lunes, 7 de enero de 2013

La canción de la niña cruel


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TINTA ROJA






La escalofriante historia de Lizzie Borden se volvió una leyenda y un cántico escolar de los estadounidenses.En el siglo XIX fue acusada de un hecho atroz: asesinar a hachazos a su padre y a su madrastra.

SÁBADO 28.04.2012 - EDICIÓN N ° 60


Los niños pueden ser macabros. Lo más macabro imaginable, de hecho. Pocas cosas dan más escalofríos que la imagen de un pequeño ser humano. Intrigante, en proceso. ¿No es terrorífica la belleza fría del diabólico Damien, de La profecía? En Cementerio de animales lo más espeluznante es, lejos, el bebé. Samara, la fantasma japonesa más espantosa del cine, es una niña. Las inquietantes mellicitas espectro de El resplandor, la pavorosa Regan en El exorcista y, ay, Los niños del maíz. Por favor. Digámoslo sin tapujos: no hay nada más macabro que un niño.

Fuera de las referencias literarias o cinematográficas, podemos también hablar de las canciones infantiles, esas que repiten los pequeños con sus inocentes vocecitas agudas sin pensar en lo que están diciendo. Un viejo ejemplo del cancionero popular español que se extendió por toda Latinoamérica es: “Aserrín, aserrán/ los maderos de San Juan/ piden pan, no les dan/ piden queso, les dan  hueso/ y les cortan el pescuezo”. Otra rima, en este caso francesa y traducida, es la burlesca “Mambrú se fue a la guerra/ chiribín, chiribín, chín, chín/ Mambrú se fue a la guerra y no sé cuándo vendrá/ Ajajá, ajajá/ no sé cuándo vendrá”.

En el folclore norteamericano contemporáneo también hay un juego escalofriante. Miles de prometedoras niñas estadounidenses crecieron saltando la soga al ritmo de esta canción: “Lizzie Borden agarró un hacha/ le dio a su madre cuarenta hachazos/y cuando vio lo que había hecho/ le dio a su padre cuarenta y uno”. Encantador, ¿no?

La saludable escena, que todavía transcurre en jardines, patios y veredas de promisorias familias allá al Norte se asemeja a la que se puede ver en la saga Pesadilla, cuando unas niñas de moños blancos también saltan la soga y cantan “Uno, dos, Freddy viene por vos/ tres, cuatro cerrá bien tu puerta/ cinco, seis, agarrá tu crucifijo/ siete, ocho, vas a trasnochar/ nueve, diez, nunca vas a dormir otra vez”.

La canción de la asesina del hacha asusta un poco más porque, a diferencia de Krueger, Lizzie Borden existió y de verdad les rompió los cráneos a hachazo limpio a su padre y esposa. Eso mismo que canta la infancia norteamericana. Los niños son macabros, entonces, queda demostrado y no hay discusión. He presentado el caso y si esto fuera un juicio de película, un juez debería estar diciendo ahora “ha lugar”.

Lizzie no era una niña en el sentido estricto del término porque tenía 32 años cuando asesinó a su padre y madrastra. Igual, transitaba la infancia. Sus pequeños ojos celestes destilaban la misma frialdad que los Demian. Se vestía con lazos y moños como las nenitas que saltan la soga en Pesadilla. Era una nena… vieja. De mirada extraviada y una seriedad turbadora.

Se la describe en los archivos, en general, como una “solterona de Nueva Inglaterra”. Es una forma un poco corta de verla. Nació en julio de 1860 y vivió siempre en su casa familiar. Ella y su hermana mayor, Emma, se quedaron con su padre, Andrew Jackson Borden, un adinerado hombre de negocios. No se casaron, no tuvieron pretendientes, salían poco. Fueron, a ojos de la época, “virtuosas”. Eran extrañamente aniñadas.

Su madre, Sarah Anthony Morse, murió cuando Lizzie tenía tres años y para cuando cumplió cinco el padre se casó con Abby Durfee Gray. Las hermanas odiaban abiertamente a su madrastra y durante los 28 años que compartieron la hostilidad fue creciendo hasta el violento final. Durante la mañana del 4 de agosto de 1892, Andrew Borden y su mujer fueron asesinados a golpe de hacha. Ella quedó tirada en su habitación, entre la cama y un mueble, y él en el sillón del living, con el cráneo destrozado.

