruta 8, Las carmelitas —qué nombre para un cabaret, si lo escuchara la madre Josefa—, uno que está ahí sobre Martínez de Hoz, Caderas creo que se llama, y uno más que creo está en León Gallardo, yendo para el lado de José C. Paz. Ese no sé cómo se llama.
Para no estar al tanto de las cosas, me pareció que sabía bastante.
—Buen tipo; le da trabajo a muchas chicas, ¿no?
—¿Buen tipo? No, si dicen que las trata mal. Igual, ellas se lo buscan, ¿a vos te parece?
—No, no me parece, la verdad. —No le aclaré qué era lo que no me parecía; preferí darle libertad de interpretación.
Siguió hablando un rato más, repitiendo todo, como hacen los viejos. No dijo mucho más, pero me indicó con bastante precisión donde vivía el hijo de Iraola, cerca de la casa de una amiga que... Bueno, acá tendría que contar la historia de la amiga, pero es irrelevante para la nuestra, así que mejor sigamos.
La casa no era fea, pero tampoco linda. Era más bien como una de esas que vienen en las revistas de decoración. Uno rompe el troquel, pega las pestañas donde corresponde y queda armada una mansión increíble, con mucho estilo y pensada hasta el mínimo detalle. A todos les gusta, pero es lo más parecido a vivir adentro de una heladera, dormir en la cubetera y cagar cubitos.
Bueno, la cuestión es que estaba por atar mi bicicleta al poste de luz —algo que entiendo uno nunca debería hacer por una cuestión de seguridad, pero a esta altura del relato ustedes comprenderán que puedo ser una persona increíblemente insegura—, cuando me di cuenta de que la puerta de la casa estaba abierta. No de par en par, pero sí abierta.
Así que agarré la cadena, me la enrollé en el brazo, me puse el candado en la otra mano a modo de manopla y me dispuse a entrar.
Sé que fue algo irresponsable. Lo correcto habría sido llamar a la policía y esperar afuera, o irme a mi casa. Pero actúe sin pensar, no porque sea una persona impulsiva, sino porque tardo bastante tiempo en procesar la información, así que tengo la tendencia no a actuar sin pensar, sino a pensar a medida que voy actuando. Parece lo mismo, pero hay diferencias radicales. Fue por eso que recién cuando estaba en el medio de la sala, sumido en la mayor de las oscuridades, me dije a mí mismo: ¿Qué hacés acá adentro, boludo? Y la respuesta que me di fue: Nada inteligente, así que mejor salí. A esta altura, ya tenía un miedo que ni te cuento. Yo sabía que en cuatro zancadas estaba al lado de la bicicleta y en dos pedaleadas llegaba a la esquina. Y, aunque toda esa información llegaba con perfecta claridad a mi cerebro, algo en mi estómago comenzó a crecer, algo muy parecido a un puño de hielo que me estrujaba la garganta desde adentro. Me di vuelta dispuesto a correr a toda máquina, pero entonces sucedió. Patiné en el suelo —ni siquiera sabía de qué material era, pero recuerdo perfectamente que imaginé porcelanato— y caí sentado al piso. Con una precisión digna de mejores causas, la puerta se abrió de par en par, la luz se encendió y dos pistolas automáticas me apuntaron justo en medio de la cejas.
—¡Qué mierda! —dijo el mismo oficial que me había detenido el día de las hamacas. Pensé que se refería a mí, aunque esta vez me equivocaba. Seguía apuntándome, pero su vista y la del otro policía se dirigían a un sitio justo detrás de mi cabeza. Me volteé para ver lo que la oscuridad me había ocultado.
Ahí estaban, reclinados uno contra otro. Esta vez eran cuatro y estaban en un sillón. Aunque tenían los rostros destrozados, no me costó darme cuenta de que dos de ellos eran adolescentes.
—No te muevas y soltá la cadena, grandote boludo, porque te juro que quedás peor que ellos.
Homicidio en primer grado. Esa fue la acusación por la que me llevaron preso la segunda vez.
Fuente:http://www.bn.gov.ar/abanico/C14-12/Dellutri-familia.htm
lunes, 11 de noviembre de 2013
lunes, 4 de noviembre de 2013
Saluda a la muerte de mi parte/26
Miguel
Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
ULTIMA ENTREGA (Nro.
26)
RESUMEN: Leo Fariña y Billy Jensen huyen del rancho de
El Chapo. Llegan a una carretera y un
lugareño los lleva en su camioneta hasta Pericos, un pueblito cercano a
Culiacán, la capital del Estado de Sinaloa. Desde esa ciudad, Leo y Billy
planean huir del país.
Debo decir que Billy Jensen estaba de un humor de
perros. Sentados en la banqueta de la oficina de la Western Union, me apuntaba
con su barbilla de tal modo que casi me hacía sentir culpable de todo lo que le
pasaba. Aguardaba una remesa de dinero que había pedido a uno de sus bancos. De
pronto, lo llamaron: ¡Pedro Gómez Liston!
