lunes, 25 de marzo de 2013

La leyenda del Loco del Martillo

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Tinta roja

 En 1963, mató a tres mujeres a mazazos en Lomas del Mirador. Los vecinos iniciaron una cacería e intentaron lincharlo. Pasó 43 años en la cárcel. Cuando salió en libertad, pidió ser detenido porque extrañaba su celda.


Domingo 29.01.2012 - Edición N ° 48
 Escribe Rodolfo Palacios

Marzo de 1963. El sátiro atacó de nuevo. Entró por una ventana, amparado por la noche, y mató a martillazos a una indefensa señora que descansaba en camisón. Ya ha matado a tres víctimas. Los periodistas de policiales recrean en sus afiebradas mentes los momentos del ataque. Y en lugar de imaginarse a un hombre sediento de sangre que se asoma por la ventana, prefieren poetizar el acto homicida y pensar que antes de cometer el atroz crimen, el sátiro hizo sombras chinescas con una cortina como telón. El barrio Lomas del Mirador entró en pánico. Las fábricas autorizan a las mujeres a salir antes de que anochezca. No vaya a ser que tengan la desgracia de cruzarse con el asesino. Los diarios lo llaman el Vampiro del Martillo.
La preocupación ha llegado hasta el mismísimo presidente Arturo Illia. La Policía difundió un identikit: el matador es un joven con bigote, pelo ondulado y un rostro digno de la galería tremebunda de Lombroso. Los vecinos se arman con garrotes y cuchillos. En la furiosa cacería golpearon a dos inocentes cuyo único delito era tener bigote y pelo ondulado.

La psicosis colectiva terminó el lunes 26 de marzo de 1963. La leyenda dice que ese día, dos policías novatos se cruzaron con Aníbal González Higonet, un carterista que tenía bigote, pelo ondulado y una bolsa de arpillera en la que llevaba una sevillana. El diario La Nación lo llamó un imbécil amoral con las facciones de un animal hambriento. Le imputaron los crímenes de Rosa Risso de Grosso, de 65 años, Virginia Riquel, de 80, y Nelly Mabel Fernández, de 55. El hijo de Grosso fue hasta la comisaría y descubrió que Higonet tenía puesto un saco suyo, que había sido robado durante el crimen. El martillo con manchas de sangre apareció en un baldío de Lomas de Mirador. Horas después, el homicida confesó con lujo de detalles. “Sólo quería robar. Las maté para no dejar testigos”, dijo.

 “Cayó en su trampa el hombre del martillo”, tituló la revista Así en una edición especial que le dedicó a la caída del salvaje criminal. La caída de un canalla. En la tapa el título era: “Crímenes y amores del Loco del Martillo”. La teoría era que odiaba a las mujeres porque había sido abandonado por su novia, pero él desmintió esa versión con una frase: “Nunca tuve novia”. En las fotos, el Loco aparece acurrucado, vestido con harapos, con los ojos cerrados y una mueca de desilusión. Esas imágenes no eran las de un vampiro humano que no hacía otra cosa que matar, sino la de un tipo con el aspecto de un personaje de Cantinflas. Un paria de pies a cabeza. Así le hizo escribir en un papel: “No sé por qué hice todo esto”. El Loco lloró hecho un bollito ante la presencia del periodista de policiales, que sintió pena por el desgraciado. “El drama de la madre del vampiro humano conmueve. Como una estampa de la Madre Dolorosa, la señora Elisa no puede creer la tragedia que ha desatado su malviviente hijo”, escribió el cronista. El Loco del Martillo fue condenado a perpetua. Estaba convencido de algo: algún día iba a ocurrir el milagro. El milagro de la libertad.

Marzo de 2006. El milagro es hoy. Aníbal González Higonet logró su libertad después de pasar 43 años en la cárcel. El preso más antiguo del país consiguió que un joven abogado, Ariel García, se interesara por su caso y luchara para sacarlo de su mugrienta celda de Sierra Chica. El Loco del Martillo tiene 69 años pero parece de 80. Camina encorvado, sus lentes están pegados con cinta adhesiva y se apoya en un palo de escoba que usa como bastón. Habla poco y conserva la misma mueca de martirio que tenía cuando lo cazaron como si fuera un lobo feroz. Ya no usa bigote y su cara tiene más arrugas que su saco apolillado. Lo primero que hace el viejo cuando sale a la calle es cubrirse la cara del sol. Su abogado me lo presenta y lo saludo con un apretón de manos. El día anterior había estado leyendo su historia en los diarios y las revistas de los años sesenta. El chacal es ahora una cáscara del asesino que aterrorizaba a las mujeres. Es más, podría decirse que se parecía más a Minguito que a un temible asesino serial. En sus primeras horas fuera de prisión, se me ocurrió invitarlo a dar su primer paseo en libertad. Antes, con el abogado llevamos al pobre viejo a comprar ropa. Entramos en un local de la avenida Santa Fe, le elegimos una camisa, un pantalón y un saco. Rengueando, Aníbal entró en el cambiador. Pasaron veinte minutos y el viejo no aparecía. Preocupados, pensamos que podía haberse desmayado. Pero no: cuando nos metimos en el probador estaba sentado, mirando el piso, en calzoncillos. “Prefiero quedarme con mi pilcha. La usé casi toda mi vida”, dijo el Loco. Al final lo convencimos y se cambió, aunque no hubo manera de quitarle su boina agujereada y sucia. El paseo duró media hora. El viejo era una especie de marciano que acababa de aterrizar en una ciudad llamada Buenos Aires. Para él, o lo que quedaba de él, todo era nuevo: las autopistas, los autos modernos, las motos, los bocinazos, los negocios, los semáforos. “Me llaman la atención los tipos porrudos y la poca ropa que usan las minas”, dijo el hombre que había pasado más tiempo dentro de la cárcel que fuera de ella. El momento más traumático del viaje fue cuando hicimos una parada en el lujoso Puerto Madero. “Pensar que esto era una zona de pastizales llena de ratas”, dijo el viejo mientras se apoyaba en la baranda, frente al río. Luego miró los rascacielos y tuvo mareos. El pobre vomitó. Tuvimos que ayudarlo a subirse al auto. El Loco del Martillo negó sus crímenes. “Me torturaron y por eso dije que había matado”, explicó. En libertad vivió en la humilde casa de su hermana, en González Catán. Un día, su abogado me llamó para decirme que Aníbal quería volver a la cárcel. Fui a visitarlo y me sorprendió encontrarlo tirado en el piso, en un colchoncito, en una casa donde vivían otras nueve personas. El viejo estaba en otra especie de cárcel. Para colmo, a veces sus sobrinas no lo dejaban ver televisión. El viejo se posesionaba: cuando miraba una película de acción, dialogaba con los personajes, los puteaba y hasta tiraba manotazos al aire. Su familia miraba Tinelli, desde su pieza él creía que había gente bailando y cantando en la casa. “Tengo ganas de darle un sopapo a alguno para volver a la cárcel. Allá tenía morfi todos los días”, me dijo resignado. Esa fue la última vez que lo vi. Después supe que el viejo iba a ser socio honorario de un fallido sindicato de presos que reclamaban obra social y jubilación y que se había animado a caminar unas cuadras. Una vez lo encontraron tembloroso al costado de una ruta. Se había perdido. Era una demostración del fracaso de la cárcel, un depósito que ni intenta resociabilizar a los detenidos. Un día me enteré de que el Loco del Martillo había muerto. Ahora su cárcel tiene la forma de una tumba. 

Fuente: http://elguardian.com.ar/nota/revista/383/la-leyenda-del-loco-del-martillo

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