Antes del mediodía Lizzie supuestamente descubrió el cadáver del hombre. Su hermana se había ido a lo de una amiga fuera del pueblo, así que llamó a la criada, que estaba en el piso de arriba, y más temprano que tarde se convirtió en la única sospechosa de los asesinatos. Todas las pruebas la señalaban: la mala relación con su madrastra, el temor de perder la herencia porque ese mismo día su padre iría a cederle la propiedad a su esposa, la oportunidad en soledad de hacerlo, el hacha, el odio, la furia.

Lizzie aseguró que había visto a alguien entrar en la casa por la cocina mientras ella estaba en el establo, donde luego no se encontraron sus huellas. Además, no había forma de violentar las entradas porque la residencia de la pequeña localidad de Fall River era una fortaleza impenetrable. Fue detenida el 11 de agosto y el juicio comenzó 10 meses después en New Bedford, Massachusetts.

Era 1892 y la ciencia forense recién estaba emergiendo como un campo legítimo. La tecnología aún era limitada. No se tomaron huellas dactilares en la escena del crimen ni en el arma homicida, que era un hacha de guerra que fue encontrada en el sótano de la casa. La versión de los hechos de Lizzie fue incoherente, pero no importó.

Además, se desestimó el testimonio del farmacéutico porque la niña mujer en el banquillo de acusada aseguró que quiso comprar el ácido para limpiar un abrigo. La defensa sólo se basó en que ella no tenía sangre en su ropa. No se pensó en la posibilidad de que se haya cambiado el vestido, uno que días después una vecina declaró haber visto a la acusada quemar en un fogón. Era un vestido azul, uno que la criada creyó recordar que tenía puesto la mañana fatal.

Al igual que la mayoría del público, el jurado de la victoriana Nueva Inglaterra, compuesto por hombres, optó por creer que las niñas de clase media alta, virtuosas, son siempre buenas. La absolvieron después de una hora y media de deliberación. Lizzie, llorando como una nena, les dijo a los periodistas: “Sólo quiero irme a casa”.

El prejuicio positivo le sirvió a la macabra Lizzie para cometer el crimen perfecto. Las dudas que genera aún hoy el caso lo catapultó, desde entonces, a ser una cause célèbre en Norteamérica. De hecho, sigue siendo un episodio plagado de dudas para el mundo de la criminología actual. ¿Fue ella o no?

Si esto fuera una película –que extrañamente no las hay–, después de la última escena, esa en donde Lizzie llora en el juzgado, antes de los títulos finales aparecería un cartel. Este contaría que las hermanas se mudaron dentro del mismo pueblo a la casa Maplecroft y que vivieron ahí durante 13 años hasta que Emma se fue. Dicen que se pelearon porque Lizzie tuvo un romance con una actriz. Desde entonces, tomaron caminos separados. Lizzie se cambió el nombre a Lizbeth A. Borden, murió de neumonía el 1 de junio de 1927 y fue enterrada en Fall River. Su hermana Emma, con la que no tenía relación, falleció nueve días después. La casa en donde se cometieron los asesinatos es un Bed and Breakfast que se llama Lizzie Borden. Se puede comer, dormir y ver recreaciones de los brutales crímenes. Macabro, pero mucho menos que un niño.

 Fuente: http://elguardian.com.ar/nota/revista/607/la-cancion-de-la-ninia-cruel



1 comentario:

Sofia Z dijo...

¡Hola! De verdad es muy interesante este caso y es uno de mis favoritos. Lo ando leyendo para poder hacer mi historia (que esta un poco basada en este caso) con más precisión.
Quería comunicarte que sí hay una película la cual tiene una serie. La película se llama "Lizzie Borden took an axe" y la serie es "The Lizzie Borden chronicles"
Son verdaderamente interesantes, así que te las recomiendo.
¡Buen día/tarde/noche!