Era uno más de sus nombres falsos. Entramos, nos hicieron pasar a una
pequeña y calurosa habitación, y abrieron la saca de la que salieron doscientos
mil dólares. El tipo que nos atendía parecía un autómata. Me sorprendió que no
le exigiera a Billy alguna documentación pero Billy separó cinco mil dólares y
eso fue todo. El tipo se metió los billetes en todos los bolsillos del largo
sacón con flecos que traía, nos dio la mano y se marchó con trancos apurados.
El poder de Billy Jensen parecía no tener horizonte. Tenía cuentas millonarias
en pequeños bancos y creo que hasta una muy importante en el JP Morgan. Era
escurridizo como una lagartija, sabía muy bien cómo manejarse en el gran fraude
y en el lavado de dinero. Un prócer del delito.
Cuando llegamos a comer a El Regio de Pericos, Billy ya vestía una camisa color mostaza, un
saco azul y pantalones verdosos. Yo preferí unos Levi’s, camisa a cuadros y una
campera de cuero liviano. Botas y sombrero, por supuesto. En composé con el
ambiente general norteño. En el hotel, dejé el M-19 y cargaba en mi espalda la
bonita Strizh rusa. Súbitamente, todo
empezó a acelerarse. Volamos a Culiacán en un Cessna 682 cuando aún estábamos
digiriendo el cabrito enchilado del almuerzo. Adiós a mis armas: las tuve que
abandonar en el hotel. Una ruta de narcos nos hizo aterrizar sin novedad en
Culiacán.
Mientras Billy se dedicaba a hablar incesantemente
por teléfono en las cabinas, compré El Sol de Sinaloa para ver qué contaban las
noticias del ataque a la finca del Chapo. Largué una carcajada después de
hojear hasta la última hoja: No había una sola letra escrita sobre el hecho,
incluso, la sección policiales no existía. Prendí un cigarrillo y me encaminé a
un barcito del aeropuerto. Pedí un tequila y así como vino así me lo tragué.
Todavía me era difícil aceptar que ese mundo de crimen existiera como una
realidad paralela. Y como una verdad incontestable para quienes la habitaban. Pero
era tan innegable como el planeta Júpiter. ¿Por qué yo no salía corriendo a
denunciar a las autoridades? Más que loco tendría que estar. Si yo fui testigo de
cómo nos recibieron en Toluca una agrupación militar mexicana. ¿Quería aparecer
colgando y decapitado de un puente?
Pedí otro tequila, esta vez doble. El mexicano de
la barra me sonrió y comentó: ¡Híjole!
Mire que el tequila no es granadina! Es cosa mía, amigo, cóbrese de aquí.
El barman tomó mi dinero y murmuró: Ni
modo…
Tomaba mi tequila sobre mi taburete cuando se
acercó Billy.
-
Escuchame, nene, esperame aquí, en el
aeropuerto, yo vuelvo en una hora y seguimos…¿Tenés algo de plata?
-
Sí, no creo que en una hora me gaste
600 dólares…
-
Bien, bien, ya vuelvo.
No quería calcular cuántos dólares había perdido en
el camino. Aproveché el momento para romper el viejo y vencido cheque del banco
panameño que me diera Billy, no sé en
qué vida anterior.
Odié la espalda de Jensen mientras se alejaba, odié
todo su mundo, sus mentiras, recordé que podría haberme avisado sobre todo el
peligro que caería sobre mi pobre humanidad. Retomé la lectura de El Sol de
Sinaloa en una cómoda butaca de cuero. Allí me avivé de los rondines de los
soldados del ejército. Camuflados, las caras pintadas, las miradas como dientes
y el silencio militar presagiante.
Yo quería estar en casa y si fuera posible
engripado, para que mamá me sirviera una sopa calentita y que la cuchara no sea
un proyectil 7.62. Me dormí como abrazado a un osito de peluche.
Un golpe en el hombro me despertó. De un salto me
puse de pie, sin saber en qué mundo estaba. Era Jensen y traía una gran maleta
y un portafolio metálico. Pero era un Billy Jensen casi desconocido. Se habían
teñido de castaño sus pocos cabellos rubios y un discreto bigote oscuro le daba
un toque de seriedad. Me sonrió abriendo los brazos, como exhibiendo su nueva
pinta. El traje Príncipe de Gales lo hacía gallardo y aún más aristocrático.
Yo sonreí sin ganas. Me preguntaba que significaba
este nuevo disfraz. Hacia dónde nos llevaría, en qué playa nos hallarían
muertos, estaba hastiado, con las bolas por el suelo. Y se lo dije:
-
La concha de tu hermana, Jensen, quiero
bajar de esta locura, por favor, esto ya dejó de ser gracioso…- tuve que
carraspear, casi me ahogué.
-
Sentate, dijo. Y nos sentamos.
-
Ya todo terminó, mi querido Leo, aquí
nos separamos…
Sentí que mi cara era de plastilina por la cantidad
de gestos que hice en menos de un minuto. Me saltaron lágrimas, pero de alegría
y de bronca; sonreía como un estúpido, me sentía pájaro, nube, mariposa, polen,
y escuché que le dije: Gracias, Billy…
Jensen me abrazó y me dijo: Te quiero, muchacho y gracias…
Me desprendí de su abrazo y le respondí: Y yo a vos te odio, pedazo de hijo de perra,
de pedo que estoy vivo y…
La mano de Billy Jensen me tapó la boca. Me pidió
que lo siguiera hasta el baño, un inmundo baño de aeropuerto. Nos metimos en un
privado. Jensen abrió el maletín metálico. Los fajos de dólares encandilaban,
nuevitos, esmeraldas de papel.
-
Son tuyos, los merecés, Leo, te lo
ganaste a lo James Bond.
-
¿Cuánto es esto? –balbuceé hipnotizado
ante El Gran Dios Norteamericano..
-
Sesenta mil dólares, todos tuyos.
-
Pero…
-
Shh! Aquí tenés un pasaporte diplomático y un
salvoconducto como consejero de la ONU en Asuntos Hemisféricos. Hasta llegar a
Argentina te vas a llamar Robert Assadourián…No te pueden revisar ni una muela
cariada.
-
¿A qué hemisferio me dedico yo, por si
me preguntan?
-
Elegí el que más te guste…Hablá de la
tundra, del Mar Muerto, qué se yo, arreglátelas. ¡Ah! Y tomá.
La mano de Billy sostenía una American Express
Centurion, la negra, la de gastos ilimitados, pero a mi nombre verdadero.
-
No, está bien ya, Billy, yo creo que
todavía tengo en uso una del Credicoop.
Me miró como diciéndome vos siempre el mismo boludo.
-
Acompañame – me dijo. Parecía
emocionado pero siempre fue un gran embustero.- Voy a embarcar, mi vuelo sale
dentro de un rato, no te puedo decir hacia dónde voy porque hoy desaparezco
para el mundo por siempre jamás.
Al colocar el primer pie en la escalera mecánica
que lo llevaría al embarque, giró y me dijo mientras ascendía:
-
Esto es como si me estuviera llevando
la Muerte…
Hice un
silencio.
-
Salúdamela de mi parte – le dije, le di
la espalda y me dolió el corazón.
THE END
.
lunes, 28 de octubre de 2013
Saluda a la muerte de mi parte/25
Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE
MI PARTE
Entrega N° 25
RESUMEN: Un sorpresivo ataque a sangre y fuego del
ejército mexicano produce un inenarrable combate en la finca del Chapo Guzmán.
La ofensiva se cobra un tendal de víctimas fatales, entre ellas Tony y
Quebrantahuesos. El señor Baygón es apresado y el Chapo se fuga con varios
secuaces. En la confusión, Leo Fariña alcanza a escabullirse y se oculta en un
galpón poblado de containers. Es atacado por una víbora cascabel y lo salva un
malherido Billy Jensen.
Luego de que Billy aplastara con una piedra a la
serpiente, escuchamos pasos muy próximos
a nuestro escondite. Se oían ruidos del choque de un arma con el correaje de
cuero.
-
Pa´qué buscarle más si ya nos chingamos
a todos…- murmuró el soldado y se retiró lentamente del lugar. Alivio total.
A medida que pasaban las horas y caían las sombras,
se escuchaba que los vehículos militares se retiraban de la hacienda. Después
supimos que sólo dejaron retenes en la entrada. Un humo negro y pestilente se
alzaba lejos de nuestra vista y detrás de la mansión. Eran una pira en la que
estaban quemando los cadáveres. Un Auschwitz versión ejército mexicano.
Billy
dormitaba en posición fetal y sobre el suelo pelado. Su herida había dejado de
sangrar; mi cuerpo experimentaba un cansancio brutal, como si me hubiera tocado
acomodar los planetas en su sitio estelar para darle una mano a Dios.
La noche avanzaba fría. Si no hacía algo nos
congelaríamos. Me levanté sigiloso y empecé a buscar un milagro. Pisando bosta
de caballo vieja me encontré con una parva de heno y más allá, un par de mantas
sucias, comidas por las ratas, y una bolsa de arpillera vacía y llena de hongos
parásitos. Renuncié al asco. Desperté a Billy y lo ayudé a arrastrarse hasta
meterlo en la bolsa de arpillera y cubrirlo de heno. En su duermevela murmuró gracias. Yo me tapé con las dos mantas
inmundas y me introduje en el heno hasta la cintura. Afuera, los ruidos habían
cesado. Y me fui durmiendo entre los aullidos lejanos de los coyotes y los
chillidos de una rata canguro, un roedor saltarín que andaba por ahí.
Me desperté aterido, en posición fetal y con las
ingles doloridas. El heno estaba helado y salí sacudiéndome los trapos
inmundos. Olía a a gliptodonte. Apestaba. Desperté a Billy Jensen. Su educada
sonrisa me dio los buenos días y lo ayudé a quitarse la bolsa de arpillera.
Parecíamos dos espantapájaros tal era la cantidad de heno que nos colgaba de la
ropa. La luz del alba iba repintando las sombras del tinglado. Abracé a Jensen
de pura alegría: estar vivo, vivir, era una gran cosa. Lejos del tinglado, el olor
a muerte quemada que expandía la pira aún humeante, ya atraía a los primeros
buitres. A Jensen le dolía su flanco herido pero no era nada de cuidado. Le
propuse entonces tratar de huir eludiendo el portón de entrada de la hacienda.
Imaginé que hacia el sudeste y partiendo en dos el desierto, una carretera nos estaba
esperando.
Me conseguí sendos sombreros (el sol, en poco
tiempo más, derretiría la tierra) y le obligué a Billy a que se calzara un par
de botas. Su aspecto era delirante: llevaba un desgarrado pijama de seda rosa manchado
de sangre y sus huesudos pies al aire. Con un sombrero gris y botas vaqueras se
puso en marcha abriendo camino. Yo cargaba un M-19 y una pistola Strizh rusa, 9 mm. con 30 plomos en
bodega. Nunca había visto una excepto en la revista Guns, y era una belleza. Su anterior dueño tachonó de rubíes la
culata. Una paquetería.
Caminamos sin sobresaltos aunque el agua era
escasa. Cada tanto una aguada mezquina nos convidaba su líquido barroso.
Habíamos decidido dejar de lado el ítem hambre
y reemplazarlo por la frase sigamos
que ya llegamos. No era fácil, si bien el día era nublado, la resolana
bajaba como una lluvia de luz incandescente. Avistamos la carretera que había
imaginado poco antes de que se escondiera el sol. Billy Jensen cayó de rodillas
y lloró mirando al cielo. Estaba al borde de sus fuerzas. Lo arrastré hasta el
borde del pavimento. Me miraba con la dicha de quien acaba de recibir un
Lamborghini de regalo. Yo me desparramé entre los pastos y un segundo después,
me levanté poniendo en marcha mi sistema de alarma temprana. O sea, paré la
oreja. Las armas, es cierto, me daban una pinta muy heavy: las dejé sobre el pasto y me puse rodilla en tierra.
El calor había cedido, Billy dormitaba y metros más
allá del pavimento, un coyote altivo, con las orejas paradas, me escrutaba
inmóvil. Pensé en el sabor de la carne del coyote, el hambre es mal consejero.
Pareció leerme la mente, pegó un brinco, giró y se marchó al trote volteando su
cabeza y echándome miradas de reproche.
La vieja camioneta Pontiac se detuvo cuando nos vio
dormidos junto a la ruta. La noche estaba llegando entre fulgores rojos y
negros, estaba fresco y como me tomó de sorpresa el pistoneo del motor, empuñé
la Strizh y encañoné al pobre tipo
que la conducía. Pude distinguir que la pick up había sido roja alguna vez y
que el hombre había sido joven no muchos años atrás. Me miraba con los brazos
en alto, sonriendo como un Papa, mestizo y bajo. Usaba un sombrero grande de
paja, Cuando distinguió en la penumbra a Billy, lanzó una carcajadita educada. ¡Pijama!, exclamó. Yo también me reí con
ganas y guardé el arma en mi cintura.
Billy le explicó que habíamos sido atacados por una
patrulla del ejército mientras dormíamos. De allí el pijama, adujo y me miró
como jactándose de su ingenio. El ejército, en todo el norte mexicano, era más
temido que los Carteles de la droga. Los atropellos, asesinatos y
desapariciones de lugareños ponía a los militares en lo más alto de la pirámide
carnívora.
Sin pensarlo más, el paisano nos acostó en el piso
de la caja de la Pontiac, nos tapó con dos lonas y me pasó el M-19 y la
pistola. Nos sacaría de Badiraguato y nos alojaría en Pericos, su pueblito. Y
de allí, a Culiacán, capital de Sinaloa. Cuando arrancó la camioneta, un
helicóptero nos sobrevoló y se hundió en el horizonte.
¡Me llamo
Mónico Mejía Arenas y yo solito me chingo a esos militares hijos de la
chingada! ¡Viva Sinaloa, cabrones!–escuchamos
que gritó nuestro chofer y tras cartón, abrió fuego con un arma corta. Mónico
Mejía Arenas se puso a cantar, a los gritos y nos relajó de tanta tensión,
mientras la marejada de la noche nos cubría por completo. Cantaba:
“La gente de
Sinaloa/anota su primer gol/a la nueva presidencia/y al señor Vicente Fox/ no
se les dio a los gringos/ hacerle la extradición/ la fuga estaba planeada / sin
riesgo de fracasar./ Así trabajan los grandes/ como el Chapito Guzmán…”
El viento se fue llenando de disparos pero ya eran
los truenos. La tormenta estaba sobre nosotros. Iba a llover. Y Mónico seguía
cantándole el narcorrido al Chapo, su patrono protector.
lunes, 21 de octubre de 2013
Saluda a la muerte de mi parte/24
Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 24
RESUMEN: La narcofiesta en el rancho de El Chapo Guzmán
se ve interrumpida por la llegada de un helicóptero de la marina mexicana.
Sorpresivamente, de la nave desciende Billy Jensen custodiado por Tony y
Quebrantahuesos. Leo Fariña lo saluda desde lejos. Jensen es llevado al interior
de la mansión. Se arma una reunión que, al parecer, estaba planificada. Rato
después, llega, rumboso, un grupo de la mafia china que también se une al cónclave.
El Chapo, que lo lidera, echa a Leo Fariña y éste vuelve al jolgorio narco.
Empero, algo lo ensombrecerá.
Surgiendo
de la nada y en vuelo rasante, dos aviones Super Tucano A-29 astillaron el
cielo. Tenían las insignias del ejército mexicano. Se alejaron y luego, enfilando
sus trompas hacia el rancho, se descolgaron con un gemido atronador hasta que
abrieron fuego con sus ametralladoras. Todos salimos disparados tratando de
eludir la fila de proyectiles que se incrustaban en la tierra persiguiéndonos y
levantando polvito. Ví caer a tres sicarios, uno con su inútil Colt dorado en
mano. La orquesta corría campo traviesa. Me parapeté detrás de un aljibe que ya
tenía escondidos a seis tipos desorbitados, muertos de miedo. El impacto de las
balas contra el aljibe levantaba una cortina de polvo de cal y pedazos de
ladrillos que llevaba a pensar que nuestro refugio no duraría mucho más en pie.
Me paré, me llegué hasta un galpón de chapa gruesa y me zambullí detrás de unos
containers. Recién allí alcancé a escuchar el griterío y los disparos,
explosiones y ráfagas que, al parecer, ocurrían dentro de la mansión.
Retrocediendo y con movimientos convulsos salieron tres personas por la puerta
principal. Reconocí a Quebrantahuesos. Tenía
el pecho ensangrentado. Los otros dos cayeron tomándose la cabeza. Desde mi
distancia logré ver los enormes hoyos de sus heridas. Murieron retorciéndose. Quebrantahuesos se desplomó y murió
tratando de no molestar más al mundo.
Los cazas
se alejaron cielo afuera. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué sucedía en la casa del
Chapo? Todos los cristales de las ventanas estaban hecho trizas y las
cortinitas de encaje, desflecadas y salpicadas de sangre. Los fogonazos y el
tiroteo salían de las ventanas y puertas: aquello era un infierno.
Las explosiones
de las armas se fueron espaciando. Un grupo de cinco tipos salió huyendo por
los fondos y subió a tres camionetas Lobo, disparaban hacia atrás aunque ya
nadie respondía su fuego. Creí reconocer al Chapo Guzmán subiendo al vehículo
estacionado en el medio. Llevaba un “cuerno de chivo” en su mano. Las tres
camionetas salieron arando el pasto sin dejar de disparar. Pensé en Baygón, en
Billy Jensen y en Elaine: estaban adentro de esa ratonera mortal. Uno de los
chinos saltó por una de las ventanas, dio unos pasos y se derrumbó muerto.
Desde mi perspectiva no podía entender la confusa batalla hasta que vi saliendo
a un par de soldados de élite mexicanos arreando a Baygón. Cojeaba, llevaba las
manos en alto y sangraba de un oído. La mansión, en pocos segundos, se vio
rodeada de jeeps y carriers militares. Era una operación del ejército mexicano.
Gritos y disparos al aire hacían temblar el final de la tarde. Una veintena de
cuerpos, los alegres sicarios bailarines, se veían dispersos, muertos por la
metralla de los aviones, con sus coloridas botas puestas y sus armas recamadas
en oro. El humo aumentaba el calor reinante y ensombrecía la visión de la
vivienda. En cualquier momento se acercarían hasta los containers, me hallarían
y no me creerían un ápice de mi atrabiliaria odisea. Y tendrían toda la razón
del mundo. Yo mismo no la podía creer.
Vi cuando
sacaban el cuerpo acribillado de Tony en una sábana. ¿Billy habría muerto en el
interior de la casa? En algún punto, todo aquello me lastimaba el corazón. Había
vivido horas intensas y delirantes con la gente de Baygón; incluso, llegué a
sentirme protegido por la banda. Decidí escaparme. El problema era hacia dónde.
Tenía entendido que me rodeaba el desierto y dentro de tres, cuatro horas, la
noche caería sin tregua. Y las temperaturas bajaban hasta los cinco grados bajo
cero. Yo seguía vestido como un abogado caro aunque el traje se veía entalcado
por la tierra suelta. O sea, moriría de hipotermia en menos de cuarenta minutos
y los coyotes tendrían su cena medio dura pero bien conservada.
Los
milicos iban y venían recogiendo armas o llevando a los camiones a los miembros
de “Los Coyotes del Norte” mientras plañían y lloriqueaban, asustados. También
traían heridos y me llamó la atención la brutalidad con la que los trataban. A
mi indignación le sumé un inmenso miedo: esos tipos, si me agarraban, me
cortarían en rodajas.
Fue
cuando escuché el ruidito, parecía hecho por un juguete, un sonajero o algo
así. Giré la cabeza y la vi. Era una víbora cascabel. Me observaba con sus ojos
de piedra negra, movía su lenguita a una velocidad asombrosa, tiesa, tal vez,
calculando el momento de atacar. Tragué saliva y busqué con la vista algún
palo, fierro, algo que me sirviera para defenderme. Localicé el mango de un
hacha. Sin hacha pero, algo era algo. Estiré el brazo para tomarlo y la
cascabel irguió su cuello amarillo y negro y adelantó la cabeza. Metía miedo.
Quedé paralizado, con el brazo extendido. Hizo sonar su cascabel, abrió la
boca, adelantó sus colmillos y escupió veneno. Retrocedí. Un escalofrío
metálico me cruzó la espalda, trastabillé y en ese descuido, la cascabel asestó
su ataque. Sus colmillos rompieron la tela del pantalón pero no me tocaron. Yo
me hallaba semicaído y por un instante quedé a merced de la serpiente. Ensanchó
los carrillos, emitió un silbido, hizo sonar su cascabel, abrió la boca
desmedidamente exhibiendo los largos y mortales colmillos. Y cuando se
abalanzaba sobre mi pierna, una pesada piedra le aplastó la cabeza.
Levanté
la vista y tambaléandose, con su pijama de seda empapado de sangre, allí estaba
Billy Jensen. Había llegado como pudo y cayó de rodillas. Se lo veía bastante
entero a pesar de una herida sangrante cerca de la cintura. Me pidió silencio con un gesto y se
escucharon los chirridos del cuero de unos borceguíes.
CONTINUARÁ…
lunes, 7 de octubre de 2013
Saluda a la muerte de mi parte/22
Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 22
RESUMEN: Los
ajetreados días de Leo Fariña parecen no tener fin. La gente de Baygón, tras el
breve tiroteo en el Hotel Condesa, lo lleva hasta un banco de inversión ubicado
en un importante rascacielo y allí, oh sorpresa, le presentan al famoso Chapo
Guzmán, el más temido barón de la droga de México. Insólitamente, Baygón invita
a Leo a una boda de la cuñada del Chapo en Sinaloa. De inmediato, parten rumbo
al norte en un helicóptero militar y custodiados por infantes de marina (sic).
Al caer la tarde llegamos a una hacienda llamada
“Las Tinajas”, en Badiraguato, Sinaloa, región de la que es oriundo el Chapo
Guzmán. Un polvoriento calor y un viento
enrojecido avisaban de la cercanía del desierto. Desde que atravesamos la
entrada –un arco de medio punto de piedra parda y negra- fuimos recorriendo un
camino asfaltado, erizado de guardias armados bajo las sombras escasas de los
árboles. Al final del mismo nos aguardaba una mansión rodeada de autos
carísimos y camionetas 4x4. Se escuchaban rancheras, detonaciones y gritos de
júbilo. Un auténtico nido de narcos mexicanos, no lo podía creer.
El mismísimo Chapo nos recibió aunque en realidad
fue al encuentro de Baygón y Ritter. A mí me miró con sus ojos de ciénaga y
sonrió. Nos palparon de armas y nos sentaron a una mesa circular con manteles
de papel colorinche. Nos sirvieron tequilas y rociaron la mesa de botellas de
cerveza. La orquesta –alcancé a oir- eran “Los coyotes del Norte”, una banda de
doce músicos vestidos con ropas vaqueras brillosas, amarillas y rojas. Parecían
clones: morenos de naríz aguileña y bigotes, bajo las alas de sombreros
texanos. El sol pegaba de costado y coloreaba de anaranjado el aire caliente bajo el tinglado. Habría unos
treinta tipos, todos armados con sus enormes Colt 45 dorados. Pero no había una
sola mujer ni torta de bodas ni nada que indicara que allí se celebraría un
casamiento. Prendí un cigarrillo, me cobijé en mi anonimato y pensé que si nadie
se casaría, para qué demonios me trajeron hasta este santuario por el que la
DEA daría la mitad del oro de Fort Knox. Tenía miedo, curiosidad, vértigo y
dolor de cabeza. Se nos acercó un joven de tez grisácea y trabajada por la
viruela, vestía ropas de charro y exhibía dos bellos Colt plateados de cachas
de oro, colgando de un cinturón repujado con piedras preciosas. Traduje esos
diminutos destellos a gramos de cocaína.
-
Ahorita les sirven la carne, amigos.
Verán qué se come en Sinaloa, puritita carne de jabalí de Cacaxtla – Poseía una
sonrisa blanca, pareja y maligna.
Baygón y Ritter charlaban entre sí ajenos siempre a
mi presencia. Tal vez ya estaba muerto y que se sepa, a los muertos no se les
habla. Tomé un trago de tequila y me ardieron hasta las uñas. Me zampé el resto
como venía y el charro gris exclamó:
-
¡Órale, cabrón! ¡Qué huevos tienes,
pinche argentino! –y me sacudió un manotazo en la espalda.
Al rato me comentaron que le había caído en gracia
a Santiago Orozco Loaeza, popularmente conocido como “La Puerca”, un
sanguinario sicario que se había ganado el mote destazando rivales como puercos
o chanchos.
Los corridos se sucedían, las letras cantaban
hazañas del Chapo y, medio borrachos, algunos de sus muchachos se habían
lanzado a bailar a la pista entre ellos,
a los gritos, golpes y algún que otro disparo al aire. Yo fumaba un cigarrillo
tras otro y sudaba eliminando las cervezas que iba tomando mientras percibía
que la viril fiesta juntaba lava y gases como un volcán a punto de reventar. El
cóctel de tequila y calor también le ponían pólvora al guateque.
No probé bocado del jabalí, toda mi energía estaba
enfocada a observar hasta los mínimos detalles de la peligrosa juerga,
husmeando los cambios de ánimo y bajando el volumen de mis latidos: quería
estar atento al momento en que se presentara la Muerte, para cualquiera de
nosotros y, no estoy hablando de paranoia alguna pues se olía con gradual
intensidad, el perfume de la tragedia. Algo iba a pasar y lo que fuera no era
nada bueno.
Me sumí en un estado fugaz de contrición, me pregunté
si había vivido a gusto y pensé que, mal o bien, había sacado un honroso
empate. No era hora para lamentos, no sé por qué imaginé que las balas duelen
menos cuando entran a un cuerpo satisfecho. Es cierto, no había tenido hijos
pero, al menos, le dí de comer caviar, un par de veces, a mi corazón. Sólo
esperaba con alguna ilusión asistir al show de luces que tantos vieron al final
del camino. No sé para qué si después de atravesar la malla del resplandor, uno
se funde en esa blancura para siempre. Es lo que uno ve en las películas.
Después, como si todo fuera tan fácil, cuando todo haya pasado, bajan los
créditos:
Starring:
Leo
Fariña………… Leonardo Fariña
Etc., etc., etc.
Reparé en que Baygón y Ritter habían dejado la mesa
y no se los veía por ningún lado. Prendí otro cigarrillo, suspiré, tomé un
trago medio tibio de cerveza y eché una mirada sobre la misteriosa fiesta. Los
bailarines habían levantado una cortina de polvo con los tacones de sus botas vaqueras.
Los escuchaba gritar y escuchaba los corridos como lejanos, en sordina, los fogonazos de los Colt 45
parecían banderitas de fuego y humo que desaparecían. Había algo final y
funambulesco en esa juerga, como si la mano de Goya la estuviera dibujando. La
inminencia cargaba el aire caliente, tomé la botella de tequila y me serví. Fue
entonces cuando se escucharon las transmisiones de los Handy y unos tres guardias corrieron fuera de la escena acarreando
sus AK 47.
CONTINUARÁ…
lunes, 30 de septiembre de 2013
Saluda a la muerte de mi parte/21
Miguel Angel Molfino
SALUDA A LA MUERTE DE MI PARTE
Entrega N° 21
RESUMEN: Leo
Fariña vive tensas horas de espera. La trampa tendida por Baygón aparentemente
no funciona. Fariña ,para aflojar un poco la presión, pasea por la coqueta Colonia Condesa. Se siente cuidado por los hombres del
gangster con apodo de insecticida. Hasta que es visitado por un hombre flaco y
narigón que le pide que se tranquilice, que su amigo Billy Jensen vela por su
seguridad. Se retira el raro personaje y regresa al instante porque se desata
un breve tiroteo.
Cuando ingresó al lobby, un balazo le voló el sombrero y me miró como si recién se hubiera
despertado. Me empujó, me tomó del cuello y me fue llevando a la rastra
usándome como escudo. Ví cuando la automática (la había apoyado sobre mi
hombro) retrocedía y vomitaba fuego. Quedé sordo, oí voces apagadas y pasos. En
la recepción, sobre la boiserie de
cedro lustrado, se podía leer “Berg &
Gülden Business Banking” en grandes letras corpóreas. Dos muchachas rubias
y frías como las paredes marfil, atendían llamadas en inglés. Entendí que mi
vida se había transformado en un juego sin pies ni cabeza y que el premio mayor
era la Muerte.
La doble
puerta se abrió y entraron Baygón, Elaine la Creativa, un cincuentón en camisa,
corbata y tiradores con aspecto de alemán (reconocí al rubio medio albino del
Volvo) y un tipo calvo y huesudo vestido de negro. Con un gesto, Baygón me
señaló que me sentara a la mesa. Los recién llegados se ubicaron exactamente al
frente.
Cuchichearon entre sí, Baygón oprimió un botón del
pequeño tablero de comandos que estaba sobre la mesa y dijo: Que pase.
La doble puerta volvió a abrirse y entró un petiso
de pelo teñido de rubio. Traía una chaqueta dorada de cuero de víbora, botas
rojas y un sombrero texano color blanco en una de sus manos. El circo era
inacabable. Todos se pusieron de pie y se sentaron una vez que el tipejo y su
traje de luces se acomodaron en una silla. Calculé que las patitas le flotaban
lejos del piso. En la mano derecha tenía un tatuaje de un hombrecito con
sombrero texano. Después supe que se trataba de Malverde, el santo patrón de
los narcos.
-
Fariña, le presento al señor Chapo
Guzmán Loera, nuestro socio del Cártel de Sinaloa – se ufanó Baygón.
Me estremecí. Era el máximo capo de la droga en
México, una leyenda, y debía más muertes que la bomba de Hiroshima. Me sentí
pálido, muerto, en una morgue, en un ataúd, cayendo a una fosa de tierra, con
el cuerpo rapiñado por los coyotes del desierto. Lo saludé con un golpecito de
cabeza y una sonrisa de muñeco de yeso.
El cuate se veía simpático y me miró como si fuera
una artesanía exótica. La voz de Baygón siguió diciendo:
-
El señor Chapo nos invita a uno de sus
ranchos de Sinaloa para asistir a la boda de su cuñada. Salimos en un rato.
Fariña, el señor Chapo hace extensiva la invitación a usted…
-
¿Cómo?
-
Sí, prepárese que el helicóptero está
al llegar.- Baygón sonrió al ver mi desconcierto.
Algo andaba mal. ¿El hombre más buscado de
occidente me invitaba a la boda de su cuñada? Un escalofrío se me descolgó
desde las cervicales. Era boleta, fiambre, occiso, como le quieran llamar.
Pensé también, casi como consuelo, que en mi vida había viajado tanto como en
las últimas semanas. Mar del Plata y Villa Carlos Paz era todo lo que conocía
del planeta Tierra, si exceptuamos Venado Tuerto, pueblito en el que nací.
Una hora después me zarandeaba el viento en el
helipuerto de la Torre Mayor. Nos izó al cielo un helicóptero con insignias
militares, lo cual me confundió todavía más. Baygón, Elaine y el alemán –que
llamaban Ritter- me acompañaban conversando animadamente entre ellos. Yo no
existía. El Chapo no viajaba con nosotros, lo hacía por algún secretísimo medio
o por un agujero de gusano, vaya uno a saber.
Era evidente
la alianza entre Baygón y Guzmán Loera, y que Billy Jensen, su mexicaneada, los había unido. Yo seguía
trabajando de mojarrita, de carnada, gratis, con un pie en el más allá y el
otro, paseando por países latinoamericanos. Llegamos al aeropuerto de Toluca
bajo una fría ventolera. Mi curtido asombro volvió a pegar un brinco: el
helicóptero aterrizó muy cerca de un hangar militar y nos aguardaban infantes
de marina ataviados de combate junto a un par de Hummers camuflados. El primero
en bajar fue el tal Ritter que fue saludado con un estruendoso golpe de tacos y
una venia enfática por un teniente coronel oculto bajo una capa de betún. “Bienvenido, señor Ritter”, le dijo. Ya
en los hammers, cruzamos la pista hasta un Lear Jet civil. Allí descendimos para trepar al
pequeño avión bajo la mirada del pelotón de marines mexicanos.
Cuando se cerraba la puerta y me acomodaban en una
butaca individual, conjeturé que me encontraba en el vientre de algo más grande
y peligroso que Godzilla y King Kong juntos.
trueno del disparo por poco no me desmaya. A mis
espaldas se oían corridas, gritos y ruidos de vajillas partiéndose contra el
piso. La gente del hotel huía despavorida. Pero todo duró un par de minutos
porque el hombre
flaco se desplomó: un cachiporrazo de Quebrantahuesos lo había noqueado. Sin
solución de continuidad, fui llevado en vilo por dos de los percherones hasta
una camioneta mientras Quebrantahuesos y Tony portaban el
cuerpo inerme del hombre flaco hasta un auto que no alcancé a ver. El Volvo
plateado con Baygón y el rubio casi albino ya no estaban en su sitio.
La Torre Mayor tiene 55 pisos y yo esperaba sentado
en una amplia sala de reuniones en el piso 33. A través del cristal azulado se
veía el Paseo de la Reforma y los Bosques de Chapultepec. Y por encima, un smog
color terracota alfombraba el cielo del DF. Más allá de la doble puerta, se
oían
CONTINUARÁ…